jueves, 9 de febrero de 2012

HHhH
Jorge Linares Angulo
@JorgeLetra67
          HHhH es el libro ganador del Premio Goncourt -premio principal de Francia- en su renglón Primera Novela, 2010. Laurent Binet, de 39 años, profesor de la Universidad de París III, debuta con él como novelista. HHhH es un relato real  en la medida en que su referente es un hecho histórico de gran repercusión en la Segunda Guerra Mundial, el atentado contra Reinhard Heydricht. Pero cuando leemos nos damos cuenta de que no todo en este libro es verdad sino también, a lo largo del texto, vuelo imaginativo del escritor. Vuelo imaginativo que no contradice esa verdad. Y esta circunstancia es la que define el relato real y la que lo configura como novela.
          El relato, en estricto sentido, es parcela del territorio literario, distinto al relato de la historiografía, sujeto al rigor de la ciencia. Como tal, el relato –independientemente de que sea real- es libre, es arte. El autor sólo tiene una obligación: exaltar su enunciación, es decir, escribir  bien. Si se fundamenta en hechos históricos, cierto es que no debe distorsionarlos pero sí puede alumbrarlos con la imaginación en los momentos en que escapan a la objetividad. Cuando este alumbramiento ocurre, el relato in extenso se convierte en novela.
          Laurent Binet en diversas ocasiones apela a su imaginación para completar un cuadro carente de documentación o testimonio sin afectar el sentido de la verdad histórica. Por ejemplo, cuando describe el regreso clandestino, lleno de peligros, del coronel Moravec, jefe de los servicios secretos del gobierno checo en el exilio. El autor conoce la ruta, certificada por documentos de la época, pero la tensión, la ansiedad, el suspenso, el fingimiento al que se vio obligado el coronel para llegar en tren a Praga desde Londres, sorteando una red de vigilancia nazi extremadamente riesgosa, los inventa sin que lo verosímil se deshaga. Lo mismo ocurre con la escenificación de las horas en que los paracaidistas que ajusticiaron a Heydrich fueron asediados por 700 soldados nazis, ocultos como estaban en una helada cripta de la iglesia San Carlos Borromeo en el centro de Praga. Los siete murieron en el asedio sin que nadie pudiera saber lo que dijeron entre ellos, lo que sintieron e hicieron en la soledad de su refugio. Binet, valiéndose del registro de lo que ocurría al exterior, imagina con el talento de un buen narrador, las palabras, acciones y sentimientos suscitados en la cripta en aquellas ocho horas terribles y heroicas. Este ejercicio de la imaginación constituye el estatuto de la ficción y es lo que hace que un libro como HHhH, basado en una investigación histórica rigurosa, sea novela.
      HHhH es la sigla de una frase que se puso en boga en el seno de la SS cuando Reinard Heydrich pasó a comandarla como brazo derecho de Himmler, jefe supremo de ese cuerpo paramilitar. Heydrich dio a la SS una enorme eficacia a la par de una insólita crueldad. Himmlers Hirn heiss Heydrich  (“El cerebro de Himmler se llama Heydrich”) solían decir los SS aludiendo a la capacidad de Heydrich, el verdadero autor de las inventivas cuyos méritos se atribuían a Himmler. La frase estaba justificada: Reinard Heydrich se reveló como un genio del mal, creador de una red de espionaje y de una represión tan sofisticadas como brutales.
      El nudo de la novela es el relato de la Operación Antropoide, misión urdida en Londres por el presidente checo en el exilio, Edvar Benés, y apoyada por Churchill, para asesinar a Heydrich, la Bestia Rubia, el Carnicero de Praga, designado por Hitler protector de Bohemia-Moravia, nombre dado a Checoeslovaquia invadida y eliminada como nación. Binet logra, al contar esa misión, una hipotiposis admirable pero también un excelente esbozo biográfico de la personalidad más siniestramente dotada del nazismo. Un valor agregado, al final, se advierte: HHhH es también pincelada de esa utopía tanática que fue el Tercer Reich.
     
