lunes, 16 de noviembre de 2015

Ya son las señales de los últimos tiempos

Lo que está ocurriendo en el mundo actual son las señales que preceden a la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. En Mateo 24, diríamos que con lujo de detalles, Jesús profetizó lo que hoy estamos viviendo. En el aparte Señales antes del fin describe de modo casi literal las calamidades que actualmente confronta la humanidad, y en el siguiente, La venida del Hijo del Hombre, versículos 37 y 38, indica que los días anteriores a esta venida serán como los días de Noé: "Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre". Siempre he pensado que esta descripción hecha por nuestro Señor, debido a su misericordia y  pureza de corazón, es más bien comedida y apenas la parte "presentable" de la impiedad que se cometía: crímenes horrendos, inmoralidades repugnantes, guerras, atrevimientos insólitos, tal vez calamidades  telúricas. Hoy estamos presenciado algo igual, tal vez peor: crímenes abominables, descarríos morales atroces, rumores de guerra, fenómenos tectónicos, confrontaciones sociales, guerras declaradas. Basta mirar las noticias de prensa, de radio, los noticieros de televisión, etc. para darnos cuenta.
Lo ocurrido el 13 de noviembre de este año 2015 en París, Francia, con el atentado de ISIS en el que murieron centenares de personas es un hecho de una gravedad tan extrema que podemos decir que constituye el comienzo de una confrontación  mundial. No me atrevería a decir de la Tercera Guerra Mundial, pero es un hecho de repercusión mundial en extremo peligroso. Aunque algunos dirigentes, como el Papa romano, no han vacilado en decir que es el comienzo de dicha guerra.
Como cristianos  tenemos el deber de alertar no sólo a la iglesia sino a todo nuestro prójimo.  Y eso implica: a) Orar y velar sin cesar, tal como nos lo mandó Jesús; b) evangelizar, en cumplimiento de La Gran Comisión (Mateo 28: 18-20; Marcos 16: 15-16; Lucas 24:47); c) dar testimonio en ayuda a los necesitados y en la realización de una conducta irreprensible. Cumplir estas acciones es una manera de esperar la Segunda Venida del Señor, ante la evidencia de un mundo totalmente descompuesto. Cristo Jesús vendrá a arrebatar a su iglesia y luego a juicio. Cada quien es libre de creerlo o no creerlo. Pero que nadie alegue que no le fue advertido.

martes, 10 de noviembre de 2015

Si buscamos a Cristo

Con frecuencia la gente que está en el mundo se manifiesta indiferente frente a Dios y a Jesucristo. Su inserción en el mundo es tal que consideran que los problemas que los aquejan pueden ser resueltos en sus propias fuerzas. Por eso también con frecuencia van de decepción en decepción. Muchas veces Dios los llama a través de diversas señales (cuántas veces, por ejemplo, ven invitaciones en lugares públicos a acudir a reuniones o campañas donde Cristo es el centro de atención y actuación) y ante ellas responden con desdén. Ocurre entonces que cuando la vida los desborda y la aflicción, a menudo grave, los toca, vuelven sus ojos a Dios. Y esto no está mal porque si algo quiere el Señor es auxiliarnos y reconfortarnos. Pero no deja de ser lamentable que lleguen a los pies de Jesús cuando la vida los golpea, los hace jirones. Y el Señor se solaza en consolarlos, en sanarlos, en recibirlos con los brazos abiertos. Sin embargo cuando esto acontece, si no han acudido con deseo de corazón, la consecuencia es la retirada. Y, pasado algún tiempo, reinciden en el dolor infligido por el mundo y entonces la súplica interesada reaparece. El Señor seguramente volverá a auxiliarlos, pero es necesario que su conversión ante Jesús sea verdadera. Nada es comparable a esta conversión. Es, sin duda, lo más importante que puede acontecernos a los seres humanos. Porque cuando recibimos a Jesús como Señor y Salvador personal  la vida cambia por completo y, como dice la Palabra, "nacemos de nuevo". Y ello implica una decisión trascendental: nos retiramos del mundo y nos rendimos ante quien dio su vida por nuestra salvación. Morimos, pues, para el mundo y nacemos para Cristo Jesús.
No obstante, no esperemos a que la vida nos sacuda, nos aflija, nos estropee duramente. Busquemos a Dios y a su Hijo cuanto antes, aun cuando estemos en el confort o comodidad del mundo. Concienticémonos de que Ellos son la fuente de la vida, del amor, y nuestro refugio más seguro. Hagamos sin vacilación ni tardanza la exhortación de Jesús cuando estuvo entre nosotros: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33).

