martes, 29 de agosto de 2017

¿Violencia buena, violencia mala?

En días pasados vi y oí  en una entrevista televisiva a un dirigente del gobierno venezolano hablando sobre los sucesos ocurridos en Venezuela antes del 30 de julio de 2017, fecha de la elección de la llamada Asamblea Nacional Constituyente, cuestionada por la mayoría de los venezolanos y la comunidad internacional. El dirigente forma parte de la cúpula de los diez personajes más cercanos al Presidente del país. La médula de su discurso consistió en decir que había una violencia mala y una buena. Por supuesto, la mala fue la de los "guarimberos" que durante tres meses, con barricadas, trancaron las calles del país. La buena, la del Gobierno, el cual, para garantizar la normalidad, debió recurrir a la represión mediante la GNB, la PNB y los grupos informales de choque, los tupamaros, también llamados "colectivos". Era, por decirlo así, toda una composición lírica para justificar la represión: no podía ser que la oposición organizada, o sea, la MUD, trajera a las calles jóvenes, imberbes casi todos, para impedir a la gente cumplir con sus deberes. El candor con que el dirigente argumentaba era conmovedor.
Cuando analizamos los hechos nos percatamos de la verdad. Los jóvenes que trancaron las vías lo hicieron conforme a su voluntad. Tanto es así que siempre dijeron que su protesta no obedecía a instancias de la MUD y que su motivo era la situación de escasez en alimentos y medicinas y el carácter dictatorial del Gobierno evidenciado en el desconocimiento de la Asamblea Nacional electa por el pueblo en diciembre de 2015 y la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente sin respetar las normas de la Constitución vigente.
Las trancas contaron con la aprobación de la mayoría nacional pues si bien la participación de la gente adulta no fue activa, agregada al grupo de los jóvenes, las admitían y soportaban sus efectos.
 Es importante resaltar que la violencia no es sólo física. Es también, y de manera muy sensible, la ejercida por las políticas del Gobierno nacional. Una de éstas es la de las expropiaciones  y la amenaza constante sobre las actividades productivas, lo cual origina escasez en alimentos, medicinas, gas, y en general en insumos de primera necesidad. La escasez, a su vez, genera inflación, cada vez mayor en la medida en que la misma se agrava. Desde hace tiempo Venezuela es el país con la inflación más alta del mundo y ésta alcanza al mes de agosto-2017 niveles que la convierten en hiper-inflación. Este hecho, sumado al cerco dictatorial que el Gobierno realiza sobre el país, ha dado lugar a una dramática disminución de la calidad de vida y a un grado de malestar muy elevado. ¿Qué hacer? Negociar. Esta es palabra clave, incomprendida por algunos, pero la única que da lugar a las gestiones para una superación de la crisis y conjuradora de violencia social. Hay tiempo todavía. El Gobierno tiene que admitir que el modelo comunal (en rigor comunista, plasmado en Cuba) es un fracaso total. Y también que sólo la democracia, con su poderoso recurso de la convergencia de voluntades, es la única forma política que produce soluciones duraderas. A la democracia tenemos que apostar, si no queremos que sea la violencia la que hable. Por lo demás, en el continente  americano y en el europeo, paradigmas de la civilización occidental, la democracia prevalece. Las dictaduras son una afrenta y un tropiezo que impide el bienestar de los pueblos.

jueves, 10 de agosto de 2017

¿Para qué venimos a este mundo?