                           
                           

lunes, 6 de febrero de 2012

El sueño del celta


                                      “El sueño del celta" es la novela más reciente de Mario Vargas Llosa. Ella demuestra una vez más la maestría del autor  en la estructuración del género, la relevancia del lenguaje como componente de la novela, el talento para interesar al lector. Es una suerte de biografía de Roger Casement, el diplomático británico de origen irlandés que a principios del siglo XX denunció y demostró las atrocidades cometidas contra los aborígenes congoleses y peruanos en la explotación del caucho. El término escueto de biografía en obras como ésta no es el más correcto.  Sería más apropiado hablar de novela biográfica o biografía novelada, denominaciones que tampoco son unánimes. Uslar Pietri las rechazaba de plano y propuso la designación “novela en el tiempo”, tratándose de las novelas fundadas en hechos históricos. Mario Vargas Llosa, en entrevista reciente, alertaba acerca del error de confundir su novela con un libro de historia pues –decía- si bien refiere los hechos históricos básicos, lo literario en ella tiene mucho más peso que lo real. En este sentido, “El sueño del celta” es una biografía novelada –apelativo más preciso que el de novela biográfica y menos aéreo que el de “novela en el tiempo”- porque  reconstruye en lo esencial la vida de Roger Casement y deja lugar a la ficción, es decir, a la imaginación del escritor para esclarecer los espacios adonde no accede la objetividad histórica. La literatura (y en especial la novela), cuya herramienta más poderosa es la imaginación, es el arte que puede captar la vida humana en toda su complejidad. Y es eso lo que ocurre en esta obra: no sólo se describen los hechos en los que se involucró Roger Casement sino también su psiquis, sus sueños, esa intimidad de los seres humanos que solo se revela a plenitud ante la imaginación del escritor. Se configura así un territorio que es característico de la novela, un compendio de historia-realidad y ficción. Esos momentos-límite: Roger Casement en la celda de Pentonville Prison, atormentado por la inminencia de la muerte, el encuentro en sueños con su madre fallecida, las dudas sobre su nacionalismo radical; en la habitación de un hotel sumido en una pesadilla de gozo y sufrimiento después de un intento homosexual frustrado con un joven encontrado en un parque de Las Palmas son, por ejemplo, algunas de las experiencias alcanzadas por la ficción en modo alguno ajenas a la vida real del personaje.

          ¿Quién era Roger Casement? “El sueño del celta” nos lo dice: nacido en Dublín en 1864 fue un joven explorador de la selva en la expedición ordenada por Leopoldo II de Bélgica para apoderarse del Congo; devino diplomático al servicio de la Corona Británica y nombrado Sir. Personalidad democrática y sensible denunció ante el mundo los crímenes y la esclavitud  contra los negros africanos y los indios amazónicos. Fue por ello el más importante precursor de los derechos humanos. Ya consagrado se dedicó a la independencia de Irlanda pero cometió un gravísimo error: coludió con Alemania, en plena Primera Guerra Mundial, para atacar a Inglaterra y obtener la independencia de su isla natal. Arthur Conan Doyle, Bernard Shaw, William Butler Yeats pidieron clemencia para él. No así sus mejores amigos, entre ellos Joseph Conrad, a quien conoció en África y guió por entre los laberintos tenebrosos del Congo, experiencia semilla de “El corazón de las tinieblas”. Fue ejecutado en Londres el 3 de agosto de 1916. 

         