lunes, 26 de octubre de 2015

La Deidad Trina y la adoración

     La comunidad cristiana, es decir, la llamada "evangélica" (término hasta no hace mucho pronunciado por muchos en sentido despectivo), tiene muy claro que el único intercesor entre Dios y los hombres es Cristo Jesús. Versículos bíblicos, en número suficiente, así lo demuestran. Cualquier otro intercesor, hombre o mujer, es incorrecto.
Esto está ligado al carácter exclusivamente divino de la Deidad Trina (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Nadie más tiene este carácter. Por tanto, sólo los miembros de esta Deidad pueden y deben ser adorados (es decir, reverenciados o dignos de culto por su  divinidad). En este sentido punto neurálgico es María, la madre de Jesús. María fue y es -en su memoria perenne-  una mujer digna de toda honra pero no de adoración. ¿Por qué? Porque María fue un ser humano, indiscutiblemente excelso, pero humano, terrenal. El hecho de que Dios la haya escogido para que fuera la madre terrenal de Su Hijo indica el mérito espiritual sumo de María, lo cual es un privilegio incomparable. Pero ello no le confería carácter divino. De allí que debemos honrarla, amarla, elogiarla, pero no adorarla porque sólo se adora a Dios, a su Hijo y al Espíritu Santo. Por ende no es cierto que los cristianos llamados evangélicos no guarden respeto por María. Todo lo contrario: se le respeta, se le venera, se le ensalza, pero no se le adora. Y ello, con mayor razón todavía, es extensible a todos los santos: hombres y mujeres revestidos del pecado original, independientemente de que en el curso de su vida hayan logrado vivir en santidad. Se respeta y puede elogiarse su memoria pero en ningún caso se les debe adorar.
     Quiero terminar con un testimonio que me acaban de referir: una mujer sencilla, muy católica, orante dedicada, apeló a la Virgen acerca de por qué muchos "no la querían".
     En sueños se le apareció María y le dijo que no debía preocuparse porque era su Hijo quien debía ser adorado, buscado, y que ella, como su madre terrenal, sentía gran complacencia por la honra y gloria sempiternas  dadas a Él. No hay duda: Cristo Jesús es Dios y su rol es el de intercesor de nosotros, seres humanos, ante Dios. En consecuencia, todo cuanto pidamos al Padre Eterno debemos hacerlo en el nombre de Jesús.

domingo, 20 de abril de 2014

Oración por Venezuela



      En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
     En estos días cruciales que está viviendo Venezuela, acudimos ante Ti, Padre, para pedirte que, a nosotros, parte del pueblo de Dios, congregados en esta iglesia tuya, Monte Sion, nos des devoción, fuerza espiritual y perseverancia para trabajar -en oración, ayuno y Palabra- por el perdón  de nuestro país y su conversión en una nación cristiana.          
     Perdón, decimos, Padre, porque Venezuela, ha caído en la idolatría (practicando la adoración humana), en la brujería y la santería, suplantándote en tu majestad única y tu infinita misericordia. Toma el control del país, Padre Amado, y toca el corazón de todos para que te reconozcan y sientan el anhelo de buscarte pues, como dice Hebreos 11:6, Dios “es galardonador de los que le buscan”. Porque sólo Tú otorgas la paz verdadera, la unidad de tus hijos, la sanidad de cuerpo y de espíritu, la prosperidad que viene por añadidura.
     Bendice, Padre, a los que en este país están en eminencia, a uno y otro lado del poder oficial.  Bendícelos para que obren con buen criterio y sus acciones de gobierno, por tanto, beneficien a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bendícelos para que privilegien el diálogo, promuevan la unión y  no la división, fomenten el amor al trabajo, la disciplina y la conciencia ciudadana, la libertad responsable que permita la promoción de los valores del espíritu y de la moral.
     Bendice a Venezuela, Señor, para que abunden las iglesias que se lancen a predicar el Evangelio y a difundir la vida santa y hermosa de Cristo Jesús y para que, con ello, innumerable multitud de sus habitantes  reciban a Jesús como su Señor y Salvador.
     Bendice a Venezuela para que en ella se produzca pronto el avivamiento que le está profetizado y para que, por ende, la desobediencia en que ha incurrido no traiga las temibles consecuencias que la desobediencia acarrea y que también han sido anunciadas. Pero Dios es infinitamente misericordioso y probadamente bueno y si el arrepentimiento toca el corazón de los seres humanos y es expresado con sinceridad, el perdón del Padre Eterno es solícito, no tarda, y es abundante.
     Bendice a Venezuela, Señor, para que se convierta en un país de luz, en un país de fraternidad, de oración, de inquebrantable paz interna y difusor de luz y de paz hacia otras naciones. En un país testimonio cuya Constitución y  leyes de cualquier dimensión se inspiren en las Sagradas Escrituras.
     Y bendícenos a nosotros, Padre Amado, para que, con fe profunda y vocación apasionada por Jesucristo, llevemos a cabo la Gran Comisión: “… id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…”  Para lo cual Cristo Jesús, junto con ese mandato, nos dio una garantía o  cobertura, que es Su promesa: “… y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
     Gracias, Señor, gracias por todo lo que nos has dado, comenzando por la vida, ese don maravilloso, con el cual, desde el principio, incluso antes de que comenzáramos a ser, nos revelaste tu existencia y también tu misericordia y tu infinita capacidad de perdonar, reflejo de tu amor inagotable.

