martes, 15 de diciembre de 2015

Vivir en Cristo

"Otra vez Jesús les habló diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (San Juan 8:12).
Solemos creer -y esto es especialmente cierto cuando somos jóvenes y hemos nacido en un hogar donde Dios es apenas un nombre, una referencia-  que en la vida podemos hacer lo que queremos siempre y cuando no perjudiquemos a los demás. Esto es, por supuesto, cuando pertenecemos a un hogar de gente normal: padres trabajadores, de moral convencional, con hijos a los que se les da una educación de acuerdo a las posibilidades económicas que aquéllos tengan. Se cree entonces que cada quien tiene derecho a ser feliz. Pero este derecho está fundamentado en una búsqueda del placer, en la medida de los medios económicos de que se dispone. Comer, beber, vestirse, viajar y -lo más usual, trátese de hombres o de mujeres- disfrutar del sexo, disfrute que no pocas veces se asocia con el alcohol y las rumbas. Estas incidencias y muchas otras que sería largo mencionar configuran lo que podemos llamar la vida en el mundo o vida mundana. Sin embargo, a menudo esa felicidad que se busca a través del placer termina en todo lo contrario: dolor, fracaso, enfermedad, contiendas, etc., etc. Se torna, pues, en infelicidad. El desenlace, en casos extremos, puede llevar a decisiones individuales precipitadas y lamentables.
Con suma frecuencia esa búsqueda del placer, es decir, la vida mundana, está acompañada por una ausencia de espiritualidad, espiritualidad que en sentido estricto sólo es posible cuando se tiene a Dios en el corazón. Y la espiritualidad es, ante todo, paz. Y la paz, a su vez, es felicidad. Esto es verdad para todos, independientemente de la condición social y educativa de cada quien.
Con Perogrullo podemos decir: la gente puede ser muy rica pero esto no es suficiente para tener paz. Del mismo modo: hay gente de medios económicos modestos pero tiene paz. Y ocurre que la paz, la felicidad real, sólo la podemos conseguir cuando buscamos a Dios a través de Jesucristo. Es abrumador el número de experiencias en el que se comprueba que, teniéndolo materialmente todo, la gente no consigue vivir en felicidad, esa paz que el mundo no da. Podría dar muchos ejemplos, de gente conocidísima en el mundo, que teniendo dinero y el poder que éste da, ha terminado en el fracaso, incluso en la tragedia. Vivir en Cristo, esto es, recibirlo como Señor y Salvador y obrar conforme a su ejemplo y enseñanzas, nos brinda otra perspectiva de vida. Nos brinda el gozo de la solidaridad, del compartir, de la integridad y, lo más importante, de la comunión con Él y el Padre Eterno. No digo, claro está, que no vamos a tener dificultades, tropiezos, pero siempre de ellos vamos a salir airosos porque Jesús jamás nos deja solos. Siempre nos señala el camino. Siempre nos da aliento. Siempre nos protege y ayuda. Dios el Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo son tres y una sola Persona. Son la Deidad Trina. Sus galardones tienen, por decirlo así, un precio: buscarlos incesantemente a través de la oración y el velar. Orar y velar, es decir, orar y cuidar nuestra conducta para hacer irreprensible nuestra vida.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Cristo vino a rescatar a los perdidos

