domingo, 20 de abril de 2014

Oración por Venezuela



      En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
     En estos días cruciales que está viviendo Venezuela, acudimos ante Ti, Padre, para pedirte que, a nosotros, parte del pueblo de Dios, congregados en esta iglesia tuya, Monte Sion, nos des devoción, fuerza espiritual y perseverancia para trabajar -en oración, ayuno y Palabra- por el perdón  de nuestro país y su conversión en una nación cristiana.          
     Perdón, decimos, Padre, porque Venezuela, ha caído en la idolatría (practicando la adoración humana), en la brujería y la santería, suplantándote en tu majestad única y tu infinita misericordia. Toma el control del país, Padre Amado, y toca el corazón de todos para que te reconozcan y sientan el anhelo de buscarte pues, como dice Hebreos 11:6, Dios “es galardonador de los que le buscan”. Porque sólo Tú otorgas la paz verdadera, la unidad de tus hijos, la sanidad de cuerpo y de espíritu, la prosperidad que viene por añadidura.
     Bendice, Padre, a los que en este país están en eminencia, a uno y otro lado del poder oficial.  Bendícelos para que obren con buen criterio y sus acciones de gobierno, por tanto, beneficien a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bendícelos para que privilegien el diálogo, promuevan la unión y  no la división, fomenten el amor al trabajo, la disciplina y la conciencia ciudadana, la libertad responsable que permita la promoción de los valores del espíritu y de la moral.
     Bendice a Venezuela, Señor, para que abunden las iglesias que se lancen a predicar el Evangelio y a difundir la vida santa y hermosa de Cristo Jesús y para que, con ello, innumerable multitud de sus habitantes  reciban a Jesús como su Señor y Salvador.
     Bendice a Venezuela para que en ella se produzca pronto el avivamiento que le está profetizado y para que, por ende, la desobediencia en que ha incurrido no traiga las temibles consecuencias que la desobediencia acarrea y que también han sido anunciadas. Pero Dios es infinitamente misericordioso y probadamente bueno y si el arrepentimiento toca el corazón de los seres humanos y es expresado con sinceridad, el perdón del Padre Eterno es solícito, no tarda, y es abundante.
     Bendice a Venezuela, Señor, para que se convierta en un país de luz, en un país de fraternidad, de oración, de inquebrantable paz interna y difusor de luz y de paz hacia otras naciones. En un país testimonio cuya Constitución y  leyes de cualquier dimensión se inspiren en las Sagradas Escrituras.
     Y bendícenos a nosotros, Padre Amado, para que, con fe profunda y vocación apasionada por Jesucristo, llevemos a cabo la Gran Comisión: “… id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…”  Para lo cual Cristo Jesús, junto con ese mandato, nos dio una garantía o  cobertura, que es Su promesa: “… y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
     Gracias, Señor, gracias por todo lo que nos has dado, comenzando por la vida, ese don maravilloso, con el cual, desde el principio, incluso antes de que comenzáramos a ser, nos revelaste tu existencia y también tu misericordia y tu infinita capacidad de perdonar, reflejo de tu amor inagotable.

          Gracias por siempre, Señor.

          Recibe estas súplicas en el olor fragante de tu Trono Majestuoso y en el Nombre Poderoso y Santo de Jesús.

          Amén y amén

 

martes, 28 de enero de 2014


 Jesús es nuestro abogado

          El tema señalado en el título de este  artículo es de sumo interés. Para entender su exposición el lector debe tener en cuenta dos condiciones imprescindibles: 1) Su contenido, basado esencialmente en la Biblia, está dirigido a creyentes en Dios; por supuesto, un ateo puede leerlo y, si el fanatismo no lo abruma, debería suscitar su reflexión; no en vano, cada día hay más evidencias de cómo la ciencia ha venido ratificando los hechos bíblicos. 2) La medición del  tiempo de Dios no es exactamente precisable para la mente humana; el mismo texto bíblico lo indica: para Dios mil días pueden ser un día y un día puede ser mil, tal como lo conocemos.

          El ser humano tiende a ser facilista en sus asuntos. De allí que, tratándose de Dios, haya buscado exaltarlo representándolo en imágenes y, como paso subsiguiente, terminado aceptando intermediarios para llegar a Él. A lo largo del tiempo, particularmente después de la crucifixión de Jesucristo, el ser humano ha concebido una gama numerosa de imágenes e intermediarios hasta llegar a la superchería y derivados abominables como la brujería y la santería. Sin embargo, la búsqueda de Dios, según su propio designio, es inherente a la naturaleza del hombre.        