          Gracias por siempre, Señor.

          Recibe estas súplicas en el olor fragante de tu Trono Majestuoso y en el Nombre Poderoso y Santo de Jesús.

          Amén y amén

 

martes, 28 de enero de 2014


 Jesús es nuestro abogado

          El tema señalado en el título de este  artículo es de sumo interés. Para entender su exposición el lector debe tener en cuenta dos condiciones imprescindibles: 1) Su contenido, basado esencialmente en la Biblia, está dirigido a creyentes en Dios; por supuesto, un ateo puede leerlo y, si el fanatismo no lo abruma, debería suscitar su reflexión; no en vano, cada día hay más evidencias de cómo la ciencia ha venido ratificando los hechos bíblicos. 2) La medición del  tiempo de Dios no es exactamente precisable para la mente humana; el mismo texto bíblico lo indica: para Dios mil días pueden ser un día y un día puede ser mil, tal como lo conocemos.

          El ser humano tiende a ser facilista en sus asuntos. De allí que, tratándose de Dios, haya buscado exaltarlo representándolo en imágenes y, como paso subsiguiente, terminado aceptando intermediarios para llegar a Él. A lo largo del tiempo, particularmente después de la crucifixión de Jesucristo, el ser humano ha concebido una gama numerosa de imágenes e intermediarios hasta llegar a la superchería y derivados abominables como la brujería y la santería. Sin embargo, la búsqueda de Dios, según su propio designio, es inherente a la naturaleza del hombre.        

          Remontémonos a los orígenes de la humanidad: Adán y Eva desatendieron el consejo de Dios y comieron el fruto del árbol prohibido. Comenzó así la vida en el pecado. A consecuencia de esta desobediencia, Adán transfirió a Lucifer el señorío que Dios le había dado sobre la tierra. Lo posesionó entonces como el príncipe del mundo, príncipe de las tinieblas. Así comenzó su gran conspiración, valido de poder, porque –no debemos olvidarlo- Lucifer, antes de su desgracia, era un ángel poderoso, magníficamente dotado. Ese poder lo conserva como  primer ángel de la oscuridad. Los ángeles no son omniscientes ni omnipotentes ni omnipresentes. Por eso Lucifer carece de estas facultades, pero sí tiene poder para el mal. Por tanto, no puede leer el pensamiento pero sí puede poner malos pensamientos y malos sueños.

          Tan pronto se produjo la caída original, Lucifer se propuso desviar la atención de los hombres respecto de Dios. Es decir, hacer que Dios no estuviera en el primer plano de la adoración, la búsqueda y la rogativa del ser humano. De allí que comenzara a trabajar para sustituirlo por otras entidades supuestamente divinas. O, mejor dicho, por falsos dioses.

