lunes, 23 de enero de 2017

EL DIARIO DE ANA FRANK Y LA PERSECUCIÓN AL PUEBLO JUDÍO



El Diario de Ana Frank es uno de los documentos más dramáticos relativos a la persecución del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Su autora lo escribió en un lapso de dos años, los mismos en que estuvo escondida en un anexo del edificio donde su padre tenía sus negocios, llamado por la familia “Casa de Atrás”.  Allí revela sus estados de ánimo, signados por la angustia, ante la posibilidad de que los nazis, ocupantes de Ámsterdam, descubrieran el escondite. También constatamos a una jovencita inteligente –tiene apenas trece años cuando se inicia el refugio-, consciente del peligro que corre, ella (sus padres, su hermana y cuatro personas más) pero que no pierde su anhelo de vivir y la esperanza de que sobrevivirá. En 1944, año final del escondite, ya se perfilaba el triunfo de los aliados y Ana lo sabía –tenían un discreto aparato de radio que los mantenía informados- pero la suerte no los acompañó: el 1 de agosto de 1944 Ana escribe la última página de su diario y tres días después, el 4 de agosto, uno de los jefes nazis de Ámsterdam se presentó a la Casa de Atrás junto con tres esbirros armados de la policía colaboracionista holandesa y arrestó a los ocho refugiados. Fueron llevados a una jefatura policial donde permanecieron cuatro días al cabo de los cuales se les trasladó a Westerbork, un campo de concentración transitorio holandés para judíos. Allí estuvieron hasta el 3 de septiembre cuando fueron deportados a Auschwitz; algunos de los acompañantes de Ana Frank fueron gaseados al llegar y su madre al poco tiempo murió de inanición. En este campo Ana y  su hermana Margot permanecieron hasta principios de octubre, fecha  en la que las enviaron al campo de Bergen Belsen, al norte de Alemania, tenido como menos terrible que el de Auschwitz, lo cual no era cierto pues en el mismo se hallaban los carceleros y carceleras más despiadados, la comida era prácticamente inexistente y las condiciones higiénicas catastróficas: el tifus y otras epidemias cundían. Ana y Margot murieron a consecuencia del tifus, Margot primero y Ana poco después, a fines de febrero de 1945. Sus cuerpos fueron lanzados a una fosa común donde, el 12 de abril de 1945, liberado el campo por tropas británicas, se encontraron apretujados miles de cadáveres
Otro de los documentos estremecedores sobre la persecución antisemita es la novela de Antonio G. Iturbe titulada La bibliotecaria de Auschwitz. Es una de esas novelas basadas en hechos reales cuyo juego ficcional es muy discreto. Iturbe se fundamentó en las conversaciones que tuvo con Dita Polachova (hoy Dita Kraus por el apellido de su esposo, Ota Kraus, que en la novela aparece como Ota Keller, residentes actualmente en Israel). También en una rigurosa documentación y  libros de diversos autores, casi todos judíos, que sufrieron el Holocausto. Iturbe se trasladó a Auschwitz para conocer las instalaciones, recoger más informaciones de primera mano y experimentar la atmósfera física y síquica de los sitios de reclusión y su entorno, todavía siniestra. La bibliotecaria de Auschwitz, libro testimonial, nunca pierde los atributos de la novela: ágil, amena, y bien escrita. Los sufrimientos, el estar en vilo ante la amenaza de la muerte, las efusiones de solidaridad y también de mezquindad entre los cautivos, las esperanzas y sueños de libertad son expuestos con realismo eficiente y sobrio.
Uno de los aspectos más llamativos de la novela es el referido a Josef Mengele, capitán y médico  de las SS,  prototipo de la maldad en la tragedia nazi. Mengele permaneció en Auschwitz-Birkenau durante toda la guerra y fue el terror tanto de los judíos como de los gitanos, las dos etnias allí confinadas. Bajo la excusa de una seudo investigación genética, maltrataba a los prisioneros, niños sobre todo, con una crueldad diabólica. Este  individuo ciertamente, desprovisto de sensibilidad humana, tenía características demoníacas. Sus experimentos lo hacían uno de los más repugnantes criminales de guerra, si no el más, de toda la humanidad. Mengele escapó a la Argentina y allí se escondió hábilmente; después, cuando supo de la captura de Eichmann, se escurrió hasta Brasil; en este país, en 1979, murió ahogado en una playa mientras nadaba, a los sesenta y ocho años. De no haber tenido esta muerte habría sido encontrado por las autoridades israelíes y ajusticiado. No deja de ser impresionante la naturaleza criminal de este hombre pues, siendo un joven de 34 años cuando fue liberado Auschwitz-Birkenau, ya había dado lugar a crímenes y torturas atroces.
Cabe preguntarse sobre el porqué de la feroz persecución de los judíos en el Holocausto. Se han dado razones históricas, sicológicas, económicas, etc.,. Pero las mismas pierden peso cuando se recuerda que los judíos han sido perseguidos durante toda su existencia. El Antiguo Testamento da cuenta de varias persecuciones: la de Egipto, el cautiverio en Asiria, el cautiverio en Babilonia, la persecución frustrada de Amán en el Libro de Ester, la diáspora generada por los romanos, el Holocausto. Incluso, antes del Tercer Reich, se hicieron famosos los pogromos en Rusia, Polonia y en general en Europa oriental. Algunos se han aventurado a decir que la persecución sufrida durante la diáspora ha sido consecuencia del sacrificio al que sometieron a Jesús, lo cual tiene aspecto verosímil. En el Evangelio de San Mateo (27: 24-25) se relata cómo Poncio Pilato, al lavarse las manos, deja constancia de su inocencia ante la condena a muerte de un justo:
Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.
Y respondiendo todo el pueblo dijo: Su sangre sea sobre nosotros,  y sobre nuestros hijos”.
Podría, pues, argumentarse que con semejante declaración los judíos se echaron sobre sí una terrible maldición. Sin embargo, no debe olvidarse que en los instantes de su muerte Jesús clamó ante el Padre Eterno el perdón a sus captores:

“Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
(San Lucas 23:34)

Y ocurre que el perdón tiene gran fuerza exculpatoria. Al solicitar perdón ante Dios ya él lo concedía. Creo por esta razón que el pueblo judío  (tozudamente negatorio de Jesús) recibió el perdón del Hijo de Dios, ese hombre-deidad maravilloso que no negó su vida ni escatimó su amor para trazar el camino de la salvación, incluyendo a parte de ese pueblo -el suyo- que lo desconoció y lo sacrificó. Luego, no deberíamos admitir que el Holocausto fue consecuencia del sacrificio de Jesús. Primero porque Jesucristo, Señor de señores, Rey de reyes, perdonó; segundo porque si bien los martirizadores de Jesús fueron judíos, todos sus seguidores también fueron judíos (entre ellos los apóstoles y Pablo en resaltante lugar). Por demás el hecho de que la mayoría de las persecuciones fueron hechas mucho antes del advenimiento del Pastor de Galilea demuestra que la crucifixión no fue la causa espiritual del genocidio del Tercer Reich.
Al meditar sobre este pueblo llegamos a la conclusión de que la causa de sus vicisitudes se encuentra en su condición de pueblo elegido. El Antiguo Testamento refiere como Jehová llamó a un varón piadoso de Ur de los caldeos llamado Abram (luego Abraham) para que habitara la tierra de Canaán (“…desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates”, Génesis 15:18) y fundara allí una gran nación. Entre Jehová-Dios y Abraham y su descendencia se estableció un pacto perpetuo “para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti”. Es evidente que ese pacto implicaba aceptar y adorar al Dios Único y hacerlo conocer a toda la tierra. El pueblo hebreo se convirtió por esto en depositario de una gran responsabilidad: era el pueblo de Dios, pueblo elegido para una trascendental misión.
Satanás es el enemigo de Dios y de los seres humanos y desde la maldición que en él recayó por haber inducido a la desobediencia a Adán y Eva su propósito es separar a los hombres de Dios. Por esto el pueblo elegido, el pueblo hebreo es uno de sus principales adversarios: dañarlo, perseguirlo es uno de sus trabajos predilectos. La persecución al pueblo judío a lo largo de su historia es el resultado de la especial saña de Satanás en su contra.