          Remontémonos a los orígenes de la humanidad: Adán y Eva desatendieron el consejo de Dios y comieron el fruto del árbol prohibido. Comenzó así la vida en el pecado. A consecuencia de esta desobediencia, Adán transfirió a Lucifer el señorío que Dios le había dado sobre la tierra. Lo posesionó entonces como el príncipe del mundo, príncipe de las tinieblas. Así comenzó su gran conspiración, valido de poder, porque –no debemos olvidarlo- Lucifer, antes de su desgracia, era un ángel poderoso, magníficamente dotado. Ese poder lo conserva como  primer ángel de la oscuridad. Los ángeles no son omniscientes ni omnipotentes ni omnipresentes. Por eso Lucifer carece de estas facultades, pero sí tiene poder para el mal. Por tanto, no puede leer el pensamiento pero sí puede poner malos pensamientos y malos sueños.

          Tan pronto se produjo la caída original, Lucifer se propuso desviar la atención de los hombres respecto de Dios. Es decir, hacer que Dios no estuviera en el primer plano de la adoración, la búsqueda y la rogativa del ser humano. De allí que comenzara a trabajar para sustituirlo por otras entidades supuestamente divinas. O, mejor dicho, por falsos dioses.

          Consideremos, primero, que Dios, en su omnisciencia y omnipotencia, desde su suprema realidad  (misteriosa en parte para nosotros, dada nuestra inteligencia aún limitada para entender la grandeza de su creación), motivado por su infinita misericordia, ya había concebido la forma como daría al hombre  oportunidad para salvarlo de la desgracia causada por la desobediencia de Adán. Es decir, ya estaba en su plan la venida del Hijo del Hombre, en momentos que fueran cruciales para la existencia misma del ser humano.  Este plan fue anunciado por Dios cuando maldijo a la serpiente que había inducido a la primera mujer a comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal:

         

          Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

          Génesis 3: 15

 

          La simiente de la mujer por antonomasia, María, heriría en la cabeza a Lucifer, venciéndolo, reduciéndolo a la impotencia, entre tanto que éste heriría en el calcañar a aquélla, provocando la muerte en la cruz.  Jesucristo resucitó de entre los muertos y Lucifer quedó vencido para siempre, a la espera del juicio final de Dios.

          Luego, desde los albores de la existencia humana, el príncipe de las tinieblas comenzó a inculcar en los descendientes de Adán un culto sustitutivo del culto al Dios Altísimo que respondiera a su propósito y en definitiva lo exaltara a él. De allí que conspiró para poner en el corazón de los hombres un sentimiento de adoración a la tierra que en esos tiempos era su único sustento  y que Lucifer indujo a representar en figura de mujer. Eso explica la realización, al principio, de estatuas toscas de mujer simbolizantes de la tierra fértil. Entre las más antiguas están la Venus de Laussel y la Venus de Lespugue que, en su constitución corporal (mamas grandes y carnes exuberantes), son una alegoría de la maternidad nutricia. Se instituyó así el culto a la mujer, más adelante devenida en una “reina del cielo” que se manifestaría en una forma  (ya más refinada) de la madre con un niño en brazos, prefigurando la modalidad de la “virgen y el niño” en culturas de mayor adelanto. Es decir, en las culturas inferiores (del paleolítico) el culto sustitutivo centrado en la mujer se expresó en figuras toscas de barro y arcilla, como las de las venus indicadas, y en culturas más avanzadas adquirió una prefiguración más en sintonía con el plan de salvación anunciado por el Creador (el Mesías, nacido de una virgen ungida). Esta prefiguración tiene lugar con la aparición de una de las primeras ciudades del planeta, Babilonia, fundada por Nimrod, el primer poderoso de la humanidad cuya brevísima biografía está narrada en Génesis 18: 8-12.  Nimrod fundó otras ciudades, las más importantes de las cuales fueron Nínive y Resén.     La leyenda y la transmisión oral han dado cuenta más abundante de la vida de Nimrod: se proclamó dios solar, se casó con Semíramis, reina de Babilonia, mujer ambiciosa y sin escrúpulos, a quien él proclamó diosa de la fertilidad, de la luna y de la noche. Muerto Nimrod, Semíramis quedó embarazada, y dio a luz un hijo al que llamó Tamuz. En su mentalidad alejada de Dios, Semíramis  -a fin de aumentar su poder- planteó que Tamuz era la reencarnación de Nimrod, por lo cual se convirtió al mismo tiempo en madre y esposa de su hijo. De allí que fuera representada como una madre con su hijo en brazos. Esto al principio fue en Babilonia, la ciudad pecadora por excelencia por cuanto en ella se instituyó el culto a dioses falsos  y que, hoy en día, es símbolo espiritual del pecado. (Babilonia, como se sabe, viene de “babel”, vocablo hebreo cuyo significado es confusión). Semíramis, así representada, vino a ser “reina del cielo”  o “madre del cielo” y su culto se extendió luego por Asia Central y Europa. A medida que el mundo evolucionaba   esta “madre del cielo” –con un hijo en sus brazos-  fue adquiriendo diversas figuraciones y denominaciones, coincidentes en su acepción esencial. Algunas son: Isis entre los egipcios, Durga entre los hindúes, Venus entre los romanos, Diana entre los griegos, Tonatzín entre los aztecas, Pachamama entre los incas, etc.