Yo siempre tuve sed de Dios, incluso desde muy pequeño. Nací de unos padres que eran católicos convencionales. Cumplí todos los ritos (bautizo, primera comunión, etc.). Al tener uso de razón me preguntaba acerca del porqué de las distintas versiones religiosas, pero algo era absolutamente inherente en mí: sentía que existía un Dios único, amoroso en grado sumo, pero también poderoso. Jamás hubo en mí algo que pudiera llamarse blasfemia: siempre amé a ese Dios que también me amaba, pero al cual debía respetar. Yo tuve –y tengo todavía- una imagen de Dios como padre ideal, que te ama y a quien amas, pero a quien respetas no por temor a que te castigue (admitiendo incluso que puede hacerlo) sino porque lo amas.
Nunca pensé que la vida fuera una comedia sin sentido. Por eso fui ajeno al ateísmo y a las tesis existencialistas que consideran que la vida se acaba con la muerte física. Cuando se echa una ojeada al espacio sideral nos damos cuenta de que existe un vasto universo magistralmente ordenado. ¿Producto acaso de la mera evolución de la materia? Imposible. ¿Cómo puede la materia inerte y muy elemental en sus orígenes evolucionar por sí sola y crear al final a un ser caracterizado por la inteligencia y su capacidad autónoma de actuar? Tiene que haber una inteligencia superior, ordenadora, necesariamente amorosa y solidaria. Es esa Inteligencia que con tales atributos llamamos Dios. Si el universo es tan inmenso y complejo, ¿cómo entonces suponer que sólo hay vida en un pequeño planeta que llamamos Tierra? Los científicos, con los poderosos telescopios actuales, sólo pueden escudriñar una sola galaxia, la Vía Láctea, a la que pertenecemos, y en ella se han calculado 200 mil millones de estrellas, es decir, astros con luz propia (soles), muchos de los cuales son notoriamente más grandes que el Sol en torno al cual giran ocho planetas y un planetoide o “planeta enano”, Plutón, llamado así porque es un planeta en formación.
         Cada uno de esos soles debe de ser el centro de sistemas planetarios cuyo funcionamiento es similar al nuestro. Las estrellas con luz propia se ven, pero los cuerpos que giran alrededor no, porque se desvanecen a consecuencia de la luz que los rodea y la inmensa distancia desde la Tierra. No obstante, los científicos han podido identificar 445 sistemas solares y su trabajo les da la posibilidad de descubrir más año tras año. Estamos entonces, Pedro, en presencia de un vastísimo sistema de vida que no es resultado de un “bing bang”, una teoría que a mí me parece arbitraria. Porque ese orden literalmente perfecto en la disposición del universo no puede ser producto de una explosión y un espontáneo acomodo de la materia.
         Pude adquirir un libro llamado “Libro de Urantia” en el que se describe y explica la configuración del espacio sideral. Urantia sería el nombre cósmico de la Tierra. Es un libro de alto nivel, coherente, el cual es un cuerpo de documentos escritos en los años cincuenta por entidades celestiales (nada que ver con ocultismo o doctrinas afines) y entregados a una familia de apellido Sadler en los EEUU. Allí se explica cómo hay vida en otros sistemas solares, vida suscitada por un ser que es Espíritu puro, cuya grandeza aún nuestro cerebro no puede comprender del todo. Es Dios. Ya sé que el ateísmo antepone interrogantes: ¿cómo es? ¿de dónde vino?, etc. No lo sabemos. Por eso la pertinencia de la Fe, porque ante la imposibilidad de una explicación científica, sólo la Fe nos permite aceptar una realidad que no vemos pero que sentimos y experimentamos a menudo.
         La vida es, pues, creación, obra de ese Espíritu puro de superioridad absoluta. No es, no puede ser, resultado del desarrollo evolutivo de una materia ab origine inerte. Si además estamos ante un vasto y complejo universo perfectamente establecido, es ilógico pensar que la vida, es decir, el universo en acción, se agota con la muerte. Sería una pérdida de tiempo, un despilfarro contra natura. Y ello es más evidente tratándose de la vida inteligente. Por tanto, Pedrito, no nacemos simplemente para crecer, reproducirnos y morir. Nacemos también con un propósito: obrar conforme a una ética del bien para obtener el galardón de la vida compartida con Dios. Siempre me pregunté por qué Dios solicitaba de los seres humanos una vida realizada según su voluntad. La respuesta me la dio una pastora en una prédica: porque Dios “se alimenta” de ese modo de vida. ¿Alimenta? Sí, porque eso supone su gozo, su felicidad. No olvidemos que, no obstante, su grandeza y poder ilimitados, Dios es sensible y así como ama también sufre. Sufre, se conduele cuando sus hijos optan por sendas equivocadas. De allí el que nos haya hecho a su imagen y semejanza. Al obrar conforme a su voluntad podemos formar parte de su Reino. “Ganar el Cielo”, para decirlo en términos sencillos (frase pertinente porque las cosas de Dios son sencillas).
         No tengo dudas de que éste es el propósito de la vida. El propósito de Dios. El único que nos trae paz, estado espiritual que nos conduce a la única felicidad posible en un mundo contencioso, avaro, lascivo, egolátrico. No es, pues, el éxito terrenal que nos da satisfacciones pasajeras y que si se torna en felicidad es porque se sostiene sobre el propósito de Dios.
Un pariente que vive en EEUU me decía hace algunos días que Stephen Hawking, científico muy renombrado, proponía conquistar otros planetas para conservar la vida humana. Esto no pasa, en mi opinión, del desiderátum de un científico orgullosamente embebido en su saber y ateísmo. En primer lugar, porque la Tierra está diseñada y equipada para sostener a la cantidad de habitantes que el ser humano sea capaz de generar. Por otra parte, si se trata de conquistar otros planetas habría que crear, a propósito de los deshabitados, una atmósfera artificial terrestre en ellos y eso implica, tal vez, siglos de desarrollo científico. Además, como se ha dicho que los hay mucho más adelantados que el nuestro, hace falta superarlos. Y eso es imposible. No es un asunto de religiones; más bien de ignorantes que pueden ser religiosos, por lo general dogmáticos. Si hay tantos sistemas solares ¿cómo negar la posibilidad de vida inteligente en otros distintos al nuestro?
         Por lo demás, recibir a Cristo como Señor y Salvador y ser su discípulo o seguidor no es una religión. Porque la religión es una organización de reglas, normas, formalidades, dogmas que colman el espíritu humano y puede adorar cualquier cosa. Con Cristo se establece una relación de tú a tú, personalísima, sin ataduras. El catolicismo, budismo, hinduismo, taoísmo son religiones. Las llamadas iglesias evangélicas son sólo congregaciones, unidas por un solo factor: el Evangelio de Jesús, es decir, la vida y enseñanzas de Jesús. 

