La humanidad está hoy día muy conmovida. El planeta es un hervidero. La confrontación política y bélica (bélica pero no militar en sentido estricto) se agrava con la descomposición moral más terrible que el mundo haya afrontado. La confusión de géneros -para dar un ejemplo al azar- ha llegado a un grado sin precedentes en la historia. En nuestro país, Venezuela, ya se ha hecho un concurso de "Miss Transgénero", una aberración. Ojo: no estoy atacando a la homosexualidad de por sí. Sé que es un espinoso tema. Pero no atacarla es distinto a apoyarla. Porque la homosexualidad no se apoya, sino que se supera. Y esto sólo es posible con Cristo Jesús. Porque es ante todo un problema espiritual, no biológico como tiende a creerse. Se sabe de homosexuales que han recuperado su normalidad al recibir a nuestro Señor Jesucristo y seguirlo de manera sincera.
Ahora bien, no son los sistemas los que producen sociedades estables y prósperas. Desde muy antiguo, los hombres han venido inventando sistemas socio-políticos con la esperanza de vivir en bienestar. Así, modernamente, se creó la República para suplantar a la monarquía, siendo la democracia inherente a aquélla. Fue un avance pero sabemos que la República pronto, en casi todo el mundo, degeneró en dictaduras, formas de gobierno en muchos casos peores que las malas monarquías. A mediados del siglo XIX, con Carlos Marx, se inventó el comunismo con su antesala del socialismo, concebidos como formas avanzadas de vida social. Pero ya conocemos lo que ocurrió: el marxismo, con el materialismo dialéctico e histórico, se tornó en una teoría de la dictadura del proletariado y, además, en una doctrina atea. Los socialismos con fundamento en el marxismo se convirtieron en feroces dictaduras colectivistas que dieron lugar a opresión, hambre y muerte. La Unión Soviética y la República Popular China (dirigida por Mao Tse Tung) son los ejemplos más grandes y aterradores de esta clase de dictaduras. Su última expresión es la dictadura comunista cubana que en 57 años ha dado lugar a pobreza, escasez crónica y persecución política al pueblo cubano, sin dejar de mencionar a Corea del Norte, una dictadura comunista asentada en un siniestro culto a la personalidad.
El desarrollo de la historia moderna demuestra que las naciones que han logrado un más alto nivel de bienestar político, social y económico son aquellas cuyos gobiernos auspician la libertad y, por consiguiente, el Estado de Derecho pero que a su vez han conocido el Evangelio. O, para ser más exactos, son naciones en las que ese bienestar se ha establecido como consecuencia de una amplia difusión del Evangelio. Por lo cual podemos decir que no es en sí el sistema político-social el que ha hecho real el bienestar sino que la difusión y asimilación del Evangelio han hecho real la estabilidad y prosperidad, fundadas en la libertad y el derecho. De allí que Europa, siendo el continente más involucrado en el cristianismo reformado, haya sido el continente más avanzado en los campos político, social y económico. Algo similar puede decirse de los Estados Unidos de Norteamérica, país fundado por cuáqueros, grupo cristiano disidente del anglicanismo en Inglaterra, el cual en poco tiempo dio lugar a una pujante economía extendida por todo el territorio. Costa Rica también lo demuestra: es el país con mayor población cristiana en Latinoamérica que, a pesar de no disponer de recursos naturales cuantiosos, goza de estabilidad política y de una economía sólida emanada del trabajo de sus habitantes y de un sistema ecológico excepcional. En esa misma perspectiva es necesario situar a Corea del Sur cuyas iglesias cristianas están entre las más numerosas del mundo.
El sistema comunista ha fracasado en todo el planeta y a ello no es ajeno el ateísmo que suele conllevar en tanto que el sistema capitalista ha tenido múltiples problemas en aquellos países donde el Evangelio ha sido débil y la idolatría y la incredulidad extensas. La opción es evidente: es Cristo, no los sistemas. Donde Cristo reina,la luz, la prosperidad espiritual y material llegan. Donde ha sido marginado o ignorado reinan las tinieblas, es decir, la pobreza, la división, los divorcios, la inestabilidad política, la idolatría en sus formas más abominables, el malestar social y aun otros infortunios. Hermano: te invito a que examines tu corazón, tu vida, y des a Cristo Jesús la oportunidad de abrazarte, de escucharte, de ayudarte. Él espera por ti con los brazos abiertos, no te defraudará.