          Otra a semejanza de Semíramis es Inanna –reina madre con niño en los brazos- entre los sumerios, diosa del amor, de la fertilidad y la guerra. Aparecerán luego Isthar, entre los mesopotámicos –diosa de la guerra y señora de las batallas-  y Astarté (Astaroth o Asera) entre los cananeos (pobladores iniciales de Canaán, más tarde Palestina, tierra prometida de los hebreos). Inanna, Isthar y Astaroth son las tres equivalentes más antiguas de Semíramis. Las más arriba mencionadas son también equivalentes en sus respectivas civilizaciones o culturas.

          Inanna es la más conocida, con sus símbolos característicos: el agua (que trae la lluvia), la media luna (que lleva en la cabeza), el león, las estrellas de ocho puntas (que suele llevar en las ruedas del carro que la transporta), el disco solar, el arco y la flor de lis. Las otras comparten esos símbolos: Isthar, que se hace acompañar de leones (a veces está sobre ellos), también frecuentemente vista con la estrella de ocho puntas. Igual ocurre con Isis, acompañada de leones; Durga, de los hindúes, con leones, el disco solar, el arco y la flor de lis. Cibeles, con leones. La rosa es también otro símbolo que comparten estas diosas, en especial Isis y Artemisa.   

          Vemos cómo en el Antiguo Testamento estas diosas paganas son aquellas a las que se enfrentaron los profetas: Asera (Astarté o Astaroth), Inanna. También a dioses como Baal, Dugón, Hadad.

          Así en Jueces: 2:13  se dice: Y dejaron a Jehová y adoraron a Baal y a Astarot.

          Veremos cómo esta “reina del cielo” o “madre del cielo” -cumplida la misión de Jesús, resurrecto y elevado a los cielos-  será confundida con María a través del engaño perpetrado por Lucifer. Tal “reina o madre del cielo” fue, pues, un espíritu engañador, una diosa falsa, cuya existencia se produjo muchos siglos antes de la venida de Jesús. La conspiración de Satanás ha sido de tal manera astuta que la adoración de esta clase de diosa crea una gran pasión entre sus seguidores al punto de que, cuando tal adoración se ve amenazada, suscita enojo, incluso violencia (el caso de Pablo agredido por fanáticos de Diana de Éfeso es un ejemplo revelador en la Biblia).  

          En Jeremías, en su libro escrito entre  el año 628 y  580 a. C., vemos continuamente la denuncia que hace el profeta de esta “reina del cielo” perturbadora del pueblo de Israel (Jeremías: 44:15-17). Y en Jueces se relata cómo Dios se manifiesta a Gedeón para que sea libertador de Israel ante los madianitas, ordenándole que derribe el altar que su padre ha levantado en honor de Baal acompañado de Asera (Jueces, 6:25-2)

          Ya en el ámbito del Nuevo Testamento, Cristo Jesús, momentos antes de morir en la cruz, exhorta a Juan a que tome cuidado de María:

          Cuando vio Jesús a su madre, y el discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

          Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

(San Juan 19: 26-27)

          A partir de este momento se abre una nueva etapa en el empeño del enemigo relativo a la sustitución del culto a Dios por el de una “reina madre” o “reina del cielo”.  Como ha escrito Ana Méndez Ferrel en un esclarecedor libro titulado María, la madre de Jesús, Lucifer “pone en la mira” a la madre terrenal de Jesús, una vez que éste es crucificado, resucita al tercer día, y asciende –después de cuarenta días- a la diestra del Dios Padre Todopoderoso. Mientras María vivió bajo el cuidado de Juan, Lucifer no intentó poner en el sentimiento de los hombres el culto a la madre terrenal del Salvador. Una vez que se produce su deceso, reanuda su conspiración. Como se sabe, el cuerpo de esta santísima mujer no se ha encontrado en ninguna de las tumbas que se le han atribuido y es muy posible que el mismo haya sido arrebatado precisamente para evitar su conversión en un objeto idolátrico, como ocurrió con el cuerpo de Moisés cuyo arrebatamiento sí está descrito en el Antiguo Testamento.

