En medio de la crisis que vive el mundo en todos sus aspectos, la gente o, mejor, una porción de la gente, tiende a buscar respuestas o salidas espirituales. Hablo de una porción porque en realidad la mayoría determinante se deja arrastrar por lo que está aconteciendo: aceptan las confrontaciones personales, las guerras entre naciones, la inmoralidad generalizada, los delitos diversos, etc. como algo normal y su percepción del mundo es más bien materialista. La porción restante apela, pues, a salidas espirituales o, por decirlo con más exactitud, espiritualistas. Espiritualistas, digo, porque muchos se entregan a doctrinas como la de la Nueva Era, la cual habla de Dios, pero de una manera difusa y también confusa: en una ocasión oí a un expositor connotado de esta doctrina (me reservo su nombre) decir que "Dios es un concepto" y que su concepto personal era el de que Dios es inteligencia; según esto, pues, cada quien puede tener su particular concepto de Dios. Pero Dios no es un concepto; es un ser concreto, viviente, es el Creador del Cielo y de la Tierra, del Universo en su vastedad. En este sentido hay que decir que la mayor evidencia de la existencia de Dios es la presencia de su Hijo en la Tierra, hace un poco más de dos mil años. Presencia que nadie en sano juicio se ha atrevido a negar.
Jesucristo es Dios mismo, una de sus tres manifestaciones, y vino con una misión: dar un conocimiento pleno del Padre Eterno y un camino de salvación a través de su sacrificio. Voluntariamente dio su vida y perdonó a sus agresores, con lo cual dio una lección de amor a toda la humanidad. Cuando Judas el traidor vino a entregarlo, uno de los acompañantes de Jesús sacó una espada y cortó la oreja de uno de los captores; Jesús lo disuadió y le dijo: " ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?" (San Mateo 26: 53-54).
"Es necesario que así se haga": con esta frase Jesús resumía el motivo de su misión.
Cuando digo que Jesús no vino en vano estoy queriendo significar que su presencia humana no puede ser pasada por alto, que es el hecho más importante de todos los tiempos en la Tierra, y que toda doctrina religiosa o espiritualista que lo ignore o ponga en segundo plano, es falsa.
Renombro a la Nueva Era, una doctrina espiritualista que entusiasma a los buscadores de novedad: es falsa porque si bien exalta a un Padre universal difusamente panteísta, coloca a Cristo en segundo plano (cuando lo menciona) y para colmo, tocada de hinduismo, considera dioses a los hombres. Lo mismo puede decirse, falsos, del Espiritismo, los Rosacruces, el ocultismo en sus diversas vertientes y de algunas sectas como la de los Testigos de Jehová que no aceptan el carácter divino de Jesús.
Jesús no vino en vano: ello significa también , de manera determinante, y como él mismo lo dijo, que es "el camino, la verdad y la vida" y, por lo tanto, que la salvación sólo es posible a través de su aceptación y el compromiso de obrar conforme a sus mandamientos. De allí que, una vez realizada esta aceptación, todos debamos cumplir el mandato de predicar el Evangelio, por cuanto estamos espiritual y moralmente obligados a compartir la verdad con quienes la ignoran y a señalarles el camino de la salvación que Dios quiere para todos los seres humanos.
Termino diciéndolo con escuetas palabras: Jesús no vino en vano, es decir, para ser ignorado o desplazado como las doctrinas citadas pretenden, acompañadas por el ateísmo, sino que su Nombre y su Palabra se establecen inexorablemente en toda la extensión del planeta.
Un buen día Cristo me llamó a sus caminos. Este blog es resultado de mis experiencias, materiales y espirituales, en esos caminos, experiencias que quiero compartir. Deseo, además, dialogar con mis lectores que, al tocar o referirse a mis textos, son mis amigos o, más exactamente, mis hermanos. Agradezco de antemano todo contacto, toda opinión, toda sugerencia.
sábado, 30 de enero de 2016
martes, 15 de diciembre de 2015
Vivir en Cristo
"Otra vez Jesús les habló diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (San Juan 8:12).