Un buen día Cristo me llamó a sus caminos. Este blog es resultado de mis experiencias, materiales y espirituales, en esos caminos, experiencias que quiero compartir. Deseo, además, dialogar con mis lectores que, al tocar o referirse a mis textos, son mis amigos o, más exactamente, mis hermanos. Agradezco de antemano todo contacto, toda opinión, toda sugerencia.
jueves, 10 de marzo de 2016
lunes, 7 de marzo de 2016
Mi deducción bíblica del fascismo
Mi deducción bíblica del
fascismo
Hago una aclaratoria necesaria:
quienes vivimos en Cristo no debemos inmiscuirnos en política. Esto en
principio. Porque actualmente existe un grupo de autoridades cristianas que
auspician la participación de los cristianos en todas las esferas de la actividad
humana, entre ellas Myles Munroe, pastor muy prestigioso de las Bahamas
recientemente fallecido. No obstante debemos estar advertidos acerca de la
llamada política militante. Militante, digo, en tanto en cuanto si diéramos una
opinión debemos hacerla con ponderación e intención conciliadora. Nunca, pues,
con espíritu descalificador y mucho menos agresivo, frecuente cuando se
practica la militancia.Ocurre que en días pasados, a propósito de la crisis
política y social actualmente vivida por Venezuela, reunido con algunos amigos,
se suscitó una conversación en torno a la palabra fascismo y su derivada,
fascista. Se advertía allí que el actual gobierno venezolano llama con
frecuencia fascista a los opositores. El término fascismo está ligado a la
violencia. Muchos no saben
con exactitud qué significa, pero sí todos, o casi todos, saben que se
relaciona con la violencia o, en todo caso, con las formas más negativas de
hacer política. En la medida en que conversábamos, uno de los asistentes habló
acerca de las cosas que Dios más aborrece, y citó el capítulo 6 de Proverbios,
versículos 16 al 19. Los reproduzco de
manera directa a fin de facilitar la comprensión del lector general:
“Seis
cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: los ojos altivos, la lengua
mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina
pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso
que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos”.
Quienes conocen un poco de la
historia contemporánea saben cómo actuaron los dirigentes y militantes
fascistas y nazis, antes y en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Un dicho
del ministro de propaganda del Tercer Reich, el Dr. Goebbels, se hizo famoso:
“una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Los nazis actuaron con absoluta crueldad y
falta de escrúpulos. Ellos, junto con los fascistas italianos de Mussolini,
constituyeron un sistema de ideas de carácter totalitario, es decir,
favorecedor del dominio de la vida total de los individuos por medio
de la fuerza. El nazismo tuvo un ingrediente particular: la idea de la
superioridad racial, lo cual le dio un carácter de utopía tanática. El fascismo
caracterizó al nazismo y, salvo este ingrediente racista, efímero y particular,
el nazismo no implica un modelo que se diferencie nítidamente de aquél. De allí
que tratándose de un sistema político-social auspiciador de la violencia y el
totalitarismo, el fascismo ha quedado como el modelo por antonomasia.
El fascismo, observado a grosso modo,
implica: 1) carácter totalitario; 2) uso
de la violencia y, en consecuencia, muertes ; 3) tendencia a mentir, a
falsificar los hechos a su favor; 4)
arrogancia; 5) cinismo; 6) propagación compulsiva de sus ideas; 7) división social; 8) negación del debate; 9) uso de brigadas de
choque.
Si
comparamos estas características con lo enunciado en el capítulo 6 de
Proverbios, versículos 16 al 19, encontraremos correspondencia:
"Los
ojos altivos": arrogancia. "La lengua mentirosa": tendencia a mentir y, por tanto,
a falsificar los hechos. "Las manos derramadoras de sangre inocente": la
violencia, las muertes infligidas a personas que piensan de modo diferente o
que no toman partido por la causa de quienes tienen el poder. "El corazón que
maquina pensamientos inicuos": el cinismo, el planear la ruina del otro y formas
de castigo o persecución contra el considerado enemigo (las brigadas de choque,
por ejemplo). "Los pies presurosos para correr al mal": la complacencia en hacer
daño al otro, el placer de asediar. "El testigo falso que habla mentiras": el ser
capaz de hacer juicios amañados o atribuir a otros la propia maldad. "El que
siembra discordia entre hermanos": la división como arma política, la
propagación de ideas disolutorias, creando división social e incluso familiar.