          Consideremos, primero, que Dios, en su omnisciencia y omnipotencia, desde su suprema realidad  (misteriosa en parte para nosotros, dada nuestra inteligencia aún limitada para entender la grandeza de su creación), motivado por su infinita misericordia, ya había concebido la forma como daría al hombre  oportunidad para salvarlo de la desgracia causada por la desobediencia de Adán. Es decir, ya estaba en su plan la venida del Hijo del Hombre, en momentos que fueran cruciales para la existencia misma del ser humano.  Este plan fue anunciado por Dios cuando maldijo a la serpiente que había inducido a la primera mujer a comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal:

         

          Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

          Génesis 3: 15

 

          La simiente de la mujer por antonomasia, María, heriría en la cabeza a Lucifer, venciéndolo, reduciéndolo a la impotencia, entre tanto que éste heriría en el calcañar a aquélla, provocando la muerte en la cruz.  Jesucristo resucitó de entre los muertos y Lucifer quedó vencido para siempre, a la espera del juicio final de Dios.

          Luego, desde los albores de la existencia humana, el príncipe de las tinieblas comenzó a inculcar en los descendientes de Adán un culto sustitutivo del culto al Dios Altísimo que respondiera a su propósito y en definitiva lo exaltara a él. De allí que conspiró para poner en el corazón de los hombres un sentimiento de adoración a la tierra que en esos tiempos era su único sustento  y que Lucifer indujo a representar en figura de mujer. Eso explica la realización, al principio, de estatuas toscas de mujer simbolizantes de la tierra fértil. Entre las más antiguas están la Venus de Laussel y la Venus de Lespugue que, en su constitución corporal (mamas grandes y carnes exuberantes), son una alegoría de la maternidad nutricia. Se instituyó así el culto a la mujer, más adelante devenida en una “reina del cielo” que se manifestaría en una forma  (ya más refinada) de la madre con un niño en brazos, prefigurando la modalidad de la “virgen y el niño” en culturas de mayor adelanto. Es decir, en las culturas inferiores (del paleolítico) el culto sustitutivo centrado en la mujer se expresó en figuras toscas de barro y arcilla, como las de las venus indicadas, y en culturas más avanzadas adquirió una prefiguración más en sintonía con el plan de salvación anunciado por el Creador (el Mesías, nacido de una virgen ungida). Esta prefiguración tiene lugar con la aparición de una de las primeras ciudades del planeta, Babilonia, fundada por Nimrod, el primer poderoso de la humanidad cuya brevísima biografía está narrada en Génesis 18: 8-12.  Nimrod fundó otras ciudades, las más importantes de las cuales fueron Nínive y Resén.     La leyenda y la transmisión oral han dado cuenta más abundante de la vida de Nimrod: se proclamó dios solar, se casó con Semíramis, reina de Babilonia, mujer ambiciosa y sin escrúpulos, a quien él proclamó diosa de la fertilidad, de la luna y de la noche. Muerto Nimrod, Semíramis quedó embarazada, y dio a luz un hijo al que llamó Tamuz. En su mentalidad alejada de Dios, Semíramis  -a fin de aumentar su poder- planteó que Tamuz era la reencarnación de Nimrod, por lo cual se convirtió al mismo tiempo en madre y esposa de su hijo. De allí que fuera representada como una madre con su hijo en brazos. Esto al principio fue en Babilonia, la ciudad pecadora por excelencia por cuanto en ella se instituyó el culto a dioses falsos  y que, hoy en día, es símbolo espiritual del pecado. (Babilonia, como se sabe, viene de “babel”, vocablo hebreo cuyo significado es confusión). Semíramis, así representada, vino a ser “reina del cielo”  o “madre del cielo” y su culto se extendió luego por Asia Central y Europa. A medida que el mundo evolucionaba   esta “madre del cielo” –con un hijo en sus brazos-  fue adquiriendo diversas figuraciones y denominaciones, coincidentes en su acepción esencial. Algunas son: Isis entre los egipcios, Durga entre los hindúes, Venus entre los romanos, Diana entre los griegos, Tonatzín entre los aztecas, Pachamama entre los incas, etc.