miércoles, 4 de mayo de 2016

Venezuela, crecer del Cuerpo de Cristo

Venezuela vive hoy uno de sus períodos históricos más críticos. Sin duda el más difícil contado el siglo XX y lo que va del XXI. Un país muy bien dotado por Dios en recursos naturales, uno de los más ricos del mundo, vive hoy en una escasez sin precedentes en todos los órdenes. Cuando el señor Hugo Chávez emergió a la vida pública a través de un golpe de Estado sentí respecto de él, apenas lo vi en televisión, una inmediata desconfianza. Vi, en la perspectiva profunda de su rostro, autoritarismo, venganza. En ese entonces yo era todavía inconverso y escribía en el "Diario de Los Andes" de Valera y en la versión digital de "El Universal". Inmediatamente comencé a advertir sobre él, en medio de la euforia general que lo aceptaba. Dije que veía en él a un hombre contemporizador con la violencia y partidario de radicalismos sociales. Hablé con familiares míos que lo apoyaban y, en el último momento, logré disuadirlos. Ya sabemos lo que ha pasado. Hugo Chávez Presidente maldijo a Israel y rompió relaciones diplomáticas y, como ya es vox populi, se hizo asiduo de la brujería, tanto así que acaba de salir el libro "Los brujos de Chávez" del periodista hispano-venezolano David Plácer. La semilla del mal se sembró. El Sr. Chávez murió y su designado sucesor Maduro continuó implementando el modelo estatista-socialista, redoblando el asedio a la producción, todo lo cual se agravó cuando el precio del petróleo -como ya se había advertido por economistas serios- cayó de 120$ a 45$ con tendencia a la baja. El inmenso ingreso dinerario se esfumó entre la corrupción y el despilfarro en beneficio de países amigos. No hubo obras públicas significativas y hacia el pueblo se practicó una dación universal de pensiones y una entrega de dádivas de estrecho alcance colectivo. El resultado de hoy: colas interminables para conseguir alimentos, inflación desbordada, racionamiento eléctrico, hampa sin freno, inexistencia de medicinas, etc. En suma: hambre nacional amenazante.
¿Por qué ocurrió esto?  Me resistía a creerlo. Pero todo esto puede ser alejamiento de Dios por parte de la población venezolana. Dios no se solaza en el castigo. La desobediencia aleja de Dios y ese alejamiento da lugar a un espacio que el maligno ocupa rápidamente: éste es el castigo. La dirigencia venezolana no se preocupó por edificar a la gente, por dar buen ejemplo, y la gente terminó por caer en un lamentable hedonismo. Fuimos el primer país mundial consumidor de whisky, el primer país del mundo consumidor de viagra, el país más botarate de América ("ta barato, dame dos"); el país con un santuario nacional de brujería, la montaña de Sorte, visitada por políticos, empresarios, artistas, profesionales, pobres, ricos, jóvenes, viejos, hombres y mujeres; se dio paso a la homosexualidad más extravagante: ya en estos años de excesos hay un concurso de belleza "Miss Transgénero"; los consultorios de brujos rebosan de clientela;  ser "vivo" y aprovecharse de los demás ha sido una característica criolla digna de aplauso; tener muchas mujeres y acostarse con ellas sólo por placer era una virtud masculina, etc., etc. Cuando la descomposición moral cunde nos alejamos de Dios y los demonios se activan. Se activaron mucho más cuando so pretexto de un "cambio" en 1998 se le dio el visto bueno electoral al militar que trató de asaltar el poder derramando la sangre de gente inocente.
Para mí no hay duda de que lo que ha pasado en Venezuela ha de ser para nuestro bien. Ya Dios extendió su mano misericordiosa y profetas cristianos han augurado un avivamiento y una recuperación hermosa de nuestro país. Todo esto sólo será paralelo al crecimiento del Cuerpo de Cristo. Cuando Cristo llega vienen el sosiego individual y colectivo, la esperanza. Nuestro Señor dijo: "...En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). Esa aflicción ya la hemos padecido. De allí la gran responsabilidad del Cuerpo de Cristo: "confiad", confiemos y no desmayemos en nuestra oración. Porque no se trata sólo de superar estos años aciagos sino de hacer de Venezuela una nación de creyentes, borrando el sello de nación en desobediencia que nos sumió en tiempo de tinieblas. Y esto exige un poderoso crecimiento del Cuerpo de Cristo. La iglesia actual, unida y orante, tiene ese reto. Dios oye cuando clamamos ante Él con humildad, sinceridad de corazón y perseverancia.