 

 

         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

lunes, 6 de enero de 2014

Las experiencias concretas


 

Lo que vivimos en el diario trajinar siempre tiene algo que enseñarnos. Eso es mucho más evidente e importante cuando se vive con Cristo. ¿Cuándo se vive con Cristo? Cuando lo hemos recibido como Señor y Salvador a través de una oración de fe y, desde ese momento, nos esforzamos por vivir conforme a su ejemplo y enseñanzas. Cristo está ansioso por acogernos con los brazos abiertos, pero al recibirlo expresando nuestra fe en Él, tenemos que cambiar, nacer de nuevo. Y esto involucra una búsqueda constante de su rostro, de su presencia. De allí su consejo: orad y velad. Es decir, no debemos cesar de orar con la sinceridad del corazón sino que hemos de estar en permanente vigilancia. ¿De qué? De nuestros actos,  nuestras palabras, nuestros pensamientos, sentimientos, etc. Esto es, que no hemos de dejar espacios vacíos por los cuales pueda inmiscuirse el enemigo; no olvidarnos, por tanto, que  Cristo está con nosotros y hemos de procurar una constante comunión con Él. Ciertamente las tentaciones van a venir, sobre todo cuando se empieza a caminar con el Señor    (porque el enemigo no quiere perder lo que antes tuvo) pero si oramos continuamente, ayunamos, y somos oidores y hacedores de la Palabra, las tentaciones serán extirpadas y el enemigo derrotado. La constancia en el vivir con Cristo implica un vínculo cada vez mayor con el Espíritu hasta, que llenos de Él, logramos separarnos del pecado. De allí que el diario trajinar siempre ha de ser para nuestra edificación. Ojo: orando y velando pero también haciendo. ¿Haciendo qué? El bien. A todos, incluso a quienes –por una u otra razón, a veces baladí- no nos quieren o nos han herido u ofendido. En eso consiste el nacer de nuevo. Es decir, dejar de ser el pecador que fuimos, lo cual involucra el no contristar al Espíritu Santo –como tan claramente lo solía indicar esa mujer santa y ungida que fue Kathryn Kulhman- y el perdonar. Vivir con Cristo es amar, y amar es perdonar. Y perdonar no sólo a quienes queremos o quisimos, sino a quienes alguna vez tuvimos como hacedores de nuestro mal. Cristo fue en esto un testimonio maravilloso. Devolver bien por mal, bendecir a quienes nos maldicen, etc., fue en Él una exhortación constante.

domingo, 7 de julio de 2013

El Liderazgo de Jesús



        En días pasados me invitaron a un programa de radio para que hablara sobre el liderazgo de Jesús. Al principio me sentí un poquito confundido porque para mí Jesús era mucho más que un líder y llegué a pensar que considerarlo como tal era como vincularlo a lo secular, y eso me parecía casi blasfemo. Pero en la medida en que meditaba sobre el asunto, el Señor me llevó a la convicción de que no era así y que, si me basaba en las características de la estadía de Jesús en la tierra, no era inapropiado analizarlo como un líder. En efecto, líder (derivado del original inglés que significa “guía”) es un término definido en el DRAE como “Persona a la que un grupo sigue, reconociéndola como jefe u orientadora”.  Ciertamente Jesús fue una persona a la que, nacido como hombre, siguió gente -durante los tres años de su ministerio- que fue creciendo hasta convertirse en multitud. Así entendido fue un líder. Pero al hacer precisiones nos encontramos con que Jesús fue un líder espiritual y como persona, en su vida terrenal, una persona divina.  Es decir, un líder sin parangón que fue nada menos que la encarnación de Dios en la tierra. Jesús combinaba, pues, la cualidad del liderazgo con la cualidad divina, entendiendo a la primera, sensu stricto, como de carácter terrenal. Para que un líder sea verdadero tiene que dejar un legado a sus seguidores porque si su obra muere con él (pastor Munroe, islas Bahamas) es un líder fracasado. Si su obra continúa con su muerte es un líder verdadero. Jesús es, por esto, el líder por excelencia, el más verdadero y grande del mundo pues su obra trascendió a Palestina, dividió la historia humana en un antes y un después, se proyectó sobre el mundo conocido en su época y hoy día se impone en todos los confines del planeta globalizado. Es verdad que hay vastos territorios donde las enseñanzas de Jesús no predominan pero en ellos se le conoce ya y hay comunidades cristianas establecidas. China, país que hasta no hace mucho fue oficialmente ateo, tiene hoy día una de las comunidades cristianas más importantes de Asia, a pesar de la hostilidad oficial, y se calcula que para 2050 albergará la población cristiana más grande del planeta. Un crecimiento significativo se registra en países como la India, Vietnam, Singapur, Bangladesh, países del Golfo Pérsico (Qatar, Bahrein, Arabia Saudí), Rusia, Nepal, y, obviamente América Latina, etc. Esto demuestra que hay una gran necesidad de Dios y que sólo la palabra de Cristo es verdadera, es decir, que aun cuando haya religiones antiquísimas con sus  dioses coetáneos, Jesucristo es el que llena el vacío, la insatisfacción del corazón humano, porque es el Dios Único y Verdadero Encarnado y, por tanto, Él mismo Dios viviente, Co-Creador.