La venida de Cristo al planeta Tierra es el hecho más trascendental de la humanidad. El escepticismo, el humanismo (entendido como una doctrina de exaltación absoluta del hombre), el ateísmo, la arrogancia intelectual, etc. desdibujan este hecho. No reparan o simplemente subestiman la poderosa pertinencia del nacimiento de un hombre dotado de divinidad cuya palabra y conducta a nadie dejaron indiferente al punto de dividir la historia en un antes y un después. Si los ateos y sus afines meditaran en esta inexorable división tal vez pondrían a un lado su incredulidad. Es decir, ni el ateo más recalcitrante puede negar la existencia de Jesús en virtud de esta partición cronológica que da fe de su presencia terrenal. Cristo, pues, vino por primera vez y los historiadores, mediante compulsiones rigurosas, han determinado que fue aproximadamente en el año -4 de nuestra Era, es decir, en el año 4 contado de manera regresiva a partir de los cuatro mil años transcurridos desde la aparición del hombre hasta el  nacimiento de Jesús.
¿Por qué vino Cristo a la Tierra? Sin duda, a darnos un conocimiento pleno del Padre Eterno y una enseñanza imperecedera del amor y del perdón a través de su ministerio y el sacrificio de su vida. De sus enseñanzas no se derivó una religión sino la necesidad de establecer una relación personal y directa con Dios teniéndolo a Él como intercesor.
Ahora bien, Jesús no vino a salvar a los justos (que ya de por sí son salvos) sino a los perdidos, es decir, a aquellos hombres y mujeres sumidos en el pecado. Cuando los fariseos le reprocharon que comía y bebía con publicanos y pecadores Él respondió: "La gente sana no necesita médico, los enfermos sí. No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores y necesitan arrepentirse" (Lucas 5:31-32, NTV). Y cuando lo criticaron porque se hospedó en la casa de Zaqueo, el muy rico y desprestigiado jefe de publicanos, les dijo: "El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos" (Lucas 19:10, NTV)
Ocurre que hay personas que manifiestan escepticismo con relación a la salvación concedida por Jesús a los pecadores y en este sentido expresan críticas abiertas o veladas al Cuerpo de Cristo porque está lleno de hombres y mujeres que han cometido pecados de todo tipo, a menudo escandalosos ( adulterio, incesto, blasfemia, estupro, asesinato, sodomía, avaricia, mentira y calumnia destructiva, etc.). Pero Cristo recibe en su Cuerpo, es decir, en su iglesia, a todo aquel que arrepentido pide perdón sincero por sus pecados, cualesquiera sean. Quien hace esto queda perdonado y asume el compromiso de obrar conforme a la voluntad de Dios y las enseñanzas de Jesús, pues quien se arrepiente y pide perdón de corazón comienza a ser una persona completamente distinta. Renuncia al mundo y vive en Cristo y para Cristo. Es decir, comienza a vivir una vida irreprensible. Quien dice arrepentirse y pide perdón, pero continúa viviendo una vida reprobada, sencillamente no se ha arrepentido de verdad y por eso mismo no es objeto de perdón.
No dudes, hermano que me lees: Cristo te ama y te espera con los brazos abiertos. Él es el único que salva pues en la medida en que te perdona por tu arrepentimiento sincero, te transforma. Te transforma en santidad. Y ten en cuenta esto: santo es todo aquel que cumple con la voluntad de Dios, guardando todas las cosas que Jesús nos mandó (Mateo 28:20).  Y todos, absolutamente todos, incluso el peor malhechor transformado, podemos serlo. Y sólo la paz, que es la única felicidad posible, la da Cristo Jesús, Señor nuestro.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Ya son las señales de los últimos tiempos