        
        



viernes, 28 de julio de 2017

El amado Israel

El Estado de Israel fue fundado en 1948, después de largas vicisitudes y sufrimientos. Es la nación de los judíos y hoy es la cuarta economía del mundo. Una excepción en un mundo con fluctuaciones económicas de uno y otro grado: Israel no,  pues su balanza de pagos es paritaria, el equilibrio que muchos gobernantes sueñan. Es un pequeño país de unos 22.145 Kms2 los cuales en un 60% son desérticos.Sin embargo, en su determinante mayoría están cultivados. Israel produce sus propios alimentos en una abundancia sorprendente, pues sus ríos son pocos y el único lago que tiene, lago  o mar de Galilea, es el que le suple la tierra naturalmente fértil. Su ciencia es una, si no la más, entre las más desarrolladas del mundo: la medicina, la agricultura, la tecnología comunicacional, el tallado de diamantes, la industria de bienes y servicios, la defensa militar, la aviación civil,etc. tienen un alto nivel y sus beneficios se comparten con el mundo. El Estado de Israel es la nación judía organizada jurídicamente. La nación que en el año 70 d. C quedó dispersa por el mundo después de la destrucción de Jerusalén por el general Tito, hijo de Vespasiano, el emperador romano que entonces gobernaba el Imperio. A pesar de esa dispersión los judíos mantuvieron su unidad, su identidad y, por tanto, su carácter de nación.
Israel es el pueblo con mayor grado de homogeneidad que haya existido en la historia. Sin embargo, esa hostilidad que padecieron desde sus mismos orígenes, llevada en el siglo XX a sus más altas cotas, aún no ha cesado. La izquierda extremista internacional lo hostiliza y los países musulmanes lo han declarado enemigo. La razón en que tanto la una como los otros coinciden es que Israel usurpó el territorio que en Palestina ocupaban los árabes musulmanes. Pero esto no es cierto pues, incluso desde la iniciación de la dispersión (la diáspora), familias judías permanecieron allí, y durante la ocupación del imperio turco otomano y del protectorado británico, los judíos de manera progresiva, aunque en cantidades modestas, retornaron a Palestina y convivieron con los árabes que en mayor medida también se habían establecido. No obstante, es necesario puntualizar que el pueblo judío ocupó el territorio palestino  -como el pueblo difusor del Dios único-  unos dos mil años antes del advenimiento de Jesucristo y que, como pueblo de eminente vocación espiritual, tiene en el Tanaj una legitimación histórica indiscutible al serle concedida una extensión territorial desde la frontera con Egipto hasta el río Éufrates. Antes del Holocausto, y especialmente desde los escritos de Teodoro Herzl (1860-1904), periodista y escritor austrohúngaro, el pueblo judío comenzó a emigrar en proporciones significativas a Palestina, dando lugar a una presencia muy notoria. Después del Holocausto, y en conformidad con derechos históricos incuestionables, afianzados en el especial ethos espiritual del pueblo judío y el arraigo en Palestina, las Naciones Unidas fundaron en 1948 el Estado de Israel. Hoy Israel es una nación de peregrinación, muy amada por la comunidad cristiana mundial.