          Otra a semejanza de Semíramis es Inanna –reina madre con niño en los brazos- entre los sumerios, diosa del amor, de la fertilidad y la guerra. Aparecerán luego Isthar, entre los mesopotámicos –diosa de la guerra y señora de las batallas-  y Astarté (Astaroth o Asera) entre los cananeos (pobladores iniciales de Canaán, más tarde Palestina, tierra prometida de los hebreos). Inanna, Isthar y Astaroth son las tres equivalentes más antiguas de Semíramis. Las más arriba mencionadas son también equivalentes en sus respectivas civilizaciones o culturas.

          Inanna es la más conocida, con sus símbolos característicos: el agua (que trae la lluvia), la media luna (que lleva en la cabeza), el león, las estrellas de ocho puntas (que suele llevar en las ruedas del carro que la transporta), el disco solar, el arco y la flor de lis. Las otras comparten esos símbolos: Isthar, que se hace acompañar de leones (a veces está sobre ellos), también frecuentemente vista con la estrella de ocho puntas. Igual ocurre con Isis, acompañada de leones; Durga, de los hindúes, con leones, el disco solar, el arco y la flor de lis. Cibeles, con leones. La rosa es también otro símbolo que comparten estas diosas, en especial Isis y Artemisa.   

          Vemos cómo en el Antiguo Testamento estas diosas paganas son aquellas a las que se enfrentaron los profetas: Asera (Astarté o Astaroth), Inanna. También a dioses como Baal, Dugón, Hadad.

          Así en Jueces: 2:13  se dice: Y dejaron a Jehová y adoraron a Baal y a Astarot.

          Veremos cómo esta “reina del cielo” o “madre del cielo” -cumplida la misión de Jesús, resurrecto y elevado a los cielos-  será confundida con María a través del engaño perpetrado por Lucifer. Tal “reina o madre del cielo” fue, pues, un espíritu engañador, una diosa falsa, cuya existencia se produjo muchos siglos antes de la venida de Jesús. La conspiración de Satanás ha sido de tal manera astuta que la adoración de esta clase de diosa crea una gran pasión entre sus seguidores al punto de que, cuando tal adoración se ve amenazada, suscita enojo, incluso violencia (el caso de Pablo agredido por fanáticos de Diana de Éfeso es un ejemplo revelador en la Biblia).  

          En Jeremías, en su libro escrito entre  el año 628 y  580 a. C., vemos continuamente la denuncia que hace el profeta de esta “reina del cielo” perturbadora del pueblo de Israel (Jeremías: 44:15-17). Y en Jueces se relata cómo Dios se manifiesta a Gedeón para que sea libertador de Israel ante los madianitas, ordenándole que derribe el altar que su padre ha levantado en honor de Baal acompañado de Asera (Jueces, 6:25-2)

          Ya en el ámbito del Nuevo Testamento, Cristo Jesús, momentos antes de morir en la cruz, exhorta a Juan a que tome cuidado de María:

          Cuando vio Jesús a su madre, y el discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

          Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

(San Juan 19: 26-27)

          A partir de este momento se abre una nueva etapa en el empeño del enemigo relativo a la sustitución del culto a Dios por el de una “reina madre” o “reina del cielo”.  Como ha escrito Ana Méndez Ferrel en un esclarecedor libro titulado María, la madre de Jesús, Lucifer “pone en la mira” a la madre terrenal de Jesús, una vez que éste es crucificado, resucita al tercer día, y asciende –después de cuarenta días- a la diestra del Dios Padre Todopoderoso. Mientras María vivió bajo el cuidado de Juan, Lucifer no intentó poner en el sentimiento de los hombres el culto a la madre terrenal del Salvador. Una vez que se produce su deceso, reanuda su conspiración. Como se sabe, el cuerpo de esta santísima mujer no se ha encontrado en ninguna de las tumbas que se le han atribuido y es muy posible que el mismo haya sido arrebatado precisamente para evitar su conversión en un objeto idolátrico, como ocurrió con el cuerpo de Moisés cuyo arrebatamiento sí está descrito en el Antiguo Testamento.