Lo que está ocurriendo en el mundo actual son las señales que preceden a la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. En Mateo 24, diríamos que con lujo de detalles, Jesús profetizó lo que hoy estamos viviendo. En el aparte Señales antes del fin describe de modo casi literal las calamidades que actualmente confronta la humanidad, y en el siguiente, La venida del Hijo del Hombre, versículos 37 y 38, indica que los días anteriores a esta venida serán como los días de Noé: "Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre". Siempre he pensado que esta descripción hecha por nuestro Señor, debido a su misericordia y  pureza de corazón, es más bien comedida y apenas la parte "presentable" de la impiedad que se cometía: crímenes horrendos, inmoralidades repugnantes, guerras, atrevimientos insólitos, tal vez calamidades  telúricas. Hoy estamos presenciado algo igual, tal vez peor: crímenes abominables, descarríos morales atroces, rumores de guerra, fenómenos tectónicos, confrontaciones sociales, guerras declaradas. Basta mirar las noticias de prensa, de radio, los noticieros de televisión, etc. para darnos cuenta.
Lo ocurrido el 13 de noviembre de este año 2015 en París, Francia, con el atentado de ISIS en el que murieron centenares de personas es un hecho de una gravedad tan extrema que podemos decir que constituye el comienzo de una confrontación  mundial. No me atrevería a decir de la Tercera Guerra Mundial, pero es un hecho de repercusión mundial en extremo peligroso. Aunque algunos dirigentes, como el Papa romano, no han vacilado en decir que es el comienzo de dicha guerra.
Como cristianos  tenemos el deber de alertar no sólo a la iglesia sino a todo nuestro prójimo.  Y eso implica: a) Orar y velar sin cesar, tal como nos lo mandó Jesús; b) evangelizar, en cumplimiento de La Gran Comisión (Mateo 28: 18-20; Marcos 16: 15-16; Lucas 24:47); c) dar testimonio en ayuda a los necesitados y en la realización de una conducta irreprensible. Cumplir estas acciones es una manera de esperar la Segunda Venida del Señor, ante la evidencia de un mundo totalmente descompuesto. Cristo Jesús vendrá a arrebatar a su iglesia y luego a juicio. Cada quien es libre de creerlo o no creerlo. Pero que nadie alegue que no le fue advertido.

martes, 10 de noviembre de 2015

Si buscamos a Cristo

Con frecuencia la gente que está en el mundo se manifiesta indiferente frente a Dios y a Jesucristo. Su inserción en el mundo es tal que consideran que los problemas que los aquejan pueden ser resueltos en sus propias fuerzas. Por eso también con frecuencia van de decepción en decepción. Muchas veces Dios los llama a través de diversas señales (cuántas veces, por ejemplo, ven invitaciones en lugares públicos a acudir a reuniones o campañas donde Cristo es el centro de atención y actuación) y ante ellas responden con desdén. Ocurre entonces que cuando la vida los desborda y la aflicción, a menudo grave, los toca, vuelven sus ojos a Dios. Y esto no está mal porque si algo quiere el Señor es auxiliarnos y reconfortarnos. Pero no deja de ser lamentable que lleguen a los pies de Jesús cuando la vida los golpea, los hace jirones. Y el Señor se solaza en consolarlos, en sanarlos, en recibirlos con los brazos abiertos. Sin embargo cuando esto acontece, si no han acudido con deseo de corazón, la consecuencia es la retirada. Y, pasado algún tiempo, reinciden en el dolor infligido por el mundo y entonces la súplica interesada reaparece. El Señor seguramente volverá a auxiliarlos, pero es necesario que su conversión ante Jesús sea verdadera. Nada es comparable a esta conversión. Es, sin duda, lo más importante que puede acontecernos a los seres humanos. Porque cuando recibimos a Jesús como Señor y Salvador personal  la vida cambia por completo y, como dice la Palabra, "nacemos de nuevo". Y ello implica una decisión trascendental: nos retiramos del mundo y nos rendimos ante quien dio su vida por nuestra salvación. Morimos, pues, para el mundo y nacemos para Cristo Jesús.
No obstante, no esperemos a que la vida nos sacuda, nos aflija, nos estropee duramente. Busquemos a Dios y a su Hijo cuanto antes, aun cuando estemos en el confort o comodidad del mundo. Concienticémonos de que Ellos son la fuente de la vida, del amor, y nuestro refugio más seguro. Hagamos sin vacilación ni tardanza la exhortación de Jesús cuando estuvo entre nosotros: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33).