Yo no quiero señalar a nadie, ni
individuos, ni organizaciones de cualquier índole, ni gobiernos. Como hombre en
identidad con Cristo no tomo partido. Mi verdadera tarea es la de orar, por
todos, en el nombre de Jesús y conforme a las enseñanzas de Jesús. Lo que acabo
de escribir es mi deducción bíblica de un término sumamente citado. Ustedes que
me leen, contrástenlo, medítenlo, evalúenlo. Es, de mi parte, sólo un aporte.
Aprovecho para afirmar lo siguiente:
Jesucristo no vino en vano. Su presencia en la tierra, hace más de dos mil
años, es el acontecimiento más trascendental de la historia humana. No es
azaroso el hecho de que esta historia se haya dividido en un antes y un después
de su venida. Fue, ni más ni menos, el descenso de Dios hecho sangre y carne.
Dios-hombre entre los hombres. Cuando se investiga su doctrina y su vida no se
halla la más mínima contradicción. Su segunda venida Él la anunció de modo
explícito y los signos de los tiempos actuales indican que es una venida que ya
se vislumbra. Los invito a que lean el Evangelio de San Mateo, capítulo 24,
versículos 3 al 51. Comparen lo que allí se dice con lo que actualmente sucede
en el mundo y en nuestro país. ¿Qué estoy queriendo decir? Que es hora de
pensar en el propósito de la primera venida de Jesucristo y en enterarse de su
evangelio, es decir, de lo que nos dejó como mensaje. No es un asunto sólo de
arrepentidos que se han hecho cristianos. Es asunto de todos los seres humanos,
absolutamente de todos, incluso de los que presumen de
ateos. Es algo simple: tomamos en serio a Jesús o no. Lo cual supone también
una decisión simple pero vital: aceptamos a Jesús o lo evitamos. Sí, amigo,
amiga. Es lo que estás pensando: nos ponemos a salvo o nos hundimos.
sábado, 30 de enero de 2016
Jesús no vino en vano
En medio de la crisis que vive el mundo en todos sus aspectos, la gente o, mejor, una porción de la gente, tiende a buscar respuestas o salidas espirituales. Hablo de una porción porque en realidad la mayoría determinante se deja arrastrar por lo que está aconteciendo: aceptan las confrontaciones personales, las guerras entre naciones, la inmoralidad generalizada, los delitos diversos, etc. como algo normal y su percepción del mundo es más bien materialista. La porción restante apela, pues, a salidas espirituales o, por decirlo con más exactitud, espiritualistas. Espiritualistas, digo, porque muchos se entregan a doctrinas como la de la Nueva Era, la cual habla de Dios, pero de una manera difusa y también confusa: en una ocasión oí a un expositor connotado de esta doctrina (me reservo su nombre) decir que "Dios es un concepto" y que su concepto personal era el de que Dios es inteligencia; según esto, pues, cada quien puede tener su particular concepto de Dios. Pero Dios no es un concepto; es un ser concreto, viviente, es el Creador del Cielo y de la Tierra, del Universo en su vastedad. En este sentido hay que decir que la mayor evidencia de la existencia de Dios es la presencia de su Hijo en la Tierra, hace un poco más de dos mil años. Presencia que nadie en sano juicio se ha atrevido a negar.
Jesucristo es Dios mismo, una de sus tres manifestaciones, y vino con una misión: dar un conocimiento pleno del Padre Eterno y un camino de salvación a través de su sacrificio. Voluntariamente dio su vida y perdonó a sus agresores, con lo cual dio una lección de amor a toda la humanidad. Cuando Judas el traidor vino a entregarlo, uno de los acompañantes de Jesús sacó una espada y cortó la oreja de uno de los captores; Jesús lo disuadió y le dijo: " ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?" (San Mateo 26: 53-54).
"Es necesario que así se haga": con esta frase Jesús resumía el motivo de su misión.