jueves, 10 de marzo de 2016

Es Cristo, no los sistemas

La humanidad está hoy día muy conmovida. El planeta es un hervidero. La confrontación política y bélica (bélica pero no militar en sentido estricto) se agrava con la descomposición moral más terrible que el mundo haya afrontado. La confusión de géneros -para dar un ejemplo al azar- ha llegado a un grado sin precedentes en la historia. En nuestro país, Venezuela, ya se ha hecho un concurso de "Miss Transgénero", una aberración.  Ojo: no estoy  atacando a la homosexualidad de por sí. Sé que es un espinoso tema. Pero no atacarla es distinto a apoyarla. Porque la homosexualidad no se apoya, sino que se supera. Y esto sólo es posible con Cristo Jesús. Porque es ante todo un problema espiritual, no biológico como tiende a creerse. Se sabe de homosexuales que han recuperado su normalidad al recibir a nuestro Señor Jesucristo y seguirlo de manera sincera.
Ahora bien, no son los sistemas los que producen sociedades estables y prósperas. Desde muy antiguo, los hombres han venido inventando sistemas socio-políticos con la esperanza de vivir en bienestar. Así, modernamente, se creó la República para suplantar a la monarquía, siendo la democracia inherente a aquélla. Fue un avance pero sabemos que la República pronto, en casi todo el mundo, degeneró en dictaduras, formas de gobierno en muchos casos peores que las malas monarquías. A mediados del siglo XIX, con Carlos Marx, se inventó el comunismo con su antesala del socialismo, concebidos como formas avanzadas de vida social. Pero ya conocemos lo que ocurrió: el marxismo, con el materialismo dialéctico e histórico, se tornó en una teoría de la dictadura del proletariado y, además, en una doctrina atea. Los socialismos con fundamento en el marxismo se convirtieron en feroces dictaduras colectivistas que dieron lugar a opresión, hambre y muerte. La Unión Soviética y la República Popular China (dirigida por Mao Tse Tung) son los ejemplos más grandes y aterradores de esta clase de dictaduras. Su última expresión es la dictadura comunista cubana que en 57 años ha dado lugar a pobreza, escasez crónica y persecución política al pueblo cubano, sin dejar de mencionar a Corea del Norte, una dictadura comunista asentada en un siniestro culto a la personalidad.
El desarrollo de la historia moderna demuestra que las naciones que han logrado un más alto nivel de bienestar político, social y económico son aquellas cuyos gobiernos auspician la libertad y, por consiguiente, el Estado de Derecho pero que a su vez han conocido el Evangelio. O, para ser más exactos, son naciones en las que ese bienestar se ha establecido como consecuencia de una amplia difusión del Evangelio. Por lo cual podemos decir que no es en sí el sistema político-social el que ha hecho real el bienestar sino que la difusión y asimilación del Evangelio han hecho real la estabilidad y prosperidad, fundadas en la libertad y el derecho. De allí que Europa, siendo el continente más involucrado en el cristianismo reformado, haya sido el continente más avanzado en los campos político, social y económico. Algo similar puede decirse de los Estados Unidos de Norteamérica, país fundado por cuáqueros, grupo cristiano disidente del anglicanismo en Inglaterra, el cual en poco tiempo dio lugar a una pujante economía extendida por todo el territorio. Costa Rica también lo demuestra: es el país con mayor población cristiana en Latinoamérica  que, a pesar de no disponer de recursos naturales cuantiosos, goza de estabilidad política y de una economía sólida emanada del trabajo de sus habitantes y de un sistema ecológico excepcional. En esa misma perspectiva es necesario situar a Corea del Sur cuyas iglesias cristianas están entre las más numerosas del mundo.
El sistema comunista ha fracasado en todo el planeta y a ello no es ajeno el ateísmo que suele conllevar en tanto que el sistema capitalista ha tenido múltiples problemas en aquellos países donde el Evangelio ha sido débil y la idolatría y la incredulidad extensas. La opción es evidente: es Cristo, no los sistemas. Donde Cristo reina,la luz, la prosperidad espiritual y material llegan. Donde ha sido marginado o ignorado reinan las tinieblas, es decir, la pobreza, la división, los divorcios, la inestabilidad política, la idolatría en sus formas más abominables, el malestar social y aun otros infortunios. Hermano: te invito a que examines tu corazón, tu vida, y des a Cristo Jesús la oportunidad de abrazarte, de escucharte, de ayudarte. Él espera por ti con los brazos abiertos, no te defraudará.