lunes, 26 de octubre de 2015

La Deidad Trina y la adoración

     La comunidad cristiana, es decir, la llamada "evangélica" (término hasta no hace mucho pronunciado por muchos en sentido despectivo), tiene muy claro que el único intercesor entre Dios y los hombres es Cristo Jesús. Versículos bíblicos, en número suficiente, así lo demuestran. Cualquier otro intercesor, hombre o mujer, es incorrecto.
Esto está ligado al carácter exclusivamente divino de la Deidad Trina (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Nadie más tiene este carácter. Por tanto, sólo los miembros de esta Deidad pueden y deben ser adorados (es decir, reverenciados o dignos de culto por su  divinidad). En este sentido punto neurálgico es María, la madre de Jesús. María fue y es -en su memoria perenne-  una mujer digna de toda honra pero no de adoración. ¿Por qué? Porque María fue un ser humano, indiscutiblemente excelso, pero humano, terrenal. El hecho de que Dios la haya escogido para que fuera la madre terrenal de Su Hijo indica el mérito espiritual sumo de María, lo cual es un privilegio incomparable. Pero ello no le confería carácter divino. De allí que debemos honrarla, amarla, elogiarla, pero no adorarla porque sólo se adora a Dios, a su Hijo y al Espíritu Santo. Por ende no es cierto que los cristianos llamados evangélicos no guarden respeto por María. Todo lo contrario: se le respeta, se le venera, se le ensalza, pero no se le adora. Y ello, con mayor razón todavía, es extensible a todos los santos: hombres y mujeres revestidos del pecado original, independientemente de que en el curso de su vida hayan logrado vivir en santidad. Se respeta y puede elogiarse su memoria pero en ningún caso se les debe adorar.
     Quiero terminar con un testimonio que me acaban de referir: una mujer sencilla, muy católica, orante dedicada, apeló a la Virgen acerca de por qué muchos "no la querían".
     En sueños se le apareció María y le dijo que no debía preocuparse porque era su Hijo quien debía ser adorado, buscado, y que ella, como su madre terrenal, sentía gran complacencia por la honra y gloria sempiternas  dadas a Él. No hay duda: Cristo Jesús es Dios y su rol es el de intercesor de nosotros, seres humanos, ante Dios. En consecuencia, todo cuanto pidamos al Padre Eterno debemos hacerlo en el nombre de Jesús.

domingo, 20 de abril de 2014

Oración por Venezuela



      En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
     En estos días cruciales que está viviendo Venezuela, acudimos ante Ti, Padre, para pedirte que, a nosotros, parte del pueblo de Dios, congregados en esta iglesia tuya, Monte Sion, nos des devoción, fuerza espiritual y perseverancia para trabajar -en oración, ayuno y Palabra- por el perdón  de nuestro país y su conversión en una nación cristiana.          
     Perdón, decimos, Padre, porque Venezuela, ha caído en la idolatría (practicando la adoración humana), en la brujería y la santería, suplantándote en tu majestad única y tu infinita misericordia. Toma el control del país, Padre Amado, y toca el corazón de todos para que te reconozcan y sientan el anhelo de buscarte pues, como dice Hebreos 11:6, Dios “es galardonador de los que le buscan”. Porque sólo Tú otorgas la paz verdadera, la unidad de tus hijos, la sanidad de cuerpo y de espíritu, la prosperidad que viene por añadidura.
     Bendice, Padre, a los que en este país están en eminencia, a uno y otro lado del poder oficial.  Bendícelos para que obren con buen criterio y sus acciones de gobierno, por tanto, beneficien a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bendícelos para que privilegien el diálogo, promuevan la unión y  no la división, fomenten el amor al trabajo, la disciplina y la conciencia ciudadana, la libertad responsable que permita la promoción de los valores del espíritu y de la moral.
     Bendice a Venezuela, Señor, para que abunden las iglesias que se lancen a predicar el Evangelio y a difundir la vida santa y hermosa de Cristo Jesús y para que, con ello, innumerable multitud de sus habitantes  reciban a Jesús como su Señor y Salvador.
     Bendice a Venezuela para que en ella se produzca pronto el avivamiento que le está profetizado y para que, por ende, la desobediencia en que ha incurrido no traiga las temibles consecuencias que la desobediencia acarrea y que también han sido anunciadas. Pero Dios es infinitamente misericordioso y probadamente bueno y si el arrepentimiento toca el corazón de los seres humanos y es expresado con sinceridad, el perdón del Padre Eterno es solícito, no tarda, y es abundante.
     Bendice a Venezuela, Señor, para que se convierta en un país de luz, en un país de fraternidad, de oración, de inquebrantable paz interna y difusor de luz y de paz hacia otras naciones. En un país testimonio cuya Constitución y  leyes de cualquier dimensión se inspiren en las Sagradas Escrituras.
     Y bendícenos a nosotros, Padre Amado, para que, con fe profunda y vocación apasionada por Jesucristo, llevemos a cabo la Gran Comisión: “… id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…”  Para lo cual Cristo Jesús, junto con ese mandato, nos dio una garantía o  cobertura, que es Su promesa: “… y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
     Gracias, Señor, gracias por todo lo que nos has dado, comenzando por la vida, ese don maravilloso, con el cual, desde el principio, incluso antes de que comenzáramos a ser, nos revelaste tu existencia y también tu misericordia y tu infinita capacidad de perdonar, reflejo de tu amor inagotable.