Cuando digo que Jesús no vino en vano estoy queriendo significar que su presencia humana no puede ser pasada por alto, que es el hecho más importante de todos los tiempos en la Tierra, y que toda doctrina religiosa o espiritualista que lo ignore o ponga en segundo plano, es falsa.
Renombro a la Nueva Era, una doctrina espiritualista que entusiasma a los buscadores de novedad: es falsa porque si bien exalta a un Padre universal difusamente panteísta, coloca a Cristo en segundo plano (cuando lo menciona) y para colmo, tocada de hinduismo, considera dioses a los hombres. Lo mismo puede decirse, falsos, del Espiritismo, los Rosacruces, el ocultismo en sus diversas vertientes y de algunas sectas como la de los Testigos de Jehová que no aceptan el carácter divino de Jesús.
Jesús no vino en vano: ello significa también , de manera determinante, y como él mismo lo dijo, que es "el camino, la verdad y la vida" y, por lo tanto, que la salvación sólo es posible a través de su aceptación y el compromiso de obrar conforme a sus mandamientos. De allí que, una vez realizada esta aceptación, todos debamos cumplir el mandato de predicar el Evangelio, por cuanto estamos espiritual y moralmente obligados a compartir la verdad con quienes la ignoran y a señalarles el camino de la salvación que Dios quiere para todos los seres humanos.
Termino diciéndolo con escuetas palabras: Jesús no vino en vano, es decir, para ser ignorado o desplazado como las doctrinas citadas pretenden, acompañadas por el ateísmo, sino que su Nombre y su Palabra se establecen inexorablemente en toda la extensión del planeta.
Jesucristo es Dios mismo, una de sus tres manifestaciones, y vino con una misión: dar un conocimiento pleno del Padre Eterno y un camino de salvación a través de su sacrificio. Voluntariamente dio su vida y perdonó a sus agresores, con lo cual dio una lección de amor a toda la humanidad. Cuando Judas el traidor vino a entregarlo, uno de los acompañantes de Jesús sacó una espada y cortó la oreja de uno de los captores; Jesús lo disuadió y le dijo: " ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?" (San Mateo 26: 53-54).
"Es necesario que así se haga": con esta frase Jesús resumía el motivo de su misión.
Cuando digo que Jesús no vino en vano estoy queriendo significar que su presencia humana no puede ser pasada por alto, que es el hecho más importante de todos los tiempos en la Tierra, y que toda doctrina religiosa o espiritualista que lo ignore o ponga en segundo plano, es falsa.
Renombro a la Nueva Era, una doctrina espiritualista que entusiasma a los buscadores de novedad: es falsa porque si bien exalta a un Padre universal difusamente panteísta, coloca a Cristo en segundo plano (cuando lo menciona) y para colmo, tocada de hinduismo, considera dioses a los hombres. Lo mismo puede decirse, falsos, del Espiritismo, los Rosacruces, el ocultismo en sus diversas vertientes y de algunas sectas como la de los Testigos de Jehová que no aceptan el carácter divino de Jesús.
Jesús no vino en vano: ello significa también , de manera determinante, y como él mismo lo dijo, que es "el camino, la verdad y la vida" y, por lo tanto, que la salvación sólo es posible a través de su aceptación y el compromiso de obrar conforme a sus mandamientos. De allí que, una vez realizada esta aceptación, todos debamos cumplir el mandato de predicar el Evangelio, por cuanto estamos espiritual y moralmente obligados a compartir la verdad con quienes la ignoran y a señalarles el camino de la salvación que Dios quiere para todos los seres humanos.
Termino diciéndolo con escuetas palabras: Jesús no vino en vano, es decir, para ser ignorado o desplazado como las doctrinas citadas pretenden, acompañadas por el ateísmo, sino que su Nombre y su Palabra se establecen inexorablemente en toda la extensión del planeta.
martes, 15 de diciembre de 2015
Vivir en Cristo
"Otra vez Jesús les habló diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (San Juan 8:12).