jueves, 13 de julio de 2017

El comunismo es un sistema diabólico


         La izquierda internacional, sin duda que la radical, apuesta por el comunismo. Digo radical porque hay una izquierda equilibrada, racional que apuesta por una democracia interesada en el bienestar de las personas. Se autodenomina, por ello, socialista democrática. La radical habla de socialismo también, pero el suyo es un socialismo anclado en el marxismo-leninismo y entiende que éste es la antesala del comunismo, suerte, creen, de estado nirvánico donde el Estado desaparece y los seres humanos viven en sempiterna paz y abundancia.
         Cuando una nación cae en las manos de la izquierda radical –caso de Cuba, del Chile de Allende, de la Venezuela de Chávez y de Maduro- la misma comienza a construir el comunismo, hablando de socialismo. Abolen la propiedad privada, para lo cual dan lugar a medidas de expropiación que rápidamente generan escasez e inflación. En la medida en que avanzan, la escasez se agudiza, la inflación se dispara y la pobreza cunde. Expropian y establecen controles de precios, frenando la producción. La característica de la expropiación socialista-comunista es la de que el Estado quita al propietario sus bienes y los pasa a los “trabajadores” que, en definitiva, se aprovechan de lo mejor que tienen y luego los abandonan. Entonces la tierra expropiada, la empresa expropiada, se tornan ociosas.
          El gobierno socialista-comunista, inspirado en el marxismo-leninismo, propicia un Estado interventor y deriva en dictadura. Se impone un Estado policial: el libre pensamiento, el derecho a opinar, la libertad de culto, la libre empresa, la libertad de tránsito, el derecho a viajar al exterior, etc. quedan bajo la voluntad del Estado. Se suscita entonces una atmósfera tenebrosa en la nación. El país se deteriora materialmente. Espiritualmente se deprime. De allí que los países comunistas sean oscuros, tristes, pobres, feos y, para el alcance de mínimos disfrutes de confort, corruptos. En el plano de las creencias toma lugar la brujería que al cabo de pocos años adquiere niveles gigantescos. Es, según se dice con frecuencia, el caso de Cuba. De allí que en los gobiernos chavistas –el de Hugo Chávez y Maduro- la brujería haya llegado a extremos alarmantes. El materialismo histórico, pieza fundamental de la teoría marxista, promueve el ateísmo al sostener que el ser humano es resultado de la evolución de la materia. Luego, el ateísmo, junto con la brujería, da lugar a un ambiente espiritual caracterizado por la contienda, la violencia, la desconfianza, el odio, la mentira, la agresión, lo cual, aunado a la ínfima productividad inherente al sistema socialista-comunista, trae una atrasada y sombría situación nacional. Se trata, por tanto, de una situación donde las fuerzas oscuras prevalecen. El predominio de Satanás. La manifestación del comunismo como sistema diabólico. Es justamente cuanto está ocurriendo en Venezuela, en una especie de anticipación de Cuba (afortunadamente rechazada por la mayoría determinante de la población). De allí las dramáticas colas, la falta de medicinas, los malos servicios, la falta de gas, la falta de utensilios de todo tipo, el odio, los grupos violentos armados por los detentadores del poder, etc.
         Para la iglesia cristiana venezolana hay un gran reto, tan grande que de ella depende en grado casi exclusivo la superación de esta desdicha. ¿Cómo lo ha de enfrentar?  A través de la oración, el arma por excelencia de los seguidores de Cristo. La oración, oración y más oración, en el nombre de Jesús. Continua y fervorosa, llena de fe. Fe que cimienta la santidad. Y entonces Dios escucha. Porque sin “fe es imposible agradar a Dios” y sin santidad es imposible llegar a Su Presencia.
         La Iglesia de Cristo, el Cuerpo de Cristo está orando en Venezuela, y en él un remanente santo se destaca a diario. Por eso hay fundada esperanza. Y ya el Señor ha hablado a través de sus profetas. Habrá una nueva Venezuela, gloriosa, orante, próspera. Ya los dolores de parto se sienten. Pronto la veremos. ¡Bendito sea el Señor, Dios-Jehová de los Ejércitos! 