El viajero del siglo

          “El viajero del siglo” es la obra ganadora del premio Alfaguara de novela 2009. Su autor es un joven argentino llamado Andrés Neuman, nacido en 1977. Neuman, junto con otros jóvenes, algunos de los cuales también han ganado el Alfaguara, representa la generación relevo de la gran literatura en lengua española del siglo XXI. Esto fue lo que quiso decir  Roberto Bolaño poco antes de su muerte: “Tocado por la gracia –afirmó- la literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. En efecto, Neuman y otros como Santiago Roncagliolo, Xavier Velasco, Luis Leanté, Alberto Barrera Tyzka, Antonio Orlando Rodríguez etc., cuya edad promedio frisa los 40 años, han escrito obras de primera calidad en las que parece insinuarse una nueva sensibilidad secular determinada por la revolución digital, la multiculturalidad, la fusión racial, la supranacionalidad, la abolición sexista, el laicismo democrático. 
 “El viajero del siglo” es ante todo un prodigio del lenguaje. Escrita con  amenidad, es una síntesis admirable de claridad y alto logro estético. Si se me permite, diría que es una novela cultista en el sentido gongorino sin los excesos del término. Es decir, una novela en la que el autor se deja arrasar por la belleza de la palabra pero cuidándose de la plétora  y la innecesaria complejidad. En este sentido es una obra densamente poética en la cual la metáfora y sus variantes tropológicas están al servicio de una anécdota dinámica expuesta con una vasta erudición orientada por el placer de narrar.
La anécdota es igualmente prodigiosa: trátase de la historia de un joven alemán, infatigable viajero, que se asienta en una pequeña ciudad de la Alemania confederada y monárquica del siglo XIX, Wandernburgo. Es ésta sin duda una ciudad inventada,  especie de ciudad mágica, móvil en el sentido de que se transforma, cambia –sin dejar de ser ella misma- según el ánimo de sus moradores y visitantes. Hans, el joven trashumante, políglota a consecuencia de  sus innumerables viajes, llega a Wandernburgo para pasar una sola noche, en tránsito hacia Dessau. Pero el misterioso encanto de la ciudad hace que vaya posponiendo su partida en la medida en que se adentra en ella y traba amistad con el  organillero y más adelante con Sophie, los personajes  más descollantes de la novela. Al final Hans termina atrapado por el espíritu de Wandernburgo y sujeto del amor de Sophie, joven  burguesa de la alta sociedad comprometida con un aristócrata rico, Rudi Wilderhaus, cuya clase social se ve amenazada por la marea republicana trasvasada desde Francia por las invasiones napoleónicas. Hans y Sophie protagonizan un tórrido lance de amor en el que aquélla, una muchacha “fascinante y de carácter”, imbuida de las incipientes ideas en pro de la liberación de la mujer, no vacila en preferir al inteligente viajero y serle infiel a Wilderhaus en el vórtice de un desafío a los valores tradicionales cuya agonía  comienza.
No hay duda de que la novela hoy día es la modalidad narrativa por excelencia, y la narración el “único género extenso moderno”. Diríase incluso que la novela es de por sí la narración, es decir, ese único y extenso género moderno. “El viajero del siglo” lo demuestra. Porque Andrés Neuman no solo nos ofrece una maravillosa obra de ficción, sino también una integral panorámica de un pedazo del mundo, la Alemania y la Europa del siglo XIX en su tránsito hacia nuestros días.





     