Solemos creer -y esto es especialmente cierto cuando somos jóvenes y hemos nacido en un hogar donde Dios es apenas un nombre, una referencia- que en la vida podemos hacer lo que queremos siempre y cuando no perjudiquemos a los demás. Esto es, por supuesto, cuando pertenecemos a un hogar de gente normal: padres trabajadores, de moral convencional, con hijos a los que se les da una educación de acuerdo a las posibilidades económicas que aquéllos tengan. Se cree entonces que cada quien tiene derecho a ser feliz. Pero este derecho está fundamentado en una búsqueda del placer, en la medida de los medios económicos de que se dispone. Comer, beber, vestirse, viajar y -lo más usual, trátese de hombres o de mujeres- disfrutar del sexo, disfrute que no pocas veces se asocia con el alcohol y las rumbas. Estas incidencias y muchas otras que sería largo mencionar configuran lo que podemos llamar la vida en el mundo o vida mundana. Sin embargo, a menudo esa felicidad que se busca a través del placer termina en todo lo contrario: dolor, fracaso, enfermedad, contiendas, etc., etc. Se torna, pues, en infelicidad. El desenlace, en casos extremos, puede llevar a decisiones individuales precipitadas y lamentables.
Con suma frecuencia esa búsqueda del placer, es decir, la vida mundana, está acompañada por una ausencia de espiritualidad, espiritualidad que en sentido estricto sólo es posible cuando se tiene a Dios en el corazón. Y la espiritualidad es, ante todo, paz. Y la paz, a su vez, es felicidad. Esto es verdad para todos, independientemente de la condición social y educativa de cada quien.
Con Perogrullo podemos decir: la gente puede ser muy rica pero esto no es suficiente para tener paz. Del mismo modo: hay gente de medios económicos modestos pero tiene paz. Y ocurre que la paz, la felicidad real, sólo la podemos conseguir cuando buscamos a Dios a través de Jesucristo. Es abrumador el número de experiencias en el que se comprueba que, teniéndolo materialmente todo, la gente no consigue vivir en felicidad, esa paz que el mundo no da. Podría dar muchos ejemplos, de gente conocidísima en el mundo, que teniendo dinero y el poder que éste da, ha terminado en el fracaso, incluso en la tragedia. Vivir en Cristo, esto es, recibirlo como Señor y Salvador y obrar conforme a su ejemplo y enseñanzas, nos brinda otra perspectiva de vida. Nos brinda el gozo de la solidaridad, del compartir, de la integridad y, lo más importante, de la comunión con Él y el Padre Eterno. No digo, claro está, que no vamos a tener dificultades, tropiezos, pero siempre de ellos vamos a salir airosos porque Jesús jamás nos deja solos. Siempre nos señala el camino. Siempre nos da aliento. Siempre nos protege y ayuda. Dios el Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo son tres y una sola Persona. Son la Deidad Trina. Sus galardones tienen, por decirlo así, un precio: buscarlos incesantemente a través de la oración y el velar. Orar y velar, es decir, orar y cuidar nuestra conducta para hacer irreprensible nuestra vida.
Con suma frecuencia esa búsqueda del placer, es decir, la vida mundana, está acompañada por una ausencia de espiritualidad, espiritualidad que en sentido estricto sólo es posible cuando se tiene a Dios en el corazón. Y la espiritualidad es, ante todo, paz. Y la paz, a su vez, es felicidad. Esto es verdad para todos, independientemente de la condición social y educativa de cada quien.