Solemos creer -y esto es especialmente cierto cuando somos jóvenes y hemos nacido en un hogar donde Dios es apenas un nombre, una referencia- que en la vida podemos hacer lo que queremos siempre y cuando no perjudiquemos a los demás. Esto es, por supuesto, cuando pertenecemos a un hogar de gente normal: padres trabajadores, de moral convencional, con hijos a los que se les da una educación de acuerdo a las posibilidades económicas que aquéllos tengan. Se cree entonces que cada quien tiene derecho a ser feliz. Pero este derecho está fundamentado en una búsqueda del placer, en la medida de los medios económicos de que se dispone. Comer, beber, vestirse, viajar y -lo más usual, trátese de hombres o de mujeres- disfrutar del sexo, disfrute que no pocas veces se asocia con el alcohol y las rumbas. Estas incidencias y muchas otras que sería largo mencionar configuran lo que podemos llamar la vida en el mundo o vida mundana. Sin embargo, a menudo esa felicidad que se busca a través del placer termina en todo lo contrario: dolor, fracaso, enfermedad, contiendas, etc., etc. Se torna, pues, en infelicidad. El desenlace, en casos extremos, puede llevar a decisiones individuales precipitadas y lamentables.
Con suma frecuencia esa búsqueda del placer, es decir, la vida mundana, está acompañada por una ausencia de espiritualidad, espiritualidad que en sentido estricto sólo es posible cuando se tiene a Dios en el corazón. Y la espiritualidad es, ante todo, paz. Y la paz, a su vez, es felicidad. Esto es verdad para todos, independientemente de la condición social y educativa de cada quien.
Con Perogrullo podemos decir: la gente puede ser muy rica pero esto no es suficiente para tener paz. Del mismo modo: hay gente de medios económicos modestos pero tiene paz. Y ocurre que la paz, la felicidad real, sólo la podemos conseguir cuando buscamos a Dios a través de Jesucristo. Es abrumador el número de experiencias en el que se comprueba que, teniéndolo materialmente todo, la gente no consigue vivir en felicidad, esa paz que el mundo no da. Podría dar muchos ejemplos, de gente conocidísima en el mundo, que teniendo dinero y el poder que éste da, ha terminado en el fracaso, incluso en la tragedia. Vivir en Cristo, esto es, recibirlo como Señor y Salvador y obrar conforme a su ejemplo y enseñanzas, nos brinda otra perspectiva de vida. Nos brinda el gozo de la solidaridad, del compartir, de la integridad y, lo más importante, de la comunión con Él y el Padre Eterno. No digo, claro está, que no vamos a tener dificultades, tropiezos, pero siempre de ellos vamos a salir airosos porque Jesús jamás nos deja solos. Siempre nos señala el camino. Siempre nos da aliento. Siempre nos protege y ayuda. Dios el Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo son tres y una sola Persona. Son la Deidad Trina. Sus galardones tienen, por decirlo así, un precio: buscarlos incesantemente a través de la oración y el velar. Orar y velar, es decir, orar y cuidar nuestra conducta para hacer irreprensible nuestra vida.
Con suma frecuencia esa búsqueda del placer, es decir, la vida mundana, está acompañada por una ausencia de espiritualidad, espiritualidad que en sentido estricto sólo es posible cuando se tiene a Dios en el corazón. Y la espiritualidad es, ante todo, paz. Y la paz, a su vez, es felicidad. Esto es verdad para todos, independientemente de la condición social y educativa de cada quien.