        Otros liderazgos espirituales han existido en la historia de la humanidad, casi todos los cuales fundaron una religión. En este sentido usamos el vocablo religión, tal como lo define el DRAE: “f. Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y de temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”.

        Entre esos liderazgos, citemos los nombres de los más conocidos: Confucio, Lao-Tsé, Buda, Krisna, Mahoma. Todos muy respetables. Pero cuando los relacionamos con Cristo Jesús, la diferencia es enorme. Y esta diferencia se deriva de una pregunta fundamental que a menudo pasa desapercibida: ¿cuál de ellos resucitó de entre los muertos y con este hecho fue probada su divinidad de manera irrefutable? En efecto, sólo Jesús resucitó de entre los muertos, por acción del Dios Padre Todopoderoso, al tercer día, tal como había sido profetizado en el Antiguo Testamento y Él mismo lo predijo durante su ministerio. Jesús, por eso, no sólo resucitó sino que es el único verdaderamente resurrecto en toda la historia de la humanidad. ¿Por qué? Porque resucitó para siempre y está sentado a la diestra del Padre Eterno, Quien lo envió. Es verdad que en las Sagradas Escrituras otras personas fueron resurrectas: en 2 de Reyes 13:21 se atestigua cómo un hombre muerto que fue lanzado sobre la tumba de Eliseo, resucitó al hacer contacto con los huesos del profeta; y en este mismo libro, 4:18-36, se relata cómo el mismo Eliseo resucitó al hijo de la sunamita. Y en el Nuevo Testamento se documentan tres de las resurrecciones hechas por Jesús: la de la hija de la viuda  en Naín (Lucas 7:11-17); la de la hija de Jairo (Lucas 8:49-56); y la de Lázaro de Betania (Juan 11: 1-43). Cinco en total, todas las cuales demuestran la realidad de la resurrección a partir del poder de Dios. Pero se trata de resurrecciones limitadas por el orden temporal en la carne, pues cada una de estas personas murió al agotarse el ciclo de su vida. Fueron enterradas y sus restos convertidos en polvo y cenizas. Lo mismo puede decirse de los líderes y fundadores de religiones: murieron y fueron enterrados.

        Jesús, pues, es un líder espiritual pero es también Dios vivo, hijo del Único Dios viviente, Creador del Universo, omnipotente, omnisciente, omnipresente. Es por eso el más grande líder espiritual de la humanidad pero también del Universo, por los siglos de los siglos. Y ese carácter divino de Jesús se hizo manifiesto en los múltiples milagros durante su ministerio, en sus múltiples prodigios, muchos de los cuales no fueron registrados porque Jesús vivió intensamente, día a día, hora tras hora, su misión de salvación. De allí que Juan, el discípulo amado, al final de su relato, dice: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén.” (San Juan, 21:25, resaltado nuestro). Jesús es Dios real, viviente, actual. Los milagros que hizo ayer, los hace también hoy. Su presencia de hace dos mil años es hoy exactamente la misma, a través del Espíritu Santo, dejado por Él entre nosotros al cabo de sus cuarenta días de convivencia con los apóstoles después de la resurrección. Y esa presencia la constatamos casi a diario con el descenso del Espíritu Santo y las sanaciones que se practican mediante el vehículo de pastores ungidos en medio de estadios o congregaciones numerosas, sujetas a las pruebas de quienes lo deseen.

        Y es que todo ser humano, quiera o no, debe enfrentarse a la realidad de la vida física y al planteamiento de la vida después de la muerte. Pues se trata de asuntos que ni siquiera los ateos pueden evadir. Es decir, ¿vivimos acaso para morir y ser enterrados sin que ninguna trascendencia se desprenda del hecho de vivir? Ocurre que los ateos se han visto obligados a discurrir sobre ello y han gastado páginas y páginas para “demostrar” que Dios no existe y que, en el mejor de los casos, Jesús fue una figura histórica. Armando Alducin ha recordado en estos días a Jean Paul Sartre, autor de un libro clave de la filosofía contemporánea, El Ser y la Nada, en la que expone el existencialismo, postura filosófica según la cual el hombre es mera existencia, un “ser- ahí”, es decir, un ser que apareció fortuitamente sobre la tierra, y al mismo tiempo, es un “ser-para- sí”, esto es, un ser que “debe hacerse a sí mismo”; un ser, por tanto, de radical libertad. Para Sartre, la existencia de Dios es imposible por lo que el hombre es un ser autónomo cuyos valores dependen enteramente de él, son creación suya. Lo curioso del caso–decía el Dr. Alducin- es que Sartre, antes de morir, se lamentó de haber pasado toda la vida tratando de demostrar que Dios no existe, considerando que había perdido el tiempo devanándose los sesos para probar la  no existencia de alguien que no existe. Pero lo importante, lo grave del asunto, fue que el existencialismo se difundió por todo el mundo como una filosofía de la radical libertad del ser humano, sin ninguna esperanza, por lo cual hacer cualquier cosa era válido, generando juventudes abandonadas a sí mismas, vacías, infelices, proclives a la autodestrucción.