lunes, 7 de marzo de 2016

Mi deducción bíblica del fascismo


Mi deducción bíblica del fascismo

          Hago una aclaratoria necesaria: quienes vivimos en Cristo no debemos inmiscuirnos en política. Esto en principio. Porque actualmente existe un grupo de autoridades cristianas que auspician la participación de los cristianos en todas las esferas de la actividad humana, entre ellas Myles Munroe, pastor muy prestigioso de las Bahamas recientemente fallecido. No obstante debemos estar advertidos acerca de la llamada política militante. Militante, digo, en tanto en cuanto si diéramos una opinión debemos hacerla con ponderación e intención conciliadora. Nunca, pues, con espíritu descalificador y mucho menos agresivo, frecuente cuando se practica la militancia.Ocurre que en días pasados, a propósito de la crisis política y social actualmente vivida por Venezuela, reunido con algunos amigos, se suscitó una conversación en torno a la palabra fascismo y su derivada, fascista. Se advertía allí que el actual gobierno venezolano llama con frecuencia fascista a los opositores. El término fascismo está ligado a la violencia.               Muchos no saben con exactitud qué significa, pero sí todos, o casi todos, saben que se relaciona con la violencia o, en todo caso, con las formas más negativas de hacer política. En la medida en que conversábamos, uno de los asistentes habló acerca de las cosas que Dios más aborrece, y citó el capítulo 6 de Proverbios, versículos 16 al 19.  Los reproduzco de manera directa a fin de facilitar la comprensión del lector general:

“Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos”.

          Quienes conocen un poco de la historia contemporánea saben cómo actuaron los dirigentes y militantes fascistas y nazis, antes y en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Un dicho del ministro de propaganda del Tercer Reich, el Dr. Goebbels, se hizo famoso: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.  Los nazis actuaron con absoluta crueldad y falta de escrúpulos. Ellos, junto con los fascistas italianos de Mussolini, constituyeron un sistema de ideas de carácter totalitario, es decir, favorecedor del dominio de la vida total de los individuos por medio de la fuerza. El nazismo tuvo un ingrediente particular: la idea de la superioridad racial, lo cual le dio un carácter de utopía tanática. El fascismo caracterizó al nazismo y, salvo este ingrediente racista, efímero y particular, el nazismo no implica un modelo que se diferencie nítidamente de aquél. De allí que tratándose de un sistema político-social auspiciador de la violencia y el totalitarismo, el fascismo ha quedado como el modelo por antonomasia.

          El fascismo, observado a grosso modo, implica: 1) carácter totalitario;  2) uso de la violencia y, en consecuencia, muertes ; 3) tendencia a mentir, a falsificar los hechos a su favor;  4) arrogancia;  5) cinismo;  6) propagación compulsiva de sus ideas;  7) división social;  8) negación del debate; 9) uso de brigadas de choque.

Si comparamos estas características con lo enunciado en el capítulo 6 de Proverbios, versículos 16 al 19, encontraremos correspondencia:

"Los ojos altivos": arrogancia. "La lengua mentirosa": tendencia a mentir y, por tanto, a falsificar los hechos. "Las manos derramadoras de sangre inocente": la violencia, las muertes infligidas a personas que piensan de modo diferente o que no toman partido por la causa de quienes tienen el poder. "El corazón que maquina pensamientos inicuos": el cinismo, el planear la ruina del otro y formas de castigo o persecución contra el considerado enemigo (las brigadas de choque, por ejemplo). "Los pies presurosos para correr al mal": la complacencia en hacer daño al otro, el placer de asediar. "El testigo falso que habla mentiras": el ser capaz de hacer juicios amañados o atribuir a otros la propia maldad. "El que siembra discordia entre hermanos": la división como arma política, la propagación de ideas disolutorias, creando división social e incluso familiar.