 

 

         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

lunes, 6 de enero de 2014

Las experiencias concretas


 

Lo que vivimos en el diario trajinar siempre tiene algo que enseñarnos. Eso es mucho más evidente e importante cuando se vive con Cristo. ¿Cuándo se vive con Cristo? Cuando lo hemos recibido como Señor y Salvador a través de una oración de fe y, desde ese momento, nos esforzamos por vivir conforme a su ejemplo y enseñanzas. Cristo está ansioso por acogernos con los brazos abiertos, pero al recibirlo expresando nuestra fe en Él, tenemos que cambiar, nacer de nuevo. Y esto involucra una búsqueda constante de su rostro, de su presencia. De allí su consejo: orad y velad. Es decir, no debemos cesar de orar con la sinceridad del corazón sino que hemos de estar en permanente vigilancia. ¿De qué? De nuestros actos,  nuestras palabras, nuestros pensamientos, sentimientos, etc. Esto es, que no hemos de dejar espacios vacíos por los cuales pueda inmiscuirse el enemigo; no olvidarnos, por tanto, que  Cristo está con nosotros y hemos de procurar una constante comunión con Él. Ciertamente las tentaciones van a venir, sobre todo cuando se empieza a caminar con el Señor    (porque el enemigo no quiere perder lo que antes tuvo) pero si oramos continuamente, ayunamos, y somos oidores y hacedores de la Palabra, las tentaciones serán extirpadas y el enemigo derrotado. La constancia en el vivir con Cristo implica un vínculo cada vez mayor con el Espíritu hasta, que llenos de Él, logramos separarnos del pecado. De allí que el diario trajinar siempre ha de ser para nuestra edificación. Ojo: orando y velando pero también haciendo. ¿Haciendo qué? El bien. A todos, incluso a quienes –por una u otra razón, a veces baladí- no nos quieren o nos han herido u ofendido. En eso consiste el nacer de nuevo. Es decir, dejar de ser el pecador que fuimos, lo cual involucra el no contristar al Espíritu Santo –como tan claramente lo solía indicar esa mujer santa y ungida que fue Kathryn Kulhman- y el perdonar. Vivir con Cristo es amar, y amar es perdonar. Y perdonar no sólo a quienes queremos o quisimos, sino a quienes alguna vez tuvimos como hacedores de nuestro mal. Cristo fue en esto un testimonio maravilloso. Devolver bien por mal, bendecir a quienes nos maldicen, etc., fue en Él una exhortación constante.

domingo, 7 de julio de 2013

El Liderazgo de Jesús



        En días pasados me invitaron a un programa de radio para que hablara sobre el liderazgo de Jesús. Al principio me sentí un poquito confundido porque para mí Jesús era mucho más que un líder y llegué a pensar que considerarlo como tal era como vincularlo a lo secular, y eso me parecía casi blasfemo. Pero en la medida en que meditaba sobre el asunto, el Señor me llevó a la convicción de que no era así y que, si me basaba en las características de la estadía de Jesús en la tierra, no era inapropiado analizarlo como un líder. En efecto, líder (derivado del original inglés que significa “guía”) es un término definido en el DRAE como “Persona a la que un grupo sigue, reconociéndola como jefe u orientadora”.  Ciertamente Jesús fue una persona a la que, nacido como hombre, siguió gente -durante los tres años de su ministerio- que fue creciendo hasta convertirse en multitud. Así entendido fue un líder. Pero al hacer precisiones nos encontramos con que Jesús fue un líder espiritual y como persona, en su vida terrenal, una persona divina.  Es decir, un líder sin parangón que fue nada menos que la encarnación de Dios en la tierra. Jesús combinaba, pues, la cualidad del liderazgo con la cualidad divina, entendiendo a la primera, sensu stricto, como de carácter terrenal. Para que un líder sea verdadero tiene que dejar un legado a sus seguidores porque si su obra muere con él (pastor Munroe, islas Bahamas) es un líder fracasado. Si su obra continúa con su muerte es un líder verdadero. Jesús es, por esto, el líder por excelencia, el más verdadero y grande del mundo pues su obra trascendió a Palestina, dividió la historia humana en un antes y un después, se proyectó sobre el mundo conocido en su época y hoy día se impone en todos los confines del planeta globalizado. Es verdad que hay vastos territorios donde las enseñanzas de Jesús no predominan pero en ellos se le conoce ya y hay comunidades cristianas establecidas. China, país que hasta no hace mucho fue oficialmente ateo, tiene hoy día una de las comunidades cristianas más importantes de Asia, a pesar de la hostilidad oficial, y se calcula que para 2050 albergará la población cristiana más grande del planeta. Un crecimiento significativo se registra en países como la India, Vietnam, Singapur, Bangladesh, países del Golfo Pérsico (Qatar, Bahrein, Arabia Saudí), Rusia, Nepal, y, obviamente América Latina, etc. Esto demuestra que hay una gran necesidad de Dios y que sólo la palabra de Cristo es verdadera, es decir, que aun cuando haya religiones antiquísimas con sus  dioses coetáneos, Jesucristo es el que llena el vacío, la insatisfacción del corazón humano, porque es el Dios Único y Verdadero Encarnado y, por tanto, Él mismo Dios viviente, Co-Creador.