        El ateísmo no resiste un análisis serio; basándose en una porfiada arrogancia, se ha convertido en sí mismo en una religión cuyo dios es la materia inerte que, por un extraño proceso de evolución penosamente explicado, dio lugar a la vida inteligente. En nuestra opinión, el ateísmo emana de una causa: la soberbia intelectiva de cierta clase de hombres que, ante la abrumadora evidencia de la existencia de Dios, constatada a diario con solo echar un vistazo a la naturaleza y al espacio sideral que nos rodea, opta por una contumaz ceguera que a la larga trae tormento interior e infelicidad. Sin embargo, cuando los ateos, movidos por la honestidad intelectual e impulsados por su talento, se dedican a investigar la vida de Jesús y sus enseñanzas, llegan a la conclusión de que no sólo los hechos de la vida de Jesús son ciertos (como el de la resurrección, controvertido por muchos) sino también su condición de Hijo de Dios y su irrefutable presencia entre nosotros, a más de dos mil años de su primera venida. Entonces se convierten en fervorosos creyentes. Tal lo que aconteció con C. S. Lewis (Clive Stiples Lewis, autor de la famosa heptología Las crónicas de Narnia) quien, ateo pero deseoso de la verdad, investigó y estudió meticulosamente todos los hechos relativos a Jesús. Deslumbrado por la evidencia de los hechos y el carácter sobrenatural de la personalidad de Jesús, y por la absoluta coherencia de su alta moral y sus afirmaciones, se convirtió  en un cristiano devoto y respetado divulgador. Tiempo antes había hecho suya esta frase de Lucrecio (poeta ateo romano, 99 a.C – 55 a.C):

        Si Dios hubiera diseñado al mundo, no sería un mundo tan frágil y defectuoso como lo vemos.

        C. S. Lewis escribió un libro titulado Mera Cristiandad (Mere Christianity) y su esposa Joy Gresham (Helen Joy Davidman), escritora judía estadounidense, comunista radical y atea (y a quien Lewis conoció después de su conversión), se convirtió también en fervorosa cristiana al leer este libro y recibir información directa de su esposo. Y es que la frase fundamental de Jesús, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, en todos los documentos que existen, en todos los hechos y actos de su vida, en todos los textos del Antiguo y el Nuevo Testamento, en todas las revelaciones, es absolutamente coherente, sin la más mínima contradicción.

        (Y ocurre que todos los pueblos en donde Cristo ha sido reconocido y aceptado como Señor y Salvador, la paz social y la prosperidad moral pero también material se han establecido. Estados Unidos no se hubiera constituido en el formidable país que ha sido si parte de sus fundadores no hubieran sido los cuáqueros, emigrados de Inglaterra y  partidarios del cristianismo primitivo. Alemania, Suiza, Francia, Costa Rica, Corea del Sur, Barbados, Colombia actualmente son países donde la población cristiana es significativa).

 