          Yo no quiero señalar a nadie, ni individuos, ni organizaciones de cualquier índole, ni gobiernos. Como hombre en identidad con Cristo no tomo partido. Mi verdadera tarea es la de orar, por todos, en el nombre de Jesús y conforme a las enseñanzas de Jesús. Lo que acabo de escribir es mi deducción bíblica de un término sumamente citado. Ustedes que me leen, contrástenlo, medítenlo, evalúenlo. Es, de mi parte, sólo un aporte.

          Aprovecho para afirmar lo siguiente: Jesucristo no vino en vano. Su presencia en la tierra, hace más de dos mil años, es el acontecimiento más trascendental de la historia humana. No es azaroso el hecho de que esta historia se haya dividido en un antes y un después de su venida. Fue, ni más ni menos, el descenso de Dios hecho sangre y carne. Dios-hombre entre los hombres. Cuando se investiga su doctrina y su vida no se halla la más mínima contradicción. Su segunda venida Él la anunció de modo explícito y los signos de los tiempos actuales indican que es una venida que ya se vislumbra. Los invito a que lean el Evangelio de San Mateo, capítulo 24, versículos 3 al 51. Comparen lo que allí se dice con lo que actualmente sucede en el mundo y en nuestro país. ¿Qué estoy queriendo decir? Que es hora de pensar en el propósito de la primera venida de Jesucristo y en enterarse de su evangelio, es decir, de lo que nos dejó como mensaje. No es un asunto sólo de arrepentidos que se han hecho cristianos. Es asunto de todos los seres humanos, absolutamente de todos, incluso de los que presumen de ateos. Es algo simple: tomamos en serio a Jesús o no. Lo cual supone también una decisión simple pero vital: aceptamos a Jesús o lo evitamos. Sí, amigo, amiga. Es lo que estás pensando: nos ponemos a salvo o nos hundimos.






sábado, 30 de enero de 2016

Jesús no vino en vano

     En medio de la crisis que vive el mundo en todos sus aspectos, la gente o, mejor, una porción de la gente, tiende a buscar respuestas o salidas espirituales. Hablo de una porción porque en realidad la mayoría determinante se deja arrastrar por lo que está aconteciendo: aceptan las confrontaciones personales, las guerras entre naciones, la inmoralidad generalizada, los delitos diversos, etc.  como algo normal y su percepción del mundo es más bien materialista. La porción restante apela, pues, a salidas espirituales o, por decirlo con más exactitud, espiritualistas. Espiritualistas, digo, porque muchos se entregan a doctrinas como la de la Nueva Era, la cual habla de Dios, pero de una manera difusa y también confusa: en una ocasión oí a un expositor connotado de esta doctrina (me reservo su nombre) decir que "Dios es un concepto" y que su concepto personal era el de que Dios es inteligencia; según esto, pues, cada quien puede tener su particular concepto de Dios. Pero Dios no es un concepto; es un ser concreto, viviente, es el Creador del Cielo y de la Tierra, del Universo en su vastedad. En este  sentido hay que decir que la mayor evidencia de la existencia de Dios es la presencia de su Hijo en la Tierra, hace un poco más de dos mil años. Presencia que nadie en sano juicio se ha atrevido a negar.
Jesucristo es Dios mismo, una de sus tres manifestaciones, y vino con una misión: dar un conocimiento pleno del Padre Eterno  y un camino de salvación a través de su sacrificio. Voluntariamente dio su vida y perdonó a sus agresores, con lo cual dio una lección de amor a toda la humanidad. Cuando Judas el traidor vino a entregarlo, uno de los acompañantes de Jesús sacó una espada y cortó la oreja de uno de los captores; Jesús lo disuadió y le dijo: " ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?" (San Mateo 26: 53-54).
"Es necesario que así se haga": con esta frase Jesús resumía el motivo de su misión.
Cuando digo que Jesús no vino en vano estoy queriendo significar que su presencia humana no puede ser pasada por alto, que es el hecho más importante de todos los tiempos en la Tierra, y que toda doctrina religiosa o espiritualista que lo ignore o ponga en segundo plano, es falsa. 
Renombro a la Nueva Era, una doctrina espiritualista que entusiasma a los buscadores de novedad: es falsa porque si bien exalta a un Padre universal difusamente panteísta, coloca a Cristo en segundo plano (cuando lo menciona) y para colmo, tocada de hinduismo, considera dioses a los hombres. Lo mismo puede decirse, falsos,  del Espiritismo, los Rosacruces, el ocultismo en sus diversas vertientes y de algunas sectas como la de los Testigos de Jehová que no aceptan el carácter divino de Jesús.
Jesús no vino en vano: ello significa también , de manera determinante, y como él mismo lo dijo, que es "el camino, la verdad y la vida" y, por lo tanto, que la salvación sólo es posible a través de su aceptación y el compromiso de obrar conforme a sus mandamientos. De allí que, una vez realizada esta aceptación, todos debamos cumplir el mandato de predicar el Evangelio, por cuanto estamos espiritual y moralmente obligados a compartir la verdad con quienes la ignoran y a señalarles el camino de la salvación que Dios quiere para todos los seres humanos.
Termino diciéndolo con escuetas palabras: Jesús no vino en vano, es decir, para ser ignorado o desplazado como las doctrinas citadas pretenden, acompañadas por el ateísmo, sino que su Nombre y su Palabra se establecen inexorablemente en toda la extensión del planeta.