martes, 6 de diciembre de 2011

El femenino y las profesiones

El femenino y las profesiones


         A menudo escuchamos decir o leemos: “Margarita es abogado”, “Mireya se graduó de ingeniero”, “Laura es arquitecto”, “Mercedes es odontólogo”.etc. En días pasados pregunté a un amigo por su esposa: “¿Cómo está la odontóloga?”, le dije, y él casi ofendido me respondió: “La odontólogo querrás decir”. “Odontóloga, le repetí, y no es incorrecto”. “No será incorrecto –me replicó- pero se oye bien feo”. Le hice una pequeña aclaración y lo remití al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). Me pareció convencido pero no contento.
         Eso está ocurriendo, y es una de las irregularidades del uso del español: se cree que los nombres de las profesiones son masculinos solamente e incluso las mujeres hablan de su profesión atribuyéndole el masculino.
         Los nombres de las profesiones y oficios en general, y ello no es nuevo (las ediciones contemporáneas del DRAE siempre lo han indicado), responden a los dos géneros. No solamente se puede sino que se debe decir  médica, abogada, ingeniera, arquitecta, odontóloga, farmacéutica, bióloga, física, psicóloga, zoóloga, química, fisióloga, fisicoquímica, pedagoga, bibliotecaria, filósofa, funcionaria, filóloga, técnica, consultora, ministra, jueza, bibliófila, biógrafa, música, procuradora, senadora, etc., etc.
         Existen también –y son una minoría- los nombres de profesiones designados por el DRAE como “común” (a ambos géneros). Generalmente son los originalmente terminados en “a”: psiquiatra, terapeuta, fisiatra, pediatra, etc. Basta con anteponer el artículo “el” o “la” para significar si se trata de hombre o mujer: el terapeuta, la terapeuta. Otros como “conserje”, “cónsul”, igualmente declarados comunes, forman  su  género con el mismo artículo: el conserje, la conserje, el cónsul, la cónsul (aunque la Real Academia Española-RAE- también admite consulesa).
         Hay particularidades –yo incluso diría rarezas- como el término “contralor” que la Real Academia designa sólo como masculino. El DRAE otorga a este término tres significados, todos coincidentes en el sentido de la supervisión y examen  de los gastos oficiales (de las casa reales, algunas instituciones del ejército y entidades públicas). Digo rareza porque en un caso como éste, la RAE admite que el cargo u oficio de contralor sólo es ejercido por hombres (al confinar el término al género masculino) y ello supone una incongruencia porque como vemos a diario la mujer asume cada vez más responsabilidades en la sociedad. Habría que decir según la fórmula de la RAE, por ejemplo, “María Pérez es el contralor de tal ministerio”  puesto que ni siquiera podría decirse es “la contralor”. Es evidente que el confinamiento masculino de esta palabra es un verdadero arcaísmo porque la RAE define sus significados apoyada en razones históricas, todas superadas en la actualidad. En mi opinión, con respaldo en la lógica del habla y la legitimidad del uso, puede emplearse el vocablo “contralor” de la misma manera como se emplean los nombres en general  respecto de los géneros.  A pesar de la RAE y su instrumento de campaña, el DRAE, es entonces perfectamente correcto decir “María Pérez es la contralora del ministerio”.
         Tan es cierta la consagración de los dos géneros para los nombres de las profesiones que el DRAE hace la salvedad -solo para las cuatro profesiones tradicionales (abogado, médico, ingeniero y arquitecto)- de que morfológicamente también pueden usar “la forma masculina para designar el femenino”. Es decir, consagra ambos géneros para los nombres de estas cuatro profesiones, pero concede que la forma masculina puede designar el femenino, lo cual es una necedad sólo explicable porque se trata de las cuatro profesiones liberales que en el pasado fueron abrumadoramente ejercidas por los hombres. Y es también un rasgo de la inercia conservadora de la Academia que, amén de contradictorio, introduce una perniciosa inseguridad en los hablantes.
         Nada hoy en día autoriza el empleo exclusivo del masculino para designar las profesiones y oficios. Decir que “Josefina Mendoza se graduó de abogado, médico, ingeniero arquitecto u odontólogo, etc.”  es intrínsecamente incorrecto y secuela de una larga  tradición sexista afectada de impropiedad semántica y completamente desautorizada por la realidad. Perogrullo tiene la palabra: basta ya de una discriminación pueril; las mujeres no sólo han alcanzado plenitud de derechos sino que han abordado todas las profesiones con una solvencia irrefutable. Mujeres periodistas de todo tipo, mujeres que me leen: reivindiquen en el lenguaje su género y no se dejen vencer por el contrabando de la costumbre.         

sábado, 30 de julio de 2011

La literatura y el cine

A pesar de su poderosa imaginación Laurence Sterne tal vez no pensó que con su novela "Tristram Shandy" contribuiría a fundar un maravilloso arte que 135 años más tarde recibiría el nombre de cine. Algunos creen, deslumbrados por la tecnología, que en el plano de la forma la literatura es deudora del cine. No: el cine es un inmenso deu¬dor de la literatura: se evidencia en el texto a partir del cual las adaptaciones homologan la es-tética literaria con la estética del cine. Esta homologación ha ocurrido -para sólo citar casos al azar y muy conocidos- con "Hamlet" de Shakespeare, "Sin novedad en el frente" de Erich María Remarque, "Guerra y Paz" de Tolstoi o las más recientes "El Padrino" de Mario Puzzo, "En el nombre de la rosa” de Umberto Eco, "Relaciones peligrosas" de Choderlos de Laclos y “Lolita” de Vladimir Nabokov. Sterne propiciaba lo que Tzvetan Todorov llamó el "tiempo de la lectura" y el "tiempo de la escritura", iniciando (descontados los paréntesis conocidos) el proceso de experimentación literaria que años después influyó en todas las artes.