jueves, 9 de febrero de 2012

HHhH
Jorge Linares Angulo
@JorgeLetra67
          HHhH es el libro ganador del Premio Goncourt -premio principal de Francia- en su renglón Primera Novela, 2010. Laurent Binet, de 39 años, profesor de la Universidad de París III, debuta con él como novelista. HHhH es un relato real  en la medida en que su referente es un hecho histórico de gran repercusión en la Segunda Guerra Mundial, el atentado contra Reinhard Heydricht. Pero cuando leemos nos damos cuenta de que no todo en este libro es verdad sino también, a lo largo del texto, vuelo imaginativo del escritor. Vuelo imaginativo que no contradice esa verdad. Y esta circunstancia es la que define el relato real y la que lo configura como novela.
          El relato, en estricto sentido, es parcela del territorio literario, distinto al relato de la historiografía, sujeto al rigor de la ciencia. Como tal, el relato –independientemente de que sea real- es libre, es arte. El autor sólo tiene una obligación: exaltar su enunciación, es decir, escribir  bien. Si se fundamenta en hechos históricos, cierto es que no debe distorsionarlos pero sí puede alumbrarlos con la imaginación en los momentos en que escapan a la objetividad. Cuando este alumbramiento ocurre, el relato in extenso se convierte en novela.
          Laurent Binet en diversas ocasiones apela a su imaginación para completar un cuadro carente de documentación o testimonio sin afectar el sentido de la verdad histórica. Por ejemplo, cuando describe el regreso clandestino, lleno de peligros, del coronel Moravec, jefe de los servicios secretos del gobierno checo en el exilio. El autor conoce la ruta, certificada por documentos de la época, pero la tensión, la ansiedad, el suspenso, el fingimiento al que se vio obligado el coronel para llegar en tren a Praga desde Londres, sorteando una red de vigilancia nazi extremadamente riesgosa, los inventa sin que lo verosímil se deshaga. Lo mismo ocurre con la escenificación de las horas en que los paracaidistas que ajusticiaron a Heydrich fueron asediados por 700 soldados nazis, ocultos como estaban en una helada cripta de la iglesia San Carlos Borromeo en el centro de Praga. Los siete murieron en el asedio sin que nadie pudiera saber lo que dijeron entre ellos, lo que sintieron e hicieron en la soledad de su refugio. Binet, valiéndose del registro de lo que ocurría al exterior, imagina con el talento de un buen narrador, las palabras, acciones y sentimientos suscitados en la cripta en aquellas ocho horas terribles y heroicas. Este ejercicio de la imaginación constituye el estatuto de la ficción y es lo que hace que un libro como HHhH, basado en una investigación histórica rigurosa, sea novela.
      HHhH es la sigla de una frase que se puso en boga en el seno de la SS cuando Reinard Heydrich pasó a comandarla como brazo derecho de Himmler, jefe supremo de ese cuerpo paramilitar. Heydrich dio a la SS una enorme eficacia a la par de una insólita crueldad. Himmlers Hirn heiss Heydrich  (“El cerebro de Himmler se llama Heydrich”) solían decir los SS aludiendo a la capacidad de Heydrich, el verdadero autor de las inventivas cuyos méritos se atribuían a Himmler. La frase estaba justificada: Reinard Heydrich se reveló como un genio del mal, creador de una red de espionaje y de una represión tan sofisticadas como brutales.
      El nudo de la novela es el relato de la Operación Antropoide, misión urdida en Londres por el presidente checo en el exilio, Edvar Benés, y apoyada por Churchill, para asesinar a Heydrich, la Bestia Rubia, el Carnicero de Praga, designado por Hitler protector de Bohemia-Moravia, nombre dado a Checoeslovaquia invadida y eliminada como nación. Binet logra, al contar esa misión, una hipotiposis admirable pero también un excelente esbozo biográfico de la personalidad más siniestramente dotada del nazismo. Un valor agregado, al final, se advierte: HHhH es también pincelada de esa utopía tanática que fue el Tercer Reich.
     
                           
                           

lunes, 6 de febrero de 2012

El sueño del celta


                                      “El sueño del celta" es la novela más reciente de Mario Vargas Llosa. Ella demuestra una vez más la maestría del autor  en la estructuración del género, la relevancia del lenguaje como componente de la novela, el talento para interesar al lector. Es una suerte de biografía de Roger Casement, el diplomático británico de origen irlandés que a principios del siglo XX denunció y demostró las atrocidades cometidas contra los aborígenes congoleses y peruanos en la explotación del caucho. El término escueto de biografía en obras como ésta no es el más correcto.  Sería más apropiado hablar de novela biográfica o biografía novelada, denominaciones que tampoco son unánimes. Uslar Pietri las rechazaba de plano y propuso la designación “novela en el tiempo”, tratándose de las novelas fundadas en hechos históricos. Mario Vargas Llosa, en entrevista reciente, alertaba acerca del error de confundir su novela con un libro de historia pues –decía- si bien refiere los hechos históricos básicos, lo literario en ella tiene mucho más peso que lo real. En este sentido, “El sueño del celta” es una biografía novelada –apelativo más preciso que el de novela biográfica y menos aéreo que el de “novela en el tiempo”- porque  reconstruye en lo esencial la vida de Roger Casement y deja lugar a la ficción, es decir, a la imaginación del escritor para esclarecer los espacios adonde no accede la objetividad histórica. La literatura (y en especial la novela), cuya herramienta más poderosa es la imaginación, es el arte que puede captar la vida humana en toda su complejidad. Y es eso lo que ocurre en esta obra: no sólo se describen los hechos en los que se involucró Roger Casement sino también su psiquis, sus sueños, esa intimidad de los seres humanos que solo se revela a plenitud ante la imaginación del escritor. Se configura así un territorio que es característico de la novela, un compendio de historia-realidad y ficción. Esos momentos-límite: Roger Casement en la celda de Pentonville Prison, atormentado por la inminencia de la muerte, el encuentro en sueños con su madre fallecida, las dudas sobre su nacionalismo radical; en la habitación de un hotel sumido en una pesadilla de gozo y sufrimiento después de un intento homosexual frustrado con un joven encontrado en un parque de Las Palmas son, por ejemplo, algunas de las experiencias alcanzadas por la ficción en modo alguno ajenas a la vida real del personaje.