Con Perogrullo podemos decir: la gente puede ser muy rica pero esto no es suficiente para tener paz. Del mismo modo: hay gente de medios económicos modestos pero tiene paz. Y ocurre que la paz, la felicidad real, sólo la podemos conseguir cuando buscamos a Dios a través de Jesucristo. Es abrumador el número de experiencias en el que se comprueba que, teniéndolo materialmente todo, la gente no consigue vivir en felicidad, esa paz que el mundo no da. Podría dar muchos ejemplos, de gente conocidísima en el mundo, que teniendo dinero y el poder que éste da, ha terminado en el fracaso, incluso en la tragedia. Vivir en Cristo, esto es, recibirlo como Señor y Salvador y obrar conforme a su ejemplo y enseñanzas, nos brinda otra perspectiva de vida. Nos brinda el gozo de la solidaridad, del compartir, de la integridad y, lo más importante, de la comunión con Él y el Padre Eterno. No digo, claro está, que no vamos a tener dificultades, tropiezos, pero siempre de ellos vamos a salir airosos porque Jesús jamás nos deja solos. Siempre nos señala el camino. Siempre nos da aliento. Siempre nos protege y ayuda. Dios el Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo son tres y una sola Persona. Son la Deidad Trina. Sus galardones tienen, por decirlo así, un precio: buscarlos incesantemente a través de la oración y el velar. Orar y velar, es decir, orar y cuidar nuestra conducta para hacer irreprensible nuestra vida.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Cristo vino a rescatar a los perdidos
La venida de Cristo al planeta Tierra es el hecho más trascendental de la humanidad. El escepticismo, el humanismo (entendido como una doctrina de exaltación absoluta del hombre), el ateísmo, la arrogancia intelectual, etc. desdibujan este hecho. No reparan o simplemente subestiman la poderosa pertinencia del nacimiento de un hombre dotado de divinidad cuya palabra y conducta a nadie dejaron indiferente al punto de dividir la historia en un antes y un después. Si los ateos y sus afines meditaran en esta inexorable división tal vez pondrían a un lado su incredulidad. Es decir, ni el ateo más recalcitrante puede negar la existencia de Jesús en virtud de esta partición cronológica que da fe de su presencia terrenal. Cristo, pues, vino por primera vez y los historiadores, mediante compulsiones rigurosas, han determinado que fue aproximadamente en el año -4 de nuestra Era, es decir, en el año 4 contado de manera regresiva a partir de los cuatro mil años transcurridos desde la aparición del hombre hasta el nacimiento de Jesús.
¿Por qué vino Cristo a la Tierra? Sin duda, a darnos un conocimiento pleno del Padre Eterno y una enseñanza imperecedera del amor y del perdón a través de su ministerio y el sacrificio de su vida. De sus enseñanzas no se derivó una religión sino la necesidad de establecer una relación personal y directa con Dios teniéndolo a Él como intercesor.Ahora bien, Jesús no vino a salvar a los justos (que ya de por sí son salvos) sino a los perdidos, es decir, a aquellos hombres y mujeres sumidos en el pecado. Cuando los fariseos le reprocharon que comía y bebía con publicanos y pecadores Él respondió: "La gente sana no necesita médico, los enfermos sí. No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores y necesitan arrepentirse" (Lucas 5:31-32, NTV). Y cuando lo criticaron porque se hospedó en la casa de Zaqueo, el muy rico y desprestigiado jefe de publicanos, les dijo: "El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos" (Lucas 19:10, NTV)
Ocurre que hay personas que manifiestan escepticismo con relación a la salvación concedida por Jesús a los pecadores y en este sentido expresan críticas abiertas o veladas al Cuerpo de Cristo porque está lleno de hombres y mujeres que han cometido pecados de todo tipo, a menudo escandalosos ( adulterio, incesto, blasfemia, estupro, asesinato, sodomía, avaricia, mentira y calumnia destructiva, etc.). Pero Cristo recibe en su Cuerpo, es decir, en su iglesia, a todo aquel que arrepentido pide perdón sincero por sus pecados, cualesquiera sean. Quien hace esto queda perdonado y asume el compromiso de obrar conforme a la voluntad de Dios y las enseñanzas de Jesús, pues quien se arrepiente y pide perdón de corazón comienza a ser una persona completamente distinta. Renuncia al mundo y vive en Cristo y para Cristo. Es decir, comienza a vivir una vida irreprensible. Quien dice arrepentirse y pide perdón, pero continúa viviendo una vida reprobada, sencillamente no se ha arrepentido de verdad y por eso mismo no es objeto de perdón.
No dudes, hermano que me lees: Cristo te ama y te espera con los brazos abiertos. Él es el único que salva pues en la medida en que te perdona por tu arrepentimiento sincero, te transforma. Te transforma en santidad. Y ten en cuenta esto: santo es todo aquel que cumple con la voluntad de Dios, guardando todas las cosas que Jesús nos mandó (Mateo 28:20). Y todos, absolutamente todos, incluso el peor malhechor transformado, podemos serlo. Y sólo la paz, que es la única felicidad posible, la da Cristo Jesús, Señor nuestro.