Interesa resaltar cómo el cine se ha apropiado de técnicas literarias aplicadas desde el "Ulises" de Joyce, multiplicadas y refinadas por narradores posteriores. El "flash-back", el narrador atestador, el monólogo interior, el entrecruzamiento de planos espaciales y temporales, la combinatoria de puntos de vista, el tiempo circular son algunas de esas técnicas. Esta apropiación ha sido muy intensa desde la década setenta del siglo XX y ha enriquecido tanto la formalidad como la contextualidad fílmicas que parecían erosionarse, particularmente, en el cine estadounidense. En este sentido se han logrado filmes excepcionales como "Reds" (la biografía de John Reed, autor de "Los diez días que estremecieron el mundo") y no tan brillantes como "Star 80", film en el que, no obstante, las imágenes se organizan a través del "flash-back", el narrador atestador y la conciencia fluida. "Reds" es un relato lineal alternado con voces narrativas que, mediante el testimonio, reconstruyen la vida de aquel periodista estadounidense cuya entrega a la causa del comunismo también conmovió al mundo. En "La decisión de Sophie", basada en la novela de Styron del mismo nombre, el montaje se articula con el relato lineal, el monólogo interior reducido a Sophie -judía sobreviviente de un campo de concentración- y el testimonio de una voz anónima (evocadora del "personaje de nuestra ciudad" de "Los hermanos Karamazov") que completa la biografía de esta desgraciada mujer. Se trata en estos dos últimos casos de una magnífica correspondencia entre la técnica y la anécdota, es decir, entre el discurso y la historia.

Entre los filmes subsiguientes, "Relaciones peligrosas" revela con gran acierto esa influencia formal de la literatura sobre el cine. Con actuación brillante de quienes encarnan a los cuatro principales personajes (nominadas Glen Glose y Michelle Pfeiffer simultáneamente al Oscar 1988) esta película es una réplica de la disposición formal de la novela cuya historia descansa exclusivamente en las cartas que se remiten los personajes. El film extrae los enunciados más significativos de cada carta para desarrollar el trabajo de los actores y convertirse, al final, en una magistral síntesis de la compleja novela de De Laclos. Hay un estimulante campo para investigar las relaciones entre la literatura y el cine, este último como forma decisiva del arte actual.

viernes, 22 de julio de 2011

El inolvidable Luis Buñuel

El 22 de febrero se cumple un aniversario más del nacimiento de Luis Buñuel. Había nacido en Calanda, región de Aragón, España, año 1900. Murió en 1983, el 29 de julio. Buñuel es uno de los grandes cineastas de todos los tiempos. Sin duda el más grande en habla hispana, tan paradigmático como Fellini en Italia, Renoir en Francia, Bergman en Suecia y Kurosawa en Japón. Filmó 32 películas, de las que 21 se hicieron en México. En 1949 se hizo ciudadano mexicano y en México vivió desde 1946 hasta el momento de su muerte. Más que cineasta francés o español, como muchos insisten en llamarlo, debieran designarlo cineasta mexicano. Con toda razón: era ciudadano mexicano, vivió durante 37 años en su misma casa de Ciudad de México, e hizo la mayor parte de sus películas en México. Cuando se observa su filmografía es posible distinguir tres etapas: la etapa española, la mexicana y la francesa. En todas hizo películas señeras pero la mexicana es la más fecunda. De la primera, las más destacadas fueron Un perro andaluz, La edad de oro y Las Hurdes, tierra sin pan (aunque filmadas aquéllas en Francia, sin que Buñuel se desligara de España). De la francesa despuntaron EL discreto encanto de la burguesía y Ese obscuro objeto del deseo. De la mexicana Los olvidados, Nazarín y Viridiana.
         Buñuel estaba destinado a echar raíces en México: en 1939, terminada la Guerra Civil Española, se exilió en Estados Unidos, pero sus antecedentes ideológico-políticos lo obligaron a salir de este país. Durante cinco años trabajó sin mayores problemas en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York pero en 1945, en el aire los gérmenes del macartismo, se supo de su pasada filiación comunista y, para colmo, Dalí en su autobiografía recordaba la condición de ateo de Buñuel. La reacción furibunda del conservatismo estadounidense no se hizo esperar: Buñuel no sólo tuvo que renunciar al Museo sino que debió abandonar el país porque el FBI le levantó un minucioso prontuario que lo convirtió en un sospechoso peligroso y un desempleado permanente. Marchó a México -en esos días en el esplendor de su industria cinematográfica- y allí encontró expeditas oportunidades. Su primer film, en 1946, fue Gran Casino, un musical con dos cantantes popularísimos, Jorge Negrete y Libertad Lamarque, film que terminó en fracaso. Decepcionado, se mantuvo al margen por un tiempo, pero en 1949 con El gran calavera tuvo un gran éxito de taquilla y, renovados sus bríos, filmó un año después Los olvidados, una de sus películas-cumbre y pronto considerada como la mejor del cine mexicano de todos los tiempos.
         Si nos pidieran opinión, gusto personalísimo de por medio, diríamos que, en orden de aparición, éstas son las mejores películas del gran director hispano-mexicano: Los olvidados (1950), Viridiana (1961), Ese obscuro objeto del deseo (1977), El discreto encanto de la burguesía (1972), Tristana (1970) y Bella de Día (1966). Pero nada es deleznable en la producción de Buñuel porque en películas poco nombradas, modestas incluso, su originalidad es inconfundible. Tal lo que constatamos en películas como El Bruto, Robinson Crusoe, Él, la misma El Gran Casino. Él, por ejemplo, de no haber sido por el apego del director a la  novela que la inspiró, hubiera sido -equiparada al Otelo de Shakespeare- el clásico cinematográfico universal de la tan humana pasión de los celos.   
        