martes, 15 de diciembre de 2015

Vivir en Cristo

"Otra vez Jesús les habló diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (San Juan 8:12).
Solemos creer -y esto es especialmente cierto cuando somos jóvenes y hemos nacido en un hogar donde Dios es apenas un nombre, una referencia-  que en la vida podemos hacer lo que queremos siempre y cuando no perjudiquemos a los demás. Esto es, por supuesto, cuando pertenecemos a un hogar de gente normal: padres trabajadores, de moral convencional, con hijos a los que se les da una educación de acuerdo a las posibilidades económicas que aquéllos tengan. Se cree entonces que cada quien tiene derecho a ser feliz. Pero este derecho está fundamentado en una búsqueda del placer, en la medida de los medios económicos de que se dispone. Comer, beber, vestirse, viajar y -lo más usual, trátese de hombres o de mujeres- disfrutar del sexo, disfrute que no pocas veces se asocia con el alcohol y las rumbas. Estas incidencias y muchas otras que sería largo mencionar configuran lo que podemos llamar la vida en el mundo o vida mundana. Sin embargo, a menudo esa felicidad que se busca a través del placer termina en todo lo contrario: dolor, fracaso, enfermedad, contiendas, etc., etc. Se torna, pues, en infelicidad. El desenlace, en casos extremos, puede llevar a decisiones individuales precipitadas y lamentables.
Con suma frecuencia esa búsqueda del placer, es decir, la vida mundana, está acompañada por una ausencia de espiritualidad, espiritualidad que en sentido estricto sólo es posible cuando se tiene a Dios en el corazón. Y la espiritualidad es, ante todo, paz. Y la paz, a su vez, es felicidad. Esto es verdad para todos, independientemente de la condición social y educativa de cada quien.
Con Perogrullo podemos decir: la gente puede ser muy rica pero esto no es suficiente para tener paz. Del mismo modo: hay gente de medios económicos modestos pero tiene paz. Y ocurre que la paz, la felicidad real, sólo la podemos conseguir cuando buscamos a Dios a través de Jesucristo. Es abrumador el número de experiencias en el que se comprueba que, teniéndolo materialmente todo, la gente no consigue vivir en felicidad, esa paz que el mundo no da. Podría dar muchos ejemplos, de gente conocidísima en el mundo, que teniendo dinero y el poder que éste da, ha terminado en el fracaso, incluso en la tragedia. Vivir en Cristo, esto es, recibirlo como Señor y Salvador y obrar conforme a su ejemplo y enseñanzas, nos brinda otra perspectiva de vida. Nos brinda el gozo de la solidaridad, del compartir, de la integridad y, lo más importante, de la comunión con Él y el Padre Eterno. No digo, claro está, que no vamos a tener dificultades, tropiezos, pero siempre de ellos vamos a salir airosos porque Jesús jamás nos deja solos. Siempre nos señala el camino. Siempre nos da aliento. Siempre nos protege y ayuda. Dios el Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo son tres y una sola Persona. Son la Deidad Trina. Sus galardones tienen, por decirlo así, un precio: buscarlos incesantemente a través de la oración y el velar. Orar y velar, es decir, orar y cuidar nuestra conducta para hacer irreprensible nuestra vida.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Cristo vino a rescatar a los perdidos