lunes, 16 de noviembre de 2015
Ya son las señales de los últimos tiempos
Lo que está ocurriendo en el mundo actual son las señales que preceden a la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. En Mateo 24, diríamos que con lujo de detalles, Jesús profetizó lo que hoy estamos viviendo. En el aparte Señales antes del fin describe de modo casi literal las calamidades que actualmente confronta la humanidad, y en el siguiente, La venida del Hijo del Hombre, versículos 37 y 38, indica que los días anteriores a esta venida serán como los días de Noé: "Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre". Siempre he pensado que esta descripción hecha por nuestro Señor, debido a su misericordia y pureza de corazón, es más bien comedida y apenas la parte "presentable" de la impiedad que se cometía: crímenes horrendos, inmoralidades repugnantes, guerras, atrevimientos insólitos, tal vez calamidades telúricas. Hoy estamos presenciado algo igual, tal vez peor: crímenes abominables, descarríos morales atroces, rumores de guerra, fenómenos tectónicos, confrontaciones sociales, guerras declaradas. Basta mirar las noticias de prensa, de radio, los noticieros de televisión, etc. para darnos cuenta.
Lo ocurrido el 13 de noviembre de este año 2015 en París, Francia, con el atentado de ISIS en el que murieron centenares de personas es un hecho de una gravedad tan extrema que podemos decir que constituye el comienzo de una confrontación mundial. No me atrevería a decir de la Tercera Guerra Mundial, pero es un hecho de repercusión mundial en extremo peligroso. Aunque algunos dirigentes, como el Papa romano, no han vacilado en decir que es el comienzo de dicha guerra.Como cristianos tenemos el deber de alertar no sólo a la iglesia sino a todo nuestro prójimo. Y eso implica: a) Orar y velar sin cesar, tal como nos lo mandó Jesús; b) evangelizar, en cumplimiento de La Gran Comisión (Mateo 28: 18-20; Marcos 16: 15-16; Lucas 24:47); c) dar testimonio en ayuda a los necesitados y en la realización de una conducta irreprensible. Cumplir estas acciones es una manera de esperar la Segunda Venida del Señor, ante la evidencia de un mundo totalmente descompuesto. Cristo Jesús vendrá a arrebatar a su iglesia y luego a juicio. Cada quien es libre de creerlo o no creerlo. Pero que nadie alegue que no le fue advertido.
martes, 10 de noviembre de 2015
Si buscamos a Cristo
Con frecuencia la gente que está en el mundo se manifiesta indiferente frente a Dios y a Jesucristo. Su inserción en el mundo es tal que consideran que los problemas que los aquejan pueden ser resueltos en sus propias fuerzas. Por eso también con frecuencia van de decepción en decepción. Muchas veces Dios los llama a través de diversas señales (cuántas veces, por ejemplo, ven invitaciones en lugares públicos a acudir a reuniones o campañas donde Cristo es el centro de atención y actuación) y ante ellas responden con desdén. Ocurre entonces que cuando la vida los desborda y la aflicción, a menudo grave, los toca, vuelven sus ojos a Dios. Y esto no está mal porque si algo quiere el Señor es auxiliarnos y reconfortarnos. Pero no deja de ser lamentable que lleguen a los pies de Jesús cuando la vida los golpea, los hace jirones. Y el Señor se solaza en consolarlos, en sanarlos, en recibirlos con los brazos abiertos. Sin embargo cuando esto acontece, si no han acudido con deseo de corazón, la consecuencia es la retirada. Y, pasado algún tiempo, reinciden en el dolor infligido por el mundo y entonces la súplica interesada reaparece. El Señor seguramente volverá a auxiliarlos, pero es necesario que su conversión ante Jesús sea verdadera. Nada es comparable a esta conversión. Es, sin duda, lo más importante que puede acontecernos a los seres humanos. Porque cuando recibimos a Jesús como Señor y Salvador personal la vida cambia por completo y, como dice la Palabra, "nacemos de nuevo". Y ello implica una decisión trascendental: nos retiramos del mundo y nos rendimos ante quien dio su vida por nuestra salvación. Morimos, pues, para el mundo y nacemos para Cristo Jesús.