        
          
        


sábado, 27 de mayo de 2017

La conflictividad en Venezuela

El 19 de abril de 2017 es un día que los venezolanos no van a olvidar. Ni los que vivimos ahora y que lo presenciamos ni los que vivirán después. Estos últimos porque la historia se encargará de registrarlo. Fue un día de protesta nacional casi unánime. La marcha prevista, hecha en Caracas, fue la más grande de la historia nacional, desde el año de fundación (1830) hasta el día de hoy. En las demás ciudades, grandes y pequeñas, las marchas fueron también numerosas y la disposición pacífica. El Gobierno hizo su propia marcha, a la misma hora y casi por los mismos espacios,  Ese 19 de abril fue el comienzo de una protesta nacional que no cesará hasta que el Gobierno de Nicolás Maduro no convoque a elecciones o renuncie.
El gobierno chavista desde su inauguración en 1998 ha expropiado 4 millones de hectáreas productivas -hoy ociosas-, 19 centrales azucareros (de los cuales sólo 2 funcionan), miles de empresas privadas, etc.  La consecuencia es que la producción colapsó y en su determinante mayoría debe importarse lo que consumimos. Cuando en vida del Sr. Chávez el barril de petróleo se cotizó por encima de 100$, la importación marchó bien pero al caer el precio -como suele ocurrir- y cotizarse el barril en unos 45$ se produjo la debacle. La economía nacional entró en crisis por tres factores: 1) disminución del ingreso por concepto de petróleo, 2) ruina del aparato productivo, 3) corrupción generalizada de la cúpula gubernamental. La consecuencia: una economía destruida lo cual trae escasez, inflación y degradación de los servicios. La escasez se hace sensible en dos áreas: alimentos y medicinas. Y su resultante más escandalosa: hambre, sobre todo entre los más pobres.
¿Cómo entender esta situación? Los hombres de Dios, los profetas, han recibido por revelación que Venezuela vive hoy un juicio. El profeta José Ángel Hernández, autor del libro Memorias de una nación en guerra, indicó que desde la década del ochenta el Señor advirtió sobre la necesidad de arrodillarse ante Él en oración constante y pedir  la rectificación del país (buena parte de la población se había entregado a la brujería, un crimen espiritual de gran magnitud).  Esta exigencia de Dios fue para la Iglesia de Cristo, el Cuerpo de Cristo. Pero éste en su mayoría no la cumplió. Sólo un remanente fue fiel a ella. Satanás pidió al Señor que le entregara a Venezuela con el pretexto de que ni la iglesia por su liviandad ni el país por su pecado merecían misericordia. Pero el Señor lo negó  en virtud de la fidelidad del remanente. Por eso la actual Venezuela desaparecerá y luego nacerá una completamente nueva. El profeta José Ángel Hernández, conforme a la revelación, usa un símil para explicar los hechos: la actual Venezuela es como una vieja embarazada y en trance de morir en cuyo vientre está la Venezuela nueva. Esa vieja morirá con sangre. Es lo que estamos presenciando porque los factores de poder, practicantes principales de la brujería,  se aferran a sus privilegios. De allí la represión que ha matado hasta la fecha más de 50 personas, jóvenes todos, sin contar las muertes colaterales. Pero el fin del Gobierno vendrá y al unísono una nueva Venezuela que se caracterizará por un gran crecimiento de la Iglesia de Cristo. Ocurrirá un avivamiento como nunca lo había sido en la historia mundial, un avivamiento nacional que se extenderá a todo el mundo. Nuestro país tendrá un Cuerpo de Cristo santo y ungido que derrotará a la brujería y hará retroceder dramáticamente a la idolatría. Entonces seremos una nación de paz, unida, segura, orante, próspera en todos los órdenes. El Cuerpo de Cristo se extenderá por todo el territorio y será un semillero de ministros y misioneros que se diseminarán por el mundo. Se restablecerán las relaciones con Israel y un intercambio fecundo habrá entre ambas naciones. Pero todos, especialmente los cristianos, tenemos una gran responsabilidad y compromiso: Orar sin cesar, día y noche, en las iglesias y nuestras casas. Pidamos al Señor por esa  Venezuela nueva, por nuestro crecimiento en Cristo y nuestra protección, y el de nuestras familias. Debemos guardar santidad y pedir a Dios, en el nombre de Jesús, que se acorten los tiempos para ese nacimiento, y las penurias inherentes al deceso de la vieja Venezuela sean suspendidas. Amén, amén.