          ¿Quién era Roger Casement? “El sueño del celta” nos lo dice: nacido en Dublín en 1864 fue un joven explorador de la selva en la expedición ordenada por Leopoldo II de Bélgica para apoderarse del Congo; devino diplomático al servicio de la Corona Británica y nombrado Sir. Personalidad democrática y sensible denunció ante el mundo los crímenes y la esclavitud  contra los negros africanos y los indios amazónicos. Fue por ello el más importante precursor de los derechos humanos. Ya consagrado se dedicó a la independencia de Irlanda pero cometió un gravísimo error: coludió con Alemania, en plena Primera Guerra Mundial, para atacar a Inglaterra y obtener la independencia de su isla natal. Arthur Conan Doyle, Bernard Shaw, William Butler Yeats pidieron clemencia para él. No así sus mejores amigos, entre ellos Joseph Conrad, a quien conoció en África y guió por entre los laberintos tenebrosos del Congo, experiencia semilla de “El corazón de las tinieblas”. Fue ejecutado en Londres el 3 de agosto de 1916. 

         






El viajero del siglo

          “El viajero del siglo” es la obra ganadora del premio Alfaguara de novela 2009. Su autor es un joven argentino llamado Andrés Neuman, nacido en 1977. Neuman, junto con otros jóvenes, algunos de los cuales también han ganado el Alfaguara, representa la generación relevo de la gran literatura en lengua española del siglo XXI. Esto fue lo que quiso decir  Roberto Bolaño poco antes de su muerte: “Tocado por la gracia –afirmó- la literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. En efecto, Neuman y otros como Santiago Roncagliolo, Xavier Velasco, Luis Leanté, Alberto Barrera Tyzka, Antonio Orlando Rodríguez etc., cuya edad promedio frisa los 40 años, han escrito obras de primera calidad en las que parece insinuarse una nueva sensibilidad secular determinada por la revolución digital, la multiculturalidad, la fusión racial, la supranacionalidad, la abolición sexista, el laicismo democrático. 
 “El viajero del siglo” es ante todo un prodigio del lenguaje. Escrita con  amenidad, es una síntesis admirable de claridad y alto logro estético. Si se me permite, diría que es una novela cultista en el sentido gongorino sin los excesos del término. Es decir, una novela en la que el autor se deja arrasar por la belleza de la palabra pero cuidándose de la plétora  y la innecesaria complejidad. En este sentido es una obra densamente poética en la cual la metáfora y sus variantes tropológicas están al servicio de una anécdota dinámica expuesta con una vasta erudición orientada por el placer de narrar.
La anécdota es igualmente prodigiosa: trátase de la historia de un joven alemán, infatigable viajero, que se asienta en una pequeña ciudad de la Alemania confederada y monárquica del siglo XIX, Wandernburgo. Es ésta sin duda una ciudad inventada,  especie de ciudad mágica, móvil en el sentido de que se transforma, cambia –sin dejar de ser ella misma- según el ánimo de sus moradores y visitantes. Hans, el joven trashumante, políglota a consecuencia de  sus innumerables viajes, llega a Wandernburgo para pasar una sola noche, en tránsito hacia Dessau. Pero el misterioso encanto de la ciudad hace que vaya posponiendo su partida en la medida en que se adentra en ella y traba amistad con el  organillero y más adelante con Sophie, los personajes  más descollantes de la novela. Al final Hans termina atrapado por el espíritu de Wandernburgo y sujeto del amor de Sophie, joven  burguesa de la alta sociedad comprometida con un aristócrata rico, Rudi Wilderhaus, cuya clase social se ve amenazada por la marea republicana trasvasada desde Francia por las invasiones napoleónicas. Hans y Sophie protagonizan un tórrido lance de amor en el que aquélla, una muchacha “fascinante y de carácter”, imbuida de las incipientes ideas en pro de la liberación de la mujer, no vacila en preferir al inteligente viajero y serle infiel a Wilderhaus en el vórtice de un desafío a los valores tradicionales cuya agonía  comienza.
No hay duda de que la novela hoy día es la modalidad narrativa por excelencia, y la narración el “único género extenso moderno”. Diríase incluso que la novela es de por sí la narración, es decir, ese único y extenso género moderno. “El viajero del siglo” lo demuestra. Porque Andrés Neuman no solo nos ofrece una maravillosa obra de ficción, sino también una integral panorámica de un pedazo del mundo, la Alemania y la Europa del siglo XIX en su tránsito hacia nuestros días.





     

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