          Gracias por siempre, Señor.

          Recibe estas súplicas en el olor fragante de tu Trono Majestuoso y en el Nombre Poderoso y Santo de Jesús.

          Amén y amén

 

martes, 28 de enero de 2014


 Jesús es nuestro abogado

          El tema señalado en el título de este  artículo es de sumo interés. Para entender su exposición el lector debe tener en cuenta dos condiciones imprescindibles: 1) Su contenido, basado esencialmente en la Biblia, está dirigido a creyentes en Dios; por supuesto, un ateo puede leerlo y, si el fanatismo no lo abruma, debería suscitar su reflexión; no en vano, cada día hay más evidencias de cómo la ciencia ha venido ratificando los hechos bíblicos. 2) La medición del  tiempo de Dios no es exactamente precisable para la mente humana; el mismo texto bíblico lo indica: para Dios mil días pueden ser un día y un día puede ser mil, tal como lo conocemos.

          El ser humano tiende a ser facilista en sus asuntos. De allí que, tratándose de Dios, haya buscado exaltarlo representándolo en imágenes y, como paso subsiguiente, terminado aceptando intermediarios para llegar a Él. A lo largo del tiempo, particularmente después de la crucifixión de Jesucristo, el ser humano ha concebido una gama numerosa de imágenes e intermediarios hasta llegar a la superchería y derivados abominables como la brujería y la santería. Sin embargo, la búsqueda de Dios, según su propio designio, es inherente a la naturaleza del hombre.        

          Remontémonos a los orígenes de la humanidad: Adán y Eva desatendieron el consejo de Dios y comieron el fruto del árbol prohibido. Comenzó así la vida en el pecado. A consecuencia de esta desobediencia, Adán transfirió a Lucifer el señorío que Dios le había dado sobre la tierra. Lo posesionó entonces como el príncipe del mundo, príncipe de las tinieblas. Así comenzó su gran conspiración, valido de poder, porque –no debemos olvidarlo- Lucifer, antes de su desgracia, era un ángel poderoso, magníficamente dotado. Ese poder lo conserva como  primer ángel de la oscuridad. Los ángeles no son omniscientes ni omnipotentes ni omnipresentes. Por eso Lucifer carece de estas facultades, pero sí tiene poder para el mal. Por tanto, no puede leer el pensamiento pero sí puede poner malos pensamientos y malos sueños.

          Tan pronto se produjo la caída original, Lucifer se propuso desviar la atención de los hombres respecto de Dios. Es decir, hacer que Dios no estuviera en el primer plano de la adoración, la búsqueda y la rogativa del ser humano. De allí que comenzara a trabajar para sustituirlo por otras entidades supuestamente divinas. O, mejor dicho, por falsos dioses.