Nota: deseo advertir a mis lectores que cuando empleo el término "chavista" lo hago conforme a objetividad y no a intención secundaria alguna. Es un término validado por el uso y aceptado por  el universo de adhesión a la figura de la persona de cuyo nombre derivó.

viernes, 24 de marzo de 2017

La conducta cristiana


            Cuando recibimos a Cristo de corazón, es decir, de manera sincera y profunda, cambiamos totalmente. Tal como se afirma en 2 Corintios 5:17: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Ya no somos del mundo. Nacemos para Cristo. Luego, morimos para el mundo y nacemos para Cristo. Una vida nueva. En este sentido podemos afirmar que no hay medias tintas. Con Cristo somos plenamente. Por lo tanto, como se suele decir, no podemos ser tibios: ni fríos ni calientes. Plenamente con Cristo.
Sin embargo, ello supone equilibrio. Estar en Cristo implica sobre todo estar en el amor. Como lo ilustra Efesios 4: 2: “Sean siempre humildes y amables. Sean pacientes unos con otros y tolérense las faltas por amor” (Biblia Nueva Traducción Viviente). Desglosando el versículo, se trata de relacionarnos con nuestros semejantes con humildad, amabilidad, paciencia, tolerancia, fundamentado todo ello en el amor.
El hacer la oración de fe con sinceridad de corazón es un primer paso. Se inicia luego un proceso que confronta dos polos esenciales del ser humano: el espíritu y la carne. El espíritu implica la relación con Dios que todos tenemos en mayor o menor grado. La carne implica al cuerpo y está asociada al alma, la cual está compuesta de los sentimientos, las emociones y la voluntad. En la medida en que el ser humano dé lugar a la carne el alma estará dominada por las motivaciones del mundo y se alejará de Dios. En la medida en que nos consagremos en oración, súplica, clamor, alabanza, ayuno, rectitud, vigilia, etc. nuestro espíritu crecerá, nos liberaremos del mundo y será estrecha nuestra relación con el Señor. Una pregunta tal vez nos aborde: ¿cómo podemos lograr esto último? Muy sencillo: proponiéndonoslo. Es decir, activando nuestra voluntad para sujetar la carne y perseverar en ello. Y perseveraremos fortaleciendo nuestro espíritu con oración. “Orad y velad”, exhortó nuestro Señor. “Orad sin cesar”, aconsejó Pablo. Es decir, orar y vigilar. Orar y dirigir nuestra conducta, orar y actuar intachablemente. No hay duda de que en la medida en que oremos nuestra espiritualidad crecerá y seremos nuevas personas. Al recibir a Jesús de corazón somos salvos.
Ha habido en el mundo cristiano un debate acerca de si la salvación se pierde o no. La salvación no se pierde si nos esforzamos por mantenerla. Si recibimos al Señor y somos tibios, la consecuencia es una vuelta al mundo, la pérdida de la salvación. Si nuestra aceptación de Jesús como Señor y Salvador ha sido verdadera, anhelante hasta el final de nuestra vida física, seremos salvos. ¿Por qué vigilar? Porque como cristianos, Satanás trabajará para tentarnos. Aprovechará cualquier resquicio con astucia y tozudez. Nunca debe ser subestimado, pero no temido porque Jesús lo venció en la cruz y legó esta victoria a quienes lo reciben. Pero el vigilar también se relaciona con nuestra personalidad, con nuestra carne, pues podemos realizar actos contrarios a la voluntad de Dios.
Vienen a mi mente dos anécdotas: Haciendo una cola para comprar pan acompañado de un hermano en Cristo, en momentos difíciles para Venezuela, estaba delante de nosotros una pareja, marido y mujer; mi hermano –un ex pastor-, comenzó a hablarles de Jesús. El hombre reaccionó y dijo: yo no creo en los cristianos pues tengo una vecina que se dice cristiana y tiene un comportamiento que deja que desear. En otra ocasión hablaba yo con una secretaria de la asociación de profesores de la Universidad de Los Andes en Trujillo y, en el curso de la conversación, le hice saber que yo era cristiano evangélico. La secretaria, antigua conocida mía, al respecto me dijo: me quedo con mi iglesia católica; tengo unos vecinos auto-llamados cristianos que no actúan como buenos vecinos. ¿Por qué?, le pregunté. Porque abusan de mi propiedad. Vivo en Sabana de Mendoza (una población de Trujillo) en una pequeña urbanización, y sin mi autorización estacionan uno de sus carros en el lugar que me corresponde en el terreno de mi casa, y, a pesar de que les he reclamado, lo siguen haciendo y aun se molestan sin que les asista razón.
            Esto, por supuesto, no es propio de hermanos convertidos, y no sólo los desacredita a ellos sino también al Cuerpo de Cristo. De allí que debemos ser muy cuidadosos porque la gente espera de nosotros una conducta lo más correcta posible. Al recibir a Cristo como Señor y Salvador nos apartamos del mundo, aunque sigamos viviendo en él, y hemos de procurar ser irreprensibles. Y ello lo logramos a través de una vida de oración que nos sitúa en comunión con Dios. Como Pablo lo señala, al convertirnos a Cristo somos embajadores de Él y nuestra conducta en todos los sentidos debe revelarlo.