        Otros liderazgos espirituales han existido en la historia de la humanidad, casi todos los cuales fundaron una religión. En este sentido usamos el vocablo religión, tal como lo define el DRAE: “f. Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y de temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”.

        Entre esos liderazgos, citemos los nombres de los más conocidos: Confucio, Lao-Tsé, Buda, Krisna, Mahoma. Todos muy respetables. Pero cuando los relacionamos con Cristo Jesús, la diferencia es enorme. Y esta diferencia se deriva de una pregunta fundamental que a menudo pasa desapercibida: ¿cuál de ellos resucitó de entre los muertos y con este hecho fue probada su divinidad de manera irrefutable? En efecto, sólo Jesús resucitó de entre los muertos, por acción del Dios Padre Todopoderoso, al tercer día, tal como había sido profetizado en el Antiguo Testamento y Él mismo lo predijo durante su ministerio. Jesús, por eso, no sólo resucitó sino que es el único verdaderamente resurrecto en toda la historia de la humanidad. ¿Por qué? Porque resucitó para siempre y está sentado a la diestra del Padre Eterno, Quien lo envió. Es verdad que en las Sagradas Escrituras otras personas fueron resurrectas: en 2 de Reyes 13:21 se atestigua cómo un hombre muerto que fue lanzado sobre la tumba de Eliseo, resucitó al hacer contacto con los huesos del profeta; y en este mismo libro, 4:18-36, se relata cómo el mismo Eliseo resucitó al hijo de la sunamita. Y en el Nuevo Testamento se documentan tres de las resurrecciones hechas por Jesús: la de la hija de la viuda  en Naín (Lucas 7:11-17); la de la hija de Jairo (Lucas 8:49-56); y la de Lázaro de Betania (Juan 11: 1-43). Cinco en total, todas las cuales demuestran la realidad de la resurrección a partir del poder de Dios. Pero se trata de resurrecciones limitadas por el orden temporal en la carne, pues cada una de estas personas murió al agotarse el ciclo de su vida. Fueron enterradas y sus restos convertidos en polvo y cenizas. Lo mismo puede decirse de los líderes y fundadores de religiones: murieron y fueron enterrados.

        Jesús, pues, es un líder espiritual pero es también Dios vivo, hijo del Único Dios viviente, Creador del Universo, omnipotente, omnisciente, omnipresente. Es por eso el más grande líder espiritual de la humanidad pero también del Universo, por los siglos de los siglos. Y ese carácter divino de Jesús se hizo manifiesto en los múltiples milagros durante su ministerio, en sus múltiples prodigios, muchos de los cuales no fueron registrados porque Jesús vivió intensamente, día a día, hora tras hora, su misión de salvación. De allí que Juan, el discípulo amado, al final de su relato, dice: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén.” (San Juan, 21:25, resaltado nuestro). Jesús es Dios real, viviente, actual. Los milagros que hizo ayer, los hace también hoy. Su presencia de hace dos mil años es hoy exactamente la misma, a través del Espíritu Santo, dejado por Él entre nosotros al cabo de sus cuarenta días de convivencia con los apóstoles después de la resurrección. Y esa presencia la constatamos casi a diario con el descenso del Espíritu Santo y las sanaciones que se practican mediante el vehículo de pastores ungidos en medio de estadios o congregaciones numerosas, sujetas a las pruebas de quienes lo deseen.