No obstante, no esperemos a que la vida nos sacuda, nos aflija, nos estropee duramente. Busquemos a Dios y a su Hijo cuanto antes, aun cuando estemos en el confort o comodidad del mundo. Concienticémonos de que Ellos son la fuente de la vida, del amor, y nuestro refugio más seguro. Hagamos sin vacilación ni tardanza la exhortación de Jesús cuando estuvo entre nosotros: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33).
lunes, 26 de octubre de 2015
La Deidad Trina y la adoración
La comunidad cristiana, es decir, la llamada "evangélica" (término hasta no hace mucho pronunciado por muchos en sentido despectivo), tiene muy claro que el único intercesor entre Dios y los hombres es Cristo Jesús. Versículos bíblicos, en número suficiente, así lo demuestran. Cualquier otro intercesor, hombre o mujer, es incorrecto.
Esto está ligado al carácter exclusivamente divino de la Deidad Trina (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Nadie más tiene este carácter. Por tanto, sólo los miembros de esta Deidad pueden y deben ser adorados (es decir, reverenciados o dignos de culto por su divinidad). En este sentido punto neurálgico es María, la madre de Jesús. María fue y es -en su memoria perenne- una mujer digna de toda honra pero no de adoración. ¿Por qué? Porque María fue un ser humano, indiscutiblemente excelso, pero humano, terrenal. El hecho de que Dios la haya escogido para que fuera la madre terrenal de Su Hijo indica el mérito espiritual sumo de María, lo cual es un privilegio incomparable. Pero ello no le confería carácter divino. De allí que debemos honrarla, amarla, elogiarla, pero no adorarla porque sólo se adora a Dios, a su Hijo y al Espíritu Santo. Por ende no es cierto que los cristianos llamados evangélicos no guarden respeto por María. Todo lo contrario: se le respeta, se le venera, se le ensalza, pero no se le adora. Y ello, con mayor razón todavía, es extensible a todos los santos: hombres y mujeres revestidos del pecado original, independientemente de que en el curso de su vida hayan logrado vivir en santidad. Se respeta y puede elogiarse su memoria pero en ningún caso se les debe adorar.
Quiero terminar con un testimonio que me acaban de referir: una mujer sencilla, muy católica, orante dedicada, apeló a la Virgen acerca de por qué muchos "no la querían".
En sueños se le apareció María y le dijo que no debía preocuparse porque era su Hijo quien debía ser adorado, buscado, y que ella, como su madre terrenal, sentía gran complacencia por la honra y gloria sempiternas dadas a Él. No hay duda: Cristo Jesús es Dios y su rol es el de intercesor de nosotros, seres humanos, ante Dios. En consecuencia, todo cuanto pidamos al Padre Eterno debemos hacerlo en el nombre de Jesús.
Esto está ligado al carácter exclusivamente divino de la Deidad Trina (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Nadie más tiene este carácter. Por tanto, sólo los miembros de esta Deidad pueden y deben ser adorados (es decir, reverenciados o dignos de culto por su divinidad). En este sentido punto neurálgico es María, la madre de Jesús. María fue y es -en su memoria perenne- una mujer digna de toda honra pero no de adoración. ¿Por qué? Porque María fue un ser humano, indiscutiblemente excelso, pero humano, terrenal. El hecho de que Dios la haya escogido para que fuera la madre terrenal de Su Hijo indica el mérito espiritual sumo de María, lo cual es un privilegio incomparable. Pero ello no le confería carácter divino. De allí que debemos honrarla, amarla, elogiarla, pero no adorarla porque sólo se adora a Dios, a su Hijo y al Espíritu Santo. Por ende no es cierto que los cristianos llamados evangélicos no guarden respeto por María. Todo lo contrario: se le respeta, se le venera, se le ensalza, pero no se le adora. Y ello, con mayor razón todavía, es extensible a todos los santos: hombres y mujeres revestidos del pecado original, independientemente de que en el curso de su vida hayan logrado vivir en santidad. Se respeta y puede elogiarse su memoria pero en ningún caso se les debe adorar.
Quiero terminar con un testimonio que me acaban de referir: una mujer sencilla, muy católica, orante dedicada, apeló a la Virgen acerca de por qué muchos "no la querían".