           


domingo, 5 de marzo de 2017


Ejercitemos las señales del Señor


          En el evangelio de San Marcos, capítulo 16, versículos 16 al 18, Jesús nos dice:
          “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán”. 

         ¿Qué es una señal? El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) dice que señal es un “Rasgo o nota que se pone o hay en las cosas para darlas a conocer y distinguirlas de otras”.

         Con la definición anterior entendemos lo que significó el Señor cuando pronunció las palabras citadas: todos los que en Él creen se distinguirán por un rasgo: podrán echar fuera demonios, sanar enfermos al poner sobre ellos sus manos, etc. Es una señal poderosa que exige una condición: realizarla en su nombre. Y es una señal fundada en una promesa, expresión de la voluntad de la Deidad.

         Para que dichas señales se realicen es imprescindible una vida de consagración al Señor, lo cual supone la posesión de una buena medida de fe. Todos sabemos que nacemos con una medida de fe, unos más que otros. Pero podemos llevarla a un alto nivel si dedicamos buena parte de nuestro tiempo a Dios. ¿Cómo? Orando, especialmente, y ayunando en la medida de lo posible, congregándonos en la iglesia o en las casas, evangelizando, sirviendo de diversas maneras. En resumen: llevando una vida de obediencia al Señor, irreprensible.

         El Señor, si obramos con fe, nos respalda. De allí que, si las circunstancias de la vida nos lo exigen, no debemos dudar. Sin embargo, cuando se trata de echar fuera demonios, las experiencias recomiendan hacerlo en grupo mínimo de dos. Pero si esto no fuera posible, en mi opinión, es suficiente la disposición individual, ejercida con autoridad y denuedo. Porque con fe el poder del Señor se manifiesta y nos sustenta.

           En relación con el acápite “…tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera nos les hará daño” es necesario tener muy en cuenta que estas circunstancias han de ser producto del transcurrir de la vida, nunca situaciones provocadas que pueden acarrear graves consecuencias. Por ejemplo, nadie debe meterse deliberadamente en un lugar de peligro para demostrar la promesa del Señor. Porque esto es como desafiar o poner en duda su palabra.

En los Estados Unidos, en el estado de Kentucky, en febrero de 2014, un pastor llamado Jamie Coots murió a consecuencia de la mordida de una serpiente cascabel que manipulaba. Ante su feligresía solía hacer esta clase de demostraciones. El 15 de febrero de ese año, según informó Noticia Cristiana.com, mordido por el animal que sostenía en sus manos, se negó a recibir asistencia médica. Este hermano fue víctima de su temeridad. Nada lo justificaba y me parece que se movía por fanatismo o por muy errónea interpretación del texto bíblico. No, las señales del Señor se harán realidad en tanto en cuanto deban surgir para resolver o afrontar alguna necesidad humana, no para hacer espectáculos o exhibir un poder que no es personal o no viene de Dios.

Todos los cristianos, pues, están en capacidad de hacer lo que Jesús prometió en Marcos, cap. 16, versículos 16 al 18. Los de antes y los de ahora. No es, como han dicho algunos pastores y otros hombres de iglesia, una promesa del Señor para los apóstoles que lo acompañaron en su época, sino para todos los hombres y mujeres de fe de todos los tiempos hasta el fin del mundo que conocemos. Para ello basta creer, lo cual conlleva una vida santa, es decir, irreprensible, que se cimenta en el cumplimiento de los mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús.


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