          Consideremos, primero, que Dios, en su omnisciencia y omnipotencia, desde su suprema realidad  (misteriosa en parte para nosotros, dada nuestra inteligencia aún limitada para entender la grandeza de su creación), motivado por su infinita misericordia, ya había concebido la forma como daría al hombre  oportunidad para salvarlo de la desgracia causada por la desobediencia de Adán. Es decir, ya estaba en su plan la venida del Hijo del Hombre, en momentos que fueran cruciales para la existencia misma del ser humano.  Este plan fue anunciado por Dios cuando maldijo a la serpiente que había inducido a la primera mujer a comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal:

         

          Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

          Génesis 3: 15

 

          La simiente de la mujer por antonomasia, María, heriría en la cabeza a Lucifer, venciéndolo, reduciéndolo a la impotencia, entre tanto que éste heriría en el calcañar a aquélla, provocando la muerte en la cruz.  Jesucristo resucitó de entre los muertos y Lucifer quedó vencido para siempre, a la espera del juicio final de Dios.

          Luego, desde los albores de la existencia humana, el príncipe de las tinieblas comenzó a inculcar en los descendientes de Adán un culto sustitutivo del culto al Dios Altísimo que respondiera a su propósito y en definitiva lo exaltara a él. De allí que conspiró para poner en el corazón de los hombres un sentimiento de adoración a la tierra que en esos tiempos era su único sustento  y que Lucifer indujo a representar en figura de mujer. Eso explica la realización, al principio, de estatuas toscas de mujer simbolizantes de la tierra fértil. Entre las más antiguas están la Venus de Laussel y la Venus de Lespugue que, en su constitución corporal (mamas grandes y carnes exuberantes), son una alegoría de la maternidad nutricia. Se instituyó así el culto a la mujer, más adelante devenida en una “reina del cielo” que se manifestaría en una forma  (ya más refinada) de la madre con un niño en brazos, prefigurando la modalidad de la “virgen y el niño” en culturas de mayor adelanto. Es decir, en las culturas inferiores (del paleolítico) el culto sustitutivo centrado en la mujer se expresó en figuras toscas de barro y arcilla, como las de las venus indicadas, y en culturas más avanzadas adquirió una prefiguración más en sintonía con el plan de salvación anunciado por el Creador (el Mesías, nacido de una virgen ungida). Esta prefiguración tiene lugar con la aparición de una de las primeras ciudades del planeta, Babilonia, fundada por Nimrod, el primer poderoso de la humanidad cuya brevísima biografía está narrada en Génesis 18: 8-12.  Nimrod fundó otras ciudades, las más importantes de las cuales fueron Nínive y Resén.     La leyenda y la transmisión oral han dado cuenta más abundante de la vida de Nimrod: se proclamó dios solar, se casó con Semíramis, reina de Babilonia, mujer ambiciosa y sin escrúpulos, a quien él proclamó diosa de la fertilidad, de la luna y de la noche. Muerto Nimrod, Semíramis quedó embarazada, y dio a luz un hijo al que llamó Tamuz. En su mentalidad alejada de Dios, Semíramis  -a fin de aumentar su poder- planteó que Tamuz era la reencarnación de Nimrod, por lo cual se convirtió al mismo tiempo en madre y esposa de su hijo. De allí que fuera representada como una madre con su hijo en brazos. Esto al principio fue en Babilonia, la ciudad pecadora por excelencia por cuanto en ella se instituyó el culto a dioses falsos  y que, hoy en día, es símbolo espiritual del pecado. (Babilonia, como se sabe, viene de “babel”, vocablo hebreo cuyo significado es confusión). Semíramis, así representada, vino a ser “reina del cielo”  o “madre del cielo” y su culto se extendió luego por Asia Central y Europa. A medida que el mundo evolucionaba   esta “madre del cielo” –con un hijo en sus brazos-  fue adquiriendo diversas figuraciones y denominaciones, coincidentes en su acepción esencial. Algunas son: Isis entre los egipcios, Durga entre los hindúes, Venus entre los romanos, Diana entre los griegos, Tonatzín entre los aztecas, Pachamama entre los incas, etc.