        Y es que todo ser humano, quiera o no, debe enfrentarse a la realidad de la vida física y al planteamiento de la vida después de la muerte. Pues se trata de asuntos que ni siquiera los ateos pueden evadir. Es decir, ¿vivimos acaso para morir y ser enterrados sin que ninguna trascendencia se desprenda del hecho de vivir? Ocurre que los ateos se han visto obligados a discurrir sobre ello y han gastado páginas y páginas para “demostrar” que Dios no existe y que, en el mejor de los casos, Jesús fue una figura histórica. Armando Alducin ha recordado en estos días a Jean Paul Sartre, autor de un libro clave de la filosofía contemporánea, El Ser y la Nada, en la que expone el existencialismo, postura filosófica según la cual el hombre es mera existencia, un “ser- ahí”, es decir, un ser que apareció fortuitamente sobre la tierra, y al mismo tiempo, es un “ser-para- sí”, esto es, un ser que “debe hacerse a sí mismo”; un ser, por tanto, de radical libertad. Para Sartre, la existencia de Dios es imposible por lo que el hombre es un ser autónomo cuyos valores dependen enteramente de él, son creación suya. Lo curioso del caso–decía el Dr. Alducin- es que Sartre, antes de morir, se lamentó de haber pasado toda la vida tratando de demostrar que Dios no existe, considerando que había perdido el tiempo devanándose los sesos para probar la  no existencia de alguien que no existe. Pero lo importante, lo grave del asunto, fue que el existencialismo se difundió por todo el mundo como una filosofía de la radical libertad del ser humano, sin ninguna esperanza, por lo cual hacer cualquier cosa era válido, generando juventudes abandonadas a sí mismas, vacías, infelices, proclives a la autodestrucción.

        El ateísmo no resiste un análisis serio; basándose en una porfiada arrogancia, se ha convertido en sí mismo en una religión cuyo dios es la materia inerte que, por un extraño proceso de evolución penosamente explicado, dio lugar a la vida inteligente. En nuestra opinión, el ateísmo emana de una causa: la soberbia intelectiva de cierta clase de hombres que, ante la abrumadora evidencia de la existencia de Dios, constatada a diario con solo echar un vistazo a la naturaleza y al espacio sideral que nos rodea, opta por una contumaz ceguera que a la larga trae tormento interior e infelicidad. Sin embargo, cuando los ateos, movidos por la honestidad intelectual e impulsados por su talento, se dedican a investigar la vida de Jesús y sus enseñanzas, llegan a la conclusión de que no sólo los hechos de la vida de Jesús son ciertos (como el de la resurrección, controvertido por muchos) sino también su condición de Hijo de Dios y su irrefutable presencia entre nosotros, a más de dos mil años de su primera venida. Entonces se convierten en fervorosos creyentes. Tal lo que aconteció con C. S. Lewis (Clive Stiples Lewis, autor de la famosa heptología Las crónicas de Narnia) quien, ateo pero deseoso de la verdad, investigó y estudió meticulosamente todos los hechos relativos a Jesús. Deslumbrado por la evidencia de los hechos y el carácter sobrenatural de la personalidad de Jesús, y por la absoluta coherencia de su alta moral y sus afirmaciones, se convirtió  en un cristiano devoto y respetado divulgador. Tiempo antes había hecho suya esta frase de Lucrecio (poeta ateo romano, 99 a.C – 55 a.C):

        Si Dios hubiera diseñado al mundo, no sería un mundo tan frágil y defectuoso como lo vemos.

        C. S. Lewis escribió un libro titulado Mera Cristiandad (Mere Christianity) y su esposa Joy Gresham (Helen Joy Davidman), escritora judía estadounidense, comunista radical y atea (y a quien Lewis conoció después de su conversión), se convirtió también en fervorosa cristiana al leer este libro y recibir información directa de su esposo. Y es que la frase fundamental de Jesús, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, en todos los documentos que existen, en todos los hechos y actos de su vida, en todos los textos del Antiguo y el Nuevo Testamento, en todas las revelaciones, es absolutamente coherente, sin la más mínima contradicción.

        (Y ocurre que todos los pueblos en donde Cristo ha sido reconocido y aceptado como Señor y Salvador, la paz social y la prosperidad moral pero también material se han establecido. Estados Unidos no se hubiera constituido en el formidable país que ha sido si parte de sus fundadores no hubieran sido los cuáqueros, emigrados de Inglaterra y  partidarios del cristianismo primitivo. Alemania, Suiza, Francia, Costa Rica, Corea del Sur, Barbados, Colombia actualmente son países donde la población cristiana es significativa).

 

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