Con Perogrullo podemos decir: la gente puede ser muy rica pero esto no es suficiente para tener paz. Del mismo modo: hay gente de medios económicos modestos pero tiene paz. Y ocurre que la paz, la felicidad real, sólo la podemos conseguir cuando buscamos a Dios a través de Jesucristo. Es abrumador el número de experiencias en el que se comprueba que, teniéndolo materialmente todo, la gente no consigue vivir en felicidad, esa paz que el mundo no da. Podría dar muchos ejemplos, de gente conocidísima en el mundo, que teniendo dinero y el poder que éste da, ha terminado en el fracaso, incluso en la tragedia. Vivir en Cristo, esto es, recibirlo como Señor y Salvador y obrar conforme a su ejemplo y enseñanzas, nos brinda otra perspectiva de vida. Nos brinda el gozo de la solidaridad, del compartir, de la integridad y, lo más importante, de la comunión con Él y el Padre Eterno. No digo, claro está, que no vamos a tener dificultades, tropiezos, pero siempre de ellos vamos a salir airosos porque Jesús jamás nos deja solos. Siempre nos señala el camino. Siempre nos da aliento. Siempre nos protege y ayuda. Dios el Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo son tres y una sola Persona. Son la Deidad Trina. Sus galardones tienen, por decirlo así, un precio: buscarlos incesantemente a través de la oración y el velar. Orar y velar, es decir, orar y cuidar nuestra conducta para hacer irreprensible nuestra vida.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Cristo vino a rescatar a los perdidos
La venida de Cristo al planeta Tierra es el hecho más trascendental de la humanidad. El escepticismo, el humanismo (entendido como una doctrina de exaltación absoluta del hombre), el ateísmo, la arrogancia intelectual, etc. desdibujan este hecho. No reparan o simplemente subestiman la poderosa pertinencia del nacimiento de un hombre dotado de divinidad cuya palabra y conducta a nadie dejaron indiferente al punto de dividir la historia en un antes y un después. Si los ateos y sus afines meditaran en esta inexorable división tal vez pondrían a un lado su incredulidad. Es decir, ni el ateo más recalcitrante puede negar la existencia de Jesús en virtud de esta partición cronológica que da fe de su presencia terrenal. Cristo, pues, vino por primera vez y los historiadores, mediante compulsiones rigurosas, han determinado que fue aproximadamente en el año -4 de nuestra Era, es decir, en el año 4 contado de manera regresiva a partir de los cuatro mil años transcurridos desde la aparición del hombre hasta el nacimiento de Jesús.
¿Por qué vino Cristo a la Tierra? Sin duda, a darnos un conocimiento pleno del Padre Eterno y una enseñanza imperecedera del amor y del perdón a través de su ministerio y el sacrificio de su vida. De sus enseñanzas no se derivó una religión sino la necesidad de establecer una relación personal y directa con Dios teniéndolo a Él como intercesor.Ahora bien, Jesús no vino a salvar a los justos (que ya de por sí son salvos) sino a los perdidos, es decir, a aquellos hombres y mujeres sumidos en el pecado. Cuando los fariseos le reprocharon que comía y bebía con publicanos y pecadores Él respondió: "La gente sana no necesita médico, los enfermos sí. No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores y necesitan arrepentirse" (Lucas 5:31-32, NTV). Y cuando lo criticaron porque se hospedó en la casa de Zaqueo, el muy rico y desprestigiado jefe de publicanos, les dijo: "El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos" (Lucas 19:10, NTV)
Ocurre que hay personas que manifiestan escepticismo con relación a la salvación concedida por Jesús a los pecadores y en este sentido expresan críticas abiertas o veladas al Cuerpo de Cristo porque está lleno de hombres y mujeres que han cometido pecados de todo tipo, a menudo escandalosos ( adulterio, incesto, blasfemia, estupro, asesinato, sodomía, avaricia, mentira y calumnia destructiva, etc.). Pero Cristo recibe en su Cuerpo, es decir, en su iglesia, a todo aquel que arrepentido pide perdón sincero por sus pecados, cualesquiera sean. Quien hace esto queda perdonado y asume el compromiso de obrar conforme a la voluntad de Dios y las enseñanzas de Jesús, pues quien se arrepiente y pide perdón de corazón comienza a ser una persona completamente distinta. Renuncia al mundo y vive en Cristo y para Cristo. Es decir, comienza a vivir una vida irreprensible. Quien dice arrepentirse y pide perdón, pero continúa viviendo una vida reprobada, sencillamente no se ha arrepentido de verdad y por eso mismo no es objeto de perdón.
No dudes, hermano que me lees: Cristo te ama y te espera con los brazos abiertos. Él es el único que salva pues en la medida en que te perdona por tu arrepentimiento sincero, te transforma. Te transforma en santidad. Y ten en cuenta esto: santo es todo aquel que cumple con la voluntad de Dios, guardando todas las cosas que Jesús nos mandó (Mateo 28:20). Y todos, absolutamente todos, incluso el peor malhechor transformado, podemos serlo. Y sólo la paz, que es la única felicidad posible, la da Cristo Jesús, Señor nuestro.