          Otra a semejanza de Semíramis es Inanna –reina madre con niño en los brazos- entre los sumerios, diosa del amor, de la fertilidad y la guerra. Aparecerán luego Isthar, entre los mesopotámicos –diosa de la guerra y señora de las batallas-  y Astarté (Astaroth o Asera) entre los cananeos (pobladores iniciales de Canaán, más tarde Palestina, tierra prometida de los hebreos). Inanna, Isthar y Astaroth son las tres equivalentes más antiguas de Semíramis. Las más arriba mencionadas son también equivalentes en sus respectivas civilizaciones o culturas.

          Inanna es la más conocida, con sus símbolos característicos: el agua (que trae la lluvia), la media luna (que lleva en la cabeza), el león, las estrellas de ocho puntas (que suele llevar en las ruedas del carro que la transporta), el disco solar, el arco y la flor de lis. Las otras comparten esos símbolos: Isthar, que se hace acompañar de leones (a veces está sobre ellos), también frecuentemente vista con la estrella de ocho puntas. Igual ocurre con Isis, acompañada de leones; Durga, de los hindúes, con leones, el disco solar, el arco y la flor de lis. Cibeles, con leones. La rosa es también otro símbolo que comparten estas diosas, en especial Isis y Artemisa.   

          Vemos cómo en el Antiguo Testamento estas diosas paganas son aquellas a las que se enfrentaron los profetas: Asera (Astarté o Astaroth), Inanna. También a dioses como Baal, Dugón, Hadad.

          Así en Jueces: 2:13  se dice: Y dejaron a Jehová y adoraron a Baal y a Astarot.

          Veremos cómo esta “reina del cielo” o “madre del cielo” -cumplida la misión de Jesús, resurrecto y elevado a los cielos-  será confundida con María a través del engaño perpetrado por Lucifer. Tal “reina o madre del cielo” fue, pues, un espíritu engañador, una diosa falsa, cuya existencia se produjo muchos siglos antes de la venida de Jesús. La conspiración de Satanás ha sido de tal manera astuta que la adoración de esta clase de diosa crea una gran pasión entre sus seguidores al punto de que, cuando tal adoración se ve amenazada, suscita enojo, incluso violencia (el caso de Pablo agredido por fanáticos de Diana de Éfeso es un ejemplo revelador en la Biblia).  

          En Jeremías, en su libro escrito entre  el año 628 y  580 a. C., vemos continuamente la denuncia que hace el profeta de esta “reina del cielo” perturbadora del pueblo de Israel (Jeremías: 44:15-17). Y en Jueces se relata cómo Dios se manifiesta a Gedeón para que sea libertador de Israel ante los madianitas, ordenándole que derribe el altar que su padre ha levantado en honor de Baal acompañado de Asera (Jueces, 6:25-2)

          Ya en el ámbito del Nuevo Testamento, Cristo Jesús, momentos antes de morir en la cruz, exhorta a Juan a que tome cuidado de María:

          Cuando vio Jesús a su madre, y el discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

          Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

(San Juan 19: 26-27)

          A partir de este momento se abre una nueva etapa en el empeño del enemigo relativo a la sustitución del culto a Dios por el de una “reina madre” o “reina del cielo”.  Como ha escrito Ana Méndez Ferrel en un esclarecedor libro titulado María, la madre de Jesús, Lucifer “pone en la mira” a la madre terrenal de Jesús, una vez que éste es crucificado, resucita al tercer día, y asciende –después de cuarenta días- a la diestra del Dios Padre Todopoderoso. Mientras María vivió bajo el cuidado de Juan, Lucifer no intentó poner en el sentimiento de los hombres el culto a la madre terrenal del Salvador. Una vez que se produce su deceso, reanuda su conspiración. Como se sabe, el cuerpo de esta santísima mujer no se ha encontrado en ninguna de las tumbas que se le han atribuido y es muy posible que el mismo haya sido arrebatado precisamente para evitar su conversión en un objeto idolátrico, como ocurrió con el cuerpo de Moisés cuyo arrebatamiento sí está descrito en el Antiguo Testamento.

 

 

         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

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