sábado, 16 de julio de 2011

Diario de Irak

Diario de Irak es un reportaje (Aguilar, Bogotá, 2003) escrito por Mario Vargas Llosa sobre la llamada guerra de Irak, desarrollada entre marzo y mayo de 2003. Es un libro, como todos los suyos, ameno y argumentativo. Recoge las impresiones del escritor in situ, 54 días después de haberse hecho la invasión por una coalición encabezada por los Estados Unidos e integrada por veinte países. Esa invasión no contó con el apoyo de las Naciones Unidas y por eso fue objeto de crítica por muchos sectores de la opinión mundial, aunque también otros la respaldaron. Mario Vargas Llosa estuvo entre los intelectuales que no la aprobaron. Su razón coincidía con la de la mayoría: el que se atacara a un gobierno forajido como el de Irak, presidido por un genocida como Saddam Hussein, sin el aval del Consejo de Seguridad de la ONU, desproveía la acción del indispensable consenso y la debilitaba moralmente. Realizada la operación, el escritor, fiel a su condición de intelectual, visitó el país para calibrar por sí mismo los efectos de la misma y la opinión de los iraquíes.

Lo que vio era de esperarse. El país en ruinas, con graves problemas de electricidad y agua, sin autoridad, saqueado, plagado de ladrones y homicidas, sin dinero y sin trabajo. Pero en la medida en que conversaba con la gente se dio cuenta de que la llegada de los invasores fue saludada con beneplácito. La tiranía de Saddam Hussein había hundido al país en un infierno de represión, pobreza y desesperanza. El terror se había enseñoreado de tal manera, el liderazgo democrático diezmado, que era imposible una protesta o rebelión popular capaz de dar al traste con el régimen. En 1991, por ejemplo, se produjo la intifada chiíta, explosión de rebeldía desesperada de la más numerosa etnia del país, reprimida sin piedad. Los arrestados fueron obligados a concentrarse en los descampados de las ciudades y a cavar enormes fosas a cuyas orillas debían mantenerse. Formados en filas fueron asesinados con ráfagas de ametralladoras y caían en las excavaciones. Otros empujados y enterrados vivos. En la ciudad de al Hillah, capital de la provincia de Babilonia, se desenterraron 115.000 cadáveres. En cada una de las 18 provincias del país había por lo menos tres fosas con cientos de miles de restos humanos. El cómputo fue espantoso: alrededor de 5.400.000 personas habían sido asesinadas y sepultadas en estas fosas comunes. Aún no se sabe con exactitud el número de muertos pero se calcula que no son menos de ocho millones, lo cual hace de Saddam Hussein un genocida tan igual o peor que Hitler.

Vargas Llosa, que había criticado la invasión, dice que se arrepintió de ello pues sólo una fuerza coaligada podía eliminar una dictadura tan atroz, tal como Hitler sólo pudo ser derrotado por una alianza de países democráticos. Si la coalición en 2003 –dice- hubiera motivado la guerra de Irak con la razón explícita y sustentada de poner fin a un régimen genocida comparado en atrocidad sólo con el nazismo, la opinión pública mundial hubiera sido más homogénea en el respaldo. A pesar de haber visitado a Irak apenas dos meses después de la invasión, el escritor constató en la gente un ansia de paz sólo alcanzable por medio de la democracia liberal. Hoy Irak tiene una democracia parlamentaria, limpiamente electa con más del 70% del voto popular, proporcionalmente representativa de chiítas, sunitas y kurdos, las tres etnias clave del país.

Los Tatuajes Hay una porción de la población mundial que admira y usa los tatuajes. No obstante, los tatuajes pueden causar infecciones en l...