lunes, 16 de noviembre de 2015
Ya son las señales de los últimos tiempos
Lo que está ocurriendo en el mundo actual son las señales que preceden a la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. En Mateo 24, diríamos que con lujo de detalles, Jesús profetizó lo que hoy estamos viviendo. En el aparte Señales antes del fin describe de modo casi literal las calamidades que actualmente confronta la humanidad, y en el siguiente, La venida del Hijo del Hombre, versículos 37 y 38, indica que los días anteriores a esta venida serán como los días de Noé: "Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre". Siempre he pensado que esta descripción hecha por nuestro Señor, debido a su misericordia y pureza de corazón, es más bien comedida y apenas la parte "presentable" de la impiedad que se cometía: crímenes horrendos, inmoralidades repugnantes, guerras, atrevimientos insólitos, tal vez calamidades telúricas. Hoy estamos presenciado algo igual, tal vez peor: crímenes abominables, descarríos morales atroces, rumores de guerra, fenómenos tectónicos, confrontaciones sociales, guerras declaradas. Basta mirar las noticias de prensa, de radio, los noticieros de televisión, etc. para darnos cuenta.
Lo ocurrido el 13 de noviembre de este año 2015 en París, Francia, con el atentado de ISIS en el que murieron centenares de personas es un hecho de una gravedad tan extrema que podemos decir que constituye el comienzo de una confrontación mundial. No me atrevería a decir de la Tercera Guerra Mundial, pero es un hecho de repercusión mundial en extremo peligroso. Aunque algunos dirigentes, como el Papa romano, no han vacilado en decir que es el comienzo de dicha guerra.Como cristianos tenemos el deber de alertar no sólo a la iglesia sino a todo nuestro prójimo. Y eso implica: a) Orar y velar sin cesar, tal como nos lo mandó Jesús; b) evangelizar, en cumplimiento de La Gran Comisión (Mateo 28: 18-20; Marcos 16: 15-16; Lucas 24:47); c) dar testimonio en ayuda a los necesitados y en la realización de una conducta irreprensible. Cumplir estas acciones es una manera de esperar la Segunda Venida del Señor, ante la evidencia de un mundo totalmente descompuesto. Cristo Jesús vendrá a arrebatar a su iglesia y luego a juicio. Cada quien es libre de creerlo o no creerlo. Pero que nadie alegue que no le fue advertido.
martes, 10 de noviembre de 2015
Si buscamos a Cristo
Con frecuencia la gente que está en el mundo se manifiesta indiferente frente a Dios y a Jesucristo. Su inserción en el mundo es tal que consideran que los problemas que los aquejan pueden ser resueltos en sus propias fuerzas. Por eso también con frecuencia van de decepción en decepción. Muchas veces Dios los llama a través de diversas señales (cuántas veces, por ejemplo, ven invitaciones en lugares públicos a acudir a reuniones o campañas donde Cristo es el centro de atención y actuación) y ante ellas responden con desdén. Ocurre entonces que cuando la vida los desborda y la aflicción, a menudo grave, los toca, vuelven sus ojos a Dios. Y esto no está mal porque si algo quiere el Señor es auxiliarnos y reconfortarnos. Pero no deja de ser lamentable que lleguen a los pies de Jesús cuando la vida los golpea, los hace jirones. Y el Señor se solaza en consolarlos, en sanarlos, en recibirlos con los brazos abiertos. Sin embargo cuando esto acontece, si no han acudido con deseo de corazón, la consecuencia es la retirada. Y, pasado algún tiempo, reinciden en el dolor infligido por el mundo y entonces la súplica interesada reaparece. El Señor seguramente volverá a auxiliarlos, pero es necesario que su conversión ante Jesús sea verdadera. Nada es comparable a esta conversión. Es, sin duda, lo más importante que puede acontecernos a los seres humanos. Porque cuando recibimos a Jesús como Señor y Salvador personal la vida cambia por completo y, como dice la Palabra, "nacemos de nuevo". Y ello implica una decisión trascendental: nos retiramos del mundo y nos rendimos ante quien dio su vida por nuestra salvación. Morimos, pues, para el mundo y nacemos para Cristo Jesús.
No obstante, no esperemos a que la vida nos sacuda, nos aflija, nos estropee duramente. Busquemos a Dios y a su Hijo cuanto antes, aun cuando estemos en el confort o comodidad del mundo. Concienticémonos de que Ellos son la fuente de la vida, del amor, y nuestro refugio más seguro. Hagamos sin vacilación ni tardanza la exhortación de Jesús cuando estuvo entre nosotros: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33).
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