En sueños se le apareció María y le dijo que no debía preocuparse porque era su Hijo quien debía ser adorado, buscado, y que ella, como su madre terrenal, sentía gran complacencia por la honra y gloria sempiternas dadas a Él. No hay duda: Cristo Jesús es Dios y su rol es el de intercesor de nosotros, seres humanos, ante Dios. En consecuencia, todo cuanto pidamos al Padre Eterno debemos hacerlo en el nombre de Jesús.
domingo, 20 de abril de 2014
Oración por Venezuela
En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo.
En
estos días cruciales que está viviendo Venezuela, acudimos ante Ti, Padre, para
pedirte que, a nosotros, parte del pueblo de Dios, congregados en esta iglesia
tuya, Monte Sion, nos des devoción, fuerza espiritual y perseverancia para
trabajar -en oración, ayuno y Palabra- por el perdón de nuestro país y su conversión en una nación
cristiana.
Perdón, decimos,
Padre, porque Venezuela, ha caído en la idolatría (practicando la adoración
humana), en la brujería y la santería, suplantándote en tu majestad única y tu
infinita misericordia. Toma el control del país, Padre Amado, y toca el corazón
de todos para que te reconozcan y sientan el anhelo de buscarte pues, como dice
Hebreos 11:6, Dios “es galardonador
de los que le buscan”. Porque sólo Tú otorgas la paz verdadera, la unidad de tus
hijos, la sanidad de cuerpo y de espíritu, la prosperidad que viene por
añadidura.
Bendice,
Padre, a los que en este país están en eminencia, a uno y otro lado del poder
oficial. Bendícelos para que obren con buen
criterio y sus acciones de gobierno, por tanto, beneficien a todos, sin
discriminación de ningún tipo. Bendícelos para que privilegien el diálogo, promuevan
la unión y no la división, fomenten el
amor al trabajo, la disciplina y la conciencia ciudadana, la libertad
responsable que permita la promoción de los valores del espíritu y de la moral.
Bendice
a Venezuela, Señor, para que abunden las iglesias que se lancen a predicar el
Evangelio y a difundir la vida santa y hermosa de Cristo Jesús y para que, con
ello, innumerable multitud de sus habitantes reciban a Jesús como su Señor y Salvador.
Bendice
a Venezuela para que en ella se produzca pronto el avivamiento que le está profetizado
y para que, por ende, la desobediencia en que ha incurrido no traiga las
temibles consecuencias que la desobediencia acarrea y que también han sido
anunciadas. Pero Dios es infinitamente misericordioso y probadamente bueno y si
el arrepentimiento toca el corazón de los seres humanos y es expresado con
sinceridad, el perdón del Padre Eterno es solícito, no tarda, y es abundante.
Bendice
a Venezuela, Señor, para que se convierta en un país de luz, en un país de
fraternidad, de oración, de inquebrantable paz interna y difusor de luz y de
paz hacia otras naciones. En un país testimonio cuya Constitución y leyes de cualquier dimensión se inspiren en
las Sagradas Escrituras.
Y
bendícenos a nosotros, Padre Amado, para que, con fe profunda y vocación
apasionada por Jesucristo, llevemos a cabo la Gran Comisión: “… id, y haced
discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he
mandado…” Para lo cual Cristo Jesús,
junto con ese mandato, nos dio una garantía o cobertura, que es Su promesa: “… y he aquí yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Gracias,
Señor, gracias por todo lo que nos has dado, comenzando por la vida, ese don
maravilloso, con el cual, desde el principio, incluso antes de que comenzáramos
a ser, nos revelaste tu existencia y también tu misericordia y tu infinita
capacidad de perdonar, reflejo de tu amor inagotable.
Gracias
por siempre, Señor.
Recibe
estas súplicas en el olor fragante de tu Trono Majestuoso y en el Nombre Poderoso
y Santo de Jesús.
Amén
y amén
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Los Tatuajes Hay una porción de la población mundial que admira y usa los tatuajes. No obstante, los tatuajes pueden causar infecciones en l...
-
Los Tatuajes Hay una porción de la población mundial que admira y usa los tatuajes. No obstante, los tatuajes pueden causar infecciones en l...
-
Yo siempre tuve sed de Dios, incluso desde muy pequeño. Nací de unos padres que eran católicos convencionales. Cumplí todos los ritos (baut...
-
El 7 de agosto de 2012 el Señor me llamó a su Cuerpo. Fue un llamado muy claro, resultado de un remover espiritual profund...