La venida de Cristo al planeta Tierra es el hecho más trascendental de la humanidad. El escepticismo, el humanismo (entendido como una doctrina de exaltación absoluta del hombre), el ateísmo, la arrogancia intelectual, etc. desdibujan este hecho. No reparan o simplemente subestiman la poderosa pertinencia del nacimiento de un hombre dotado de divinidad cuya palabra y conducta a nadie dejaron indiferente al punto de dividir la historia en un antes y un después. Si los ateos y sus afines meditaran en esta inexorable división tal vez pondrían a un lado su incredulidad. Es decir, ni el ateo más recalcitrante puede negar la existencia de Jesús en virtud de esta partición cronológica que da fe de su presencia terrenal. Cristo, pues, vino por primera vez y los historiadores, mediante compulsiones rigurosas, han determinado que fue aproximadamente en el año -4 de nuestra Era, es decir, en el año 4 contado de manera regresiva a partir de los cuatro mil años transcurridos desde la aparición del hombre hasta el  nacimiento de Jesús.
¿Por qué vino Cristo a la Tierra? Sin duda, a darnos un conocimiento pleno del Padre Eterno y una enseñanza imperecedera del amor y del perdón a través de su ministerio y el sacrificio de su vida. De sus enseñanzas no se derivó una religión sino la necesidad de establecer una relación personal y directa con Dios teniéndolo a Él como intercesor.
Ahora bien, Jesús no vino a salvar a los justos (que ya de por sí son salvos) sino a los perdidos, es decir, a aquellos hombres y mujeres sumidos en el pecado. Cuando los fariseos le reprocharon que comía y bebía con publicanos y pecadores Él respondió: "La gente sana no necesita médico, los enfermos sí. No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores y necesitan arrepentirse" (Lucas 5:31-32, NTV). Y cuando lo criticaron porque se hospedó en la casa de Zaqueo, el muy rico y desprestigiado jefe de publicanos, les dijo: "El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos" (Lucas 19:10, NTV)
Ocurre que hay personas que manifiestan escepticismo con relación a la salvación concedida por Jesús a los pecadores y en este sentido expresan críticas abiertas o veladas al Cuerpo de Cristo porque está lleno de hombres y mujeres que han cometido pecados de todo tipo, a menudo escandalosos ( adulterio, incesto, blasfemia, estupro, asesinato, sodomía, avaricia, mentira y calumnia destructiva, etc.). Pero Cristo recibe en su Cuerpo, es decir, en su iglesia, a todo aquel que arrepentido pide perdón sincero por sus pecados, cualesquiera sean. Quien hace esto queda perdonado y asume el compromiso de obrar conforme a la voluntad de Dios y las enseñanzas de Jesús, pues quien se arrepiente y pide perdón de corazón comienza a ser una persona completamente distinta. Renuncia al mundo y vive en Cristo y para Cristo. Es decir, comienza a vivir una vida irreprensible. Quien dice arrepentirse y pide perdón, pero continúa viviendo una vida reprobada, sencillamente no se ha arrepentido de verdad y por eso mismo no es objeto de perdón.
No dudes, hermano que me lees: Cristo te ama y te espera con los brazos abiertos. Él es el único que salva pues en la medida en que te perdona por tu arrepentimiento sincero, te transforma. Te transforma en santidad. Y ten en cuenta esto: santo es todo aquel que cumple con la voluntad de Dios, guardando todas las cosas que Jesús nos mandó (Mateo 28:20).  Y todos, absolutamente todos, incluso el peor malhechor transformado, podemos serlo. Y sólo la paz, que es la única felicidad posible, la da Cristo Jesús, Señor nuestro.

Los Tatuajes Hay una porción de la población mundial que admira y usa los tatuajes. No obstante, los tatuajes pueden causar